La noche anterior había sido un infierno. Lloré hasta quedarme sin fuerzas, enterrando el rostro en la almohada, con el corazón roto en mil pedazos. Cada recuerdo de lo que había escuchado y visto en la biblioteca me atravesaba como un puñal: Alaric con otra mujer, sus risas, sus caricias… y yo, sola en mi cuarto, impotente. Cuando bajé por la mañana, con los ojos hinchados y la garganta seca, me detuve en seco. Allí, en la mesa, estaba ella: Hermosa, segura de sí misma, con una sonrisa que me hizo sentir invisible al instante. El simple hecho de verla allí, tan cerca de Alaric, me revolvió el estómago. Alaric estaba de pie junto a ella, impecable como siempre, y me sonrió con una mezcla de orgullo y naturalidad que dolía más que cualquier insulto. —Ivy —dijo con calma—. Quiero que cono

