Volví a la piscina con la respiración entrecortada, como si me hubiera corrido una maratón. El aire fresco del jardín me golpeó el rostro y por un instante pensé que se me notaría en la cara todo lo que acababa de pasar en la oficina de Alaric. No podía dejar que Leo sospechara, no debía arrastrarlo a la tensión que me consumía por dentro. Él estaba aún en el agua, chapoteando con la despreocupación que solo tienen los niños, aunque en su caso ya se estaba convirtiendo en un muchacho. Me acerqué al borde y me senté, fingiendo ligereza. —Leo —dije con una sonrisa ensayada—, mañana iremos a Londres. Él se detuvo a mitad de brazada, apoyándose en el borde de la piscina para mirarme con sospecha. —¿De verdad? Asentí. —Sí, a comprar ropa. Pero… —tragué saliva— vendrá Alaric con nosotros. L

