Esa noche, pese a lo incómoda que me resultaba la venda del pie y el cansancio acumulado, terminé rindiéndome al calor de Alaric. Habíamos discutido tanto los últimos días, nos habíamos herido con silencios y palabras que costaban, que me resultaba casi increíble dormir enredada en sus brazos. Sentía su respiración pausada contra mi nuca, su pecho fuerte pegado a mi espalda, y su brazo rodeándome la cintura con una posesividad que, lejos de molestarme, me transmitía paz. Me dormí rápido, como si el mundo entero quedara suspendido en ese abrazo. La mañana siguiente transcurrió con una calma engañosa. El aroma del café llenaba la cocina, Leo apareció despeinado, y compartimos un desayuno simple, casi rutinario. Sin embargo, notaba en Alaric una quietud atenta, una mirada que me seguía incl

