El silencio de la casa se volvió un murmullo distante. El vendaje apretaba mi tobillo, pero el latido más intenso estaba en mi pecho. Alaric seguía a mi lado, la mano aún en mi cabello, como si temiera que cualquier movimiento me desvaneciera. —Ivy… —su voz sonó tan baja que casi pensé que lo imaginaba. Abrí los ojos. Él me miraba de frente, los suyos oscuros, serios, con esa mezcla de decisión y vulnerabilidad que pocas veces dejaba ver. —Hay algo que ya no puedo callar —continuó—. Llevo días intentando encontrar el momento, pero no existe uno perfecto. Y después de verte caer hoy, entendí que no quiero seguir guardándolo. Se incorporó un poco, quedando a la altura de mi rostro. —Yo te amo, Ivy. El aire se me quedó atrapado en la garganta. Antes de que pudiera reaccionar, él siguió,

