Leo se dejó caer en el asiento trasero del auto, sacando el móvil apenas Alaric encendió el motor. Yo me acomodé en silencio, cansada después de tantas horas caminando. No llevábamos ni diez minutos cuando Alaric apagó el intermitente y se detuvo en el arcén. —¿Qué pasa? —pregunté, confundida. Él se pasó una mano por el rostro, como si calculara distancias y tiempos. —Es tarde. Si volvemos ahora, llegaremos al castillo pasada la medianoche. —No es tan grave —respondí con un hilo de voz. Me miró por el retrovisor. Sus ojos, oscuros, no admitían réplica. —No voy a manejar dos horas con ustedes cansados en el auto. Leo levantó la vista del teléfono, arqueando una ceja. —Entonces… ¿qué? —Nos quedamos en Londres —dijo Alaric, con esa seguridad que convertía cualquier decisión en un hecho

