La tarde cayó sobre el castillo con un aire extraño, pesado, como si las paredes guardaran secretos que empezaban a agitarse en las sombras. Después de lo que había pasado en la ducha y en la cama, mis piernas aún estaban flojas y mi mente hecha un torbellino. Intentaba convencerme de que debía recuperar la distancia, pero cada vez que recordaba la forma en que Alaric me había susurrado “eres mía”, un escalofrío me recorría la piel. Leo estuvo pegado a mí todo el resto del día. No me soltó ni un instante, como si hubiera percibido algo en mi manera de caminar, en mi forma de evitar las miradas de Alaric. Comimos los tres juntos en el comedor, pero mientras yo apenas podía tocar la comida, sentía la mirada inquisitiva de Leo sobre nosotros. Cada vez que Alaric decía algo, cada vez que nues

