La tarde caía lenta cuando atravesamos los portones del castillo. El cielo se teñía de un gris perlado, y el jardín se encendía en reflejos verdes mientras las primeras luces se encendían en la fachada. Leo, aún adormilado, se desperezó en el asiento trasero y bostezó con un sonido que me hizo sonreír. —¿Ya llegamos? —preguntó, frotándose los ojos. —Sip —respondió Alaric con suavidad—. A casa. A casa. La palabra me hizo un nudo en la garganta. El eco de Windsor seguía en mi pecho, como si una parte de ese antiguo castillo se hubiese quedado adherida a mí. Tal vez era el peso de lo que Alaric había dicho, de esa promesa silenciosa que latía como un tambor entre los dos. Subimos los escalones del vestíbulo mientras el silencio de la tarde nos envolvía. Los sirvientes se movían con discre

