El sol de media mañana caía con suavidad sobre el agua azulada de la piscina. El aire olía a cloro mezclado con césped recién cortado, y el canto lejano de unos pájaros completaba un ambiente casi idílico. Leo chapoteaba feliz, lanzándose una y otra vez con la naturalidad de quien no necesita más que agua y risas para ser feliz. Yo me senté en una reposera, los pies apenas rozando el suelo, intentando disfrutar de la calma después de la cena de la noche anterior. No esperaba que Emilia se me uniera. Sabía que estaría demasiado ocupada como para venir con nosotros. Pero no, apareció con un pareo suelto que apenas cubría un traje de baño elegante, el cabello largo recogido en un moño despreocupado que aun así se veía perfecto. Traía consigo una confianza natural, esa clase de seguridad que

