El sol de la mañana caía sobre el jardín con una luz cálida, y yo me sentía demasiado ligera, como si la fiebre y el cansancio de los días anteriores me hubieran dejado un cuerpo nuevo, frágil y al mismo tiempo capaz de sentir cada detalle de manera intensa. Leo estaba animado, corriendo hacia los caballos como si fuera dueño del mundo, y yo trataba de seguir su energía con un entusiasmo fingido, mientras Alaric me observaba desde el umbral de la casa, con esa mirada firme y penetrante que me hacía consciente de cada movimiento, de cada respiración que escapaba de mis labios. —Listos para cabalgar —dijo Leo, saltando sobre su caballo con una agilidad impresionante para su edad. Yo asentí, tratando de aparentar seguridad mientras me acercaba al mío. El animal resopló y movió la cabeza, im

