Después de aquel evento problemático dentro de la Plaza de La Paz (lugar donde se presenciaron los hechos bochornosos contra nosotros) resultó y pasó que recibí la llamada de Alberto Barragán, un compañero mío (autista, así como yo) que se había graduado antes que yo y con el cual salía a pasear. Pues, la última vez que me vi con él fue en una panadería, fundada en 1969, con mi pastor Miguel Mejía, en la cual estábamos entrevistando a la Dra. Eunice Ortiz, una abogada que, en lugar de ejercer su profesión, se dedicaba a cuidar a su hija Senicourt, tras esta haber sido diagnosticada autista nivel 3. Pues, como era de esperarse, esa reunión no había cambiado nada, puesto que cuando me salió una oferta laboral en el Vaticano, ya todo estaba acabado dentro de la IMIB, ya que estaba congregándome en la Iglesia Católica a escabullidas de los hermanos de la iglesia y mi pastor. Se deja claro que esto fue efecto de las confesiones que redacté en el primer capítulo del presente diario (lo confieso). Pues, ¿por qué tendría que hacer algo a escabullas de mi iglesia?...
En fin, cuando Barragán me llamó, de hecho, su madre, Gloria Pastrana, que había conseguido un empleo como escritora en una editorial, me comenta que estaría muy dispuesta a pagarme honorarios en caso de que yo la inspirase para crear un personaje. Jah, ¿por qué se le ocurrió a la mamá de Barragán hacer algo así? Pues ella estaba dispuesta a pagarme honorarios, y yo, sin tener una fortuna, quise complacerla. Fuimos a un barbero, muy amigo de Barragán. Resulta y pasa que mi persona había llegado a Colombia demasiado ovejo. Es decir, tenía la cabeza llena de cabello (y lo raro fue que durante mi estadía en Europa, nunca me salieron piojos). "Setoncito, perdona que te lo diga, pero tú sí que estás bien ovejo, tengo un amigo que es barbero y que te asicala" (Barragán me insistía en que me peluquiara. Pues, me encantaba mucho el pelo que tenía, y a estar cortándomelo todo el tiempo, no me parecía. Simplemente lo hacía para que no me salieran piojos (lo confieso)). Al momento de peluquearme, estaba indeciso a ver qué corte hacerme. Pues, de no tener opción, me hice el corte de Barragán.
"Wow, Setón, ¿ahora eres mi clon?" (preguntó Barranco) "Bueno, pareciese que sí" (le respondí, puesto que yo era un duro para asemejar físicamente a las personas de otras catalogándolas como clones, de ahí la pregunta).
Puesto que ya estaba peluqueado, entonces Barragán, su madre y yo fuimos al centro histórico de la ciudad, específicamente a un restaurante bastante lujoso, en donde el punto de encuentro era enfrentarse contra un compañero de colegio de la mamá de Barragán Y al momento de enfrentarlo, esta (para poder terminar el capítulo de una novela que ella estaba escribiendo) intimida delante de toda la clientela que estaba asistiendo allí al hombre con una pistola. "¿Señora? ¿Pero qué está haciendo?" (le pregunté muy asustado a la mamá de Barragán, y ella, sin responder, sabía lo que haría, y de repente, su antiguo compañero de colegio le devuelve la intimidación con una escopeta, por lo que tuvimos que escapar del recinto).
Para evitar que la policía viniese, dado que estos sabían que me había cogido, decidimos volver a casa. No fue nada fácil el tener que complacer a los demás con cosas absurdas como estas.
Tras dejarlos en su casa, comencé entonces a meditar sobre las consecuencias de ser complacido por otros, así como el tomar decisiones por los mismos. Las cosas fueron muy devastadoras (lo confieso). No podría creerlo, por lo que yo sabía muy bien que esto eran las consecuencias de que Dios me castigara con todo esto. Lo confieso, tenía que cocinar para mí mismo, puesto que en el Vaticano, gracias a que muchas familias me invitaban a sus países, pude depender de mí mismo cocinándome comidas de las cuales nunca había imaginado. ¿Fritar un huevo? Pues, aprendí a fritarlo bien rico, y todo me quedaba delicioso. Pues, ¿saben por qué estoy así de gordo? Supuestamente iría a adelgazar trabajando en el Vaticano, cosa que nunca fue así. Me eché una engordada. Bueno, subía y bajaba de peso.
