olvimos al castillo a media tarde, con el cielo encapotado y el aire impregnado de humedad. Apenas crucé el gran vestíbulo, dejé el abrigo en el perchero y, sin proponérmelo, me olvidé de todo: del hospital, de la carpeta de análisis, de la espera. Subí las escaleras con cierta dificultad, aunque ya podía apoyar el pie, aún me dolía. La intención era darme una ducha, pero la puerta de mi habitación se entreabrió y apareció Leo, la consola de videojuegos en las manos y una sonrisa traviesa. —¡Ivy! —susurró como si planeáramos un delito—. ¿Jugamos? La idea de hundirme en sábanas y risas infantiles fue tan tentadora que asentí sin pensarlo. —Claro, pero no me vas a ganar tan fácil —dije, fingiendo un tono desafiante. Leo rió y entró dando un saltito. Dejamos las cortinas corridas, la luz

