El día había sido interminable. Desde temprano habíamos estado moviéndonos de un lado a otro: Leo no paraba de inventar juegos, pedía atención, pedía risas, pedía más energía de la que yo realmente tenía para darle. Me esforcé en no mostrarlo, en seguirle el ritmo, pero cuando al fin se fue a dormir, me sentía como si me hubieran exprimido hasta la última gota. Me quedé un rato en mi habitación, intentando leer, pero las letras bailaban frente a mis ojos cansados. El silencio del castillo era tan pesado que me apretaba el pecho, y la única salida que encontré fue abrir la ventana y dejarme envolver por el aire fresco de la noche. Bajé al jardín sin pensarlo demasiado, con los pies casi arrastrando, buscando ese respiro que no encontraba dentro. La luna bañaba todo con una luz plateada, y

