Llegamos entrada la noche. La casa nos recibió envuelta en un silencio que se sentía distinto, casi expectante, como si también supiera lo que había ocurrido en ese coche. Leo corrió escaleras arriba apenas cruzamos la puerta, gritando algo sobre su estómago vacío y lo rico que le sonaba la cena. Yo lo seguí con la vista, con una sonrisa débil, intentando recuperar la normalidad. Alaric se quitó los guantes con movimientos pausados, precisos, y dejó el abrigo en el perchero. Su silencio pesaba más que cualquier palabra. Pasó a mi lado rumbo al salón, tan cerca que el roce de su hombro me heló la piel. Me quedé unos segundos ahí, en el recibidor, mirando mi muñeca. El brazalete brillaba como un secreto recién nacido. No sabía si esconderlo o dejarlo a la vista, y esa duda me hizo sentir

