La mañana siguiente amaneció envuelta en un gris perlado, el tipo de luz que parece filtrar los pensamientos. Alaric se levantó antes que yo, como siempre, y me dejó una taza de café en la mesa de noche. —Hoy tenemos un evento benéfico en el club —anunció cuando regresó del vestidor, impecable con una camisa blanca—. Quiero que vengas conmigo. No era exactamente mi plan de sábado, pero la forma en que lo dijo —mitad invitación, mitad declaración— no dejaba mucho espacio para discutir. Asentí, sintiendo una mezcla de curiosidad y un vago presentimiento que no supe explicar. El club estaba iluminado con una calidez dorada que contrastaba con la tarde lluviosa. Alaric, de traje oscuro y corbata perfectamente anudada, parecía hecho para ese escenario: alto, seguro, la mirada que atraía incl

