El sol estaba en lo más alto, quemándome la piel con su abrazo dorado. El agua de la piscina me rodeaba ligera, y por primera vez desde que Alaric se había ido sin decir nada, sentía que el nudo en mi pecho aflojaba un poco. Emanuel había aceptado la invitación de Leo y mío para meterse al agua, aunque al principio lo negó con excusas. Pero allí estaba, salpicando al niño y riendo como un adolescente, mientras yo intentaba no pensar demasiado en lo que me carcomía por dentro. Reímos, chapoteamos, y el castillo, que siempre parecía un mausoleo silencioso, por unos instantes fue un refugio vivo. Yo me sentía rara, como si tuviera permiso de olvidar a Alaric, al menos mientras Emanuel me miraba con esa chispa en los ojos y fingía que sus preocupaciones habían quedado fuera del agua. Leo grit

