Salimos del lago empapados, con la ropa pegada al cuerpo y la piel erizada por el contraste del agua helada y el aire fresco que nos envolvía. Leo nos miraba con esa mezcla de picardía adolescente y desconfianza, y juro que me puse nerviosa sin razón aparente, como si hubiéramos hecho algo prohibido. —Están raros ustedes dos —soltó, cruzándose de brazos, con una sonrisa que apenas disimulaba lo suspicaz de su tono. Me quedé helada. Sentí que las mejillas se me incendiaban y bajé la vista al suelo. No sabía qué responderle. —¿Raros? —repitió Alaric, con calma, como si nada lo inmutara. Se pasó una mano por el cabello mojado y me lanzó una mirada rápida, casi invisible, pero yo la capté. Era esa clase de mirada que decía tranquila, yo me encargo. —Sí… —insistió Leo, levantando una ceja—.

