El silencio que siguió fue más brutal que cualquier palabra hiriente. El cuarto estaba impregnado del olor de la piel y del deseo satisfecho, pero él ya no estaba allí conmigo. Alaric se había apartado, recostándose en el borde de la cama, la mirada fija en la penumbra, como si yo no existiera. Mi respiración aún estaba agitada, el cuerpo temblaba, no por placer sino por la extraña desolación que me invadía. Había algo en su frialdad, en la manera en que no me miraba, que me desgarraba más que cualquier insulto. —¿Eso era lo que querías? —preguntó de pronto, con voz baja, cortante, como si escupiera veneno. Me quedé callada. Sentía que cualquier palabra sería usada en mi contra. Él rió, una carcajada seca, sin humor. —Claro… callada. Así es más fácil, ¿verdad? Fingir que no te importa