De hecho, Aldair Beltrán, que ahora estaba más delgado, me llamó: "Hola Setón" (Aldair me comenta que estoy muy gordo y que debería ponerme a hacer dieta) "Te entiendo, viajé bastante, y la ansiedad en los aviones como empleado vaticano me daba ansiedad y me comía unas comidas que ni tú sabes, ¿eh?" (Le confesé a Aldair que, a pesar de tener una caminadora en Roma (Italia), no me daba tiempo de hacer deporte). "Tranquilo" (Aldair me confiesa que los mormones están iniciando un programa de dietas en el cual estaban regalando implementos para acompañar la rutina alimenticia) "'¿Pues, sabe algo? ¡Estoy dispuesto!" (Le respondí, sabiendo que una caminadora era lo que había estado esperando durante años).
Al momento de ir al templo de los mormones, satisfactoriamente logré obtener todos los implementos alimenticios y los utensilios para hacer ejercicio. Tremendo, ¿no? Pues confieso que, aunque no parecía, estaba pesando 102 kg. Pues había mucha gente en ese templo (lo confieso). Pero jamás pensé que había chicos con autismo en ese lugar, recibiendo estos programas como parte de sus terapias y actividades físicas. Jah. No obstante, a pesar de que todo iba bien, había algunas familias que estaban dejando un poco de iglesias evangélicas en la ciudad para unirse a los mormones, pues estos habían implementado un ministerio de autismo dentro de sus comunidades, y reclutaban chicos autistas para ser misioneros. "¡¿Qué demonios?!" (decía yo asombrado, ya que nunca había visto nada así, pues mi monografía de autismo y fe resultó siendo un bestseller).
En fin, no dudé en tomar esa dieta para poder hacer todo lo necesario por bajar de peso mientras buscaba mi propia fortuna buscando a mi propia familia. Pues mientras mi familia paterna estaba bien conmigo, mi familia materna estaba bastante desconcertada y disgustada, que se ahuyentaba de mí, ya que me había ido al Vaticano dejando a un lado todos los proyectos que tenía en Colombia.
"Por tu culpa, ahora no tengo mamá" (contestaba muy grosero mi tío Alonso Suárez). "¿Cómo hiciste que mi mamá y mi hermana hubiesen desaparecido?" Sin saber qué responder, yo tenía que soportarlos. Tuve que soportar insultos bastantes de mis paternos. ¿Se acuerdan de aquella tía autista, así como yo, con la cual teníamos un proyecto de radio y demás? Ella invirtió casi seis millones de pesos colombianos en nuestro proyecto, e inclusive había elaborado un estudio en su cuarto en su casa. "¿Invertí una millonada en un proyecto innovador y reflexivo para que un familiar suyo con el cual confiaba bastante la traicionara yéndose para el Vaticano a trabajar? No Setón, así no funcionan las cosas" (Un mensaje desconcertante por parte de mi tía, Zulma Súarez, me llegó al w******p al yo tratar de pedirle perdón por lo que yo mismo causé) "Ah ah, no, pídale usted perdón a Dios no solo por lo que hizo conmigo, sino también por olvidarse de lo fue y lo que en realidad son las cosas, como si ese bochornoso Papa te hubiese borrado la memoria".
Pues, todos estos mensajes negativos los tuve que soltar de alguna manera haciendo mis estereotipias en la caminadora que me habían regalado los mormones. Asimismo, no dudé en dejar todo atrás y enfocarme hacia el futuro. Bueno, eso parece, porque me entré completamente en un deprimente estado de ansiedad en el cual me golpeaba dos veces a la semana, no por los recuerdos que tuve en el colegio cristiano en Bogotá, sino por lo que muchos dentro de mi familia me decían, HASTA MI PROPIA MADRE, cuando aún vivía conmigo. Lo confieso bastante.
No obstante, muchas familias de mi colegio inclusivo aquí en Barranquilla se sentían muy dichosos y entusiasmados de que yo les pudiese contar mi historia de lo que sucedía en el Vaticano. Pues debo dejar claro algo, y es que trabajar en el Estado Eclesiástico me habría traído bastante efectos secundarios al momento de regresar a Colombia. No sabía como empezar y como contarles a estas familias sobre mi vida en el Vaticano, ya que debo confesar que durante mis cinco años de trabajo en ese país, JAMÁS ME TOMÉ FOTOS, pues, lo confieso, a diferencia de los demás que presumen en sus r************* (más que todo, en i********:) ¡estaba disfrutando el momento! Y como de no tener novia por allá, estos me preguntaban si yo era sacerdote, por lo que de alguna manera me pedían que consagrara cualquier objeto que identifica a los chicos del colegio. Bueno, eso no lo hice, ya que claramente les clarifiqué que yo no era sacerdote sino un laico trabajando para el Estado Eclesiástico. Asimismo les confesaba que yo era un trabajador vaticano cuya religión profesada eran las iglesias montanistas, ¿eh? De alguna forma estos se maravillaban de mi conocimiento. Pues, gracias a que los santos de la Iglesia Católica me decían lo que tuviera que comentarles.