—Si sigues echándole más miel, terminarás con un pico de glucemia —dije, reprimiendo la risa, mientras miraba a Leo. Leo levantó los hombros, con esa altanería preadolescente que lo hacía parecer más grande de lo que era. —Más rico así. Alaric lo miró de reojo, aunque sin reproche. Bebió un sorbo de café y, de pronto, lo soltó con naturalidad: —Hoy iremos a Windsor. Me quedé con la taza a medio camino hacia los labios. —¿A Windsor? Leo, que acababa de morder su tostada, soltó una carcajada. —¡Pero si ya vivimos en un castillo! ¿Para qué queremos ver otro? La risa me ganó también, porque era cierto. El castillo donde vivíamos era ya de por sí majestuoso, sobrio e imponente. ¿Qué necesidad había de otro? —Tiene un punto —admití, mirándolo a Alaric. Él dejó la taza sobre el plato c

