Una modelo

1734 Words
Mara Me quedé sentada, Diego me hablaba pero yo estaba sumida en mis pensamientos, cuando la puerta del café volvió a abrirse, y esta vez, la figura de Abigail apareció. Sonreía tímidamente, con el cabello mojado y la chaqueta pegada a su cuerpo. No pude evitar sentirme aliviada al verla. A pesar de todo lo que acababa de suceder, de lo que Diego había provocado en mi pecho, Abigail era mi refugio, mi presente… aunque nunca habíamos puesto etiquetas a lo nuestro. Ella caminó hacia mi mesa, y antes de que pudiera decir algo, se inclinó y me besó. Fue un beso corto, casi casual, pero cargado de intimidad, como un gesto automático entre nosotras. Nos entendíamos sin necesidad de explicaciones, sin promesas. Solo nos teníamos cuando lo queríamos. Cuando se separó, sus ojos brillaban con esa chispa que solo ella lograba provocarme, pero mi mente seguía atrapada en lo que estaba sucediendo al otro lado de la mesa. Diego, con su mirada fija, nos observaba con una intensidad que me hizo sentir incómoda. Vi cómo su rostro cambiaba sutilmente, como si algo dentro de él se hubiera activado. Esa familiaridad que compartíamos, esa calidez, había desaparecido. En su lugar, había algo extraño, como una confusión que no lograba disimular. Abigail parecía no percatarse de nada. Sonrió, se acomodó y comenzó a hablarme de trivialidades, pero yo no podía dejar de notar cómo Diego seguía observándonos. Su mirada no se apartaba de nosotras, y, poco a poco, esa familiaridad que antes había sido reconfortante se transformó en algo incómodo. Fue entonces cuando lo comprendí. Diego ya no veía a la Mara que conocía. Su mirada pasó de ser curiosa a algo más frío. Estaba viendo una versión de mí que nunca había visto antes, algo que se le había escapado por completo en el pasado. En sus ojos, ahora había una mezcla de sorpresa y duda. Abigail, al darse cuenta de que teníamos compañía, se giró ligeramente hacia Diego y le dedicó una sonrisa cortés antes de extender su mano. —Hola, soy Abigail Rivas, y soy… —Una modelo —la interrumpí rápidamente antes de que pudiera decir otra cosa. Abigail me lanzó una mirada divertida, como si entendiera exactamente por qué lo había dicho. No era una mentira, pero tampoco era toda la verdad. Diego, por su parte, no reaccionó de inmediato. Su expresión permaneció tensa, como si estuviera procesando la información. —¿Modelo? —repitió él, sin apartar la vista de mí. Asentí, tratando de actuar con naturalidad. —Sí, está participando en una exposición de arte este fin de semana —añadí, como si eso pudiera suavizar el ambiente. Abigail no dijo nada más. Solo se acomodó en su asiento con la misma confianza de siempre, como si no sintiera la tensión en el aire. Yo, en cambio, tenía el corazón latiendo con fuerza. No sabía si Diego creía mis palabras, pero su mirada me decía que aún tenía muchas preguntas sin responder. —¿Es tu novia?— Pero yo no supe qué responder. La tensión en el aire era palpable. Sin decir palabra, Diego se levantó de su mesa y comenzó a caminar hacia la salida. No me miró, no nos miró. Su paso era rápido, y la puerta del café se cerró tras él con un sonido que parecía más fuerte que la lluvia que golpeaba las ventanas. Mi corazón latió con fuerza. No sabía qué había pasado, ni por qué Diego se había ido tan abruptamente. Su reacción me dejó desconcertada. Abigail miró mi rostro, confundida, pero antes de que pudiera decir algo, yo me limité a apretar su mano, buscando consuelo en ella. La verdad se volvía cada vez más clara, pero había algo en el aire que no sabía cómo manejar. Diego se había ido, pero la incomodidad de su partida se quedó conmigo, anclada en mi pecho. Abigail, como siempre, me entendió en silencio, y no hizo falta más explicación. Aquel beso, tan natural entre nosotras, ahora parecía más importante que nunca, mientras la figura de Diego se desvanecía en la distancia. Me quedé mirando hacia la puerta del café, tratando de asimilar lo que acababa de suceder. Mi mente no dejaba de dar vueltas, pero la voz suave de Abigail me sacó de mis pensamientos. —¿Mara? —me llamó con delicadeza, pero yo seguía perdida, observando la puerta cerrada. Su tono cambió, y se inclinó un poco hacia mí, como si intentara captar mi atención—. ¿Qué pasó? ¿Por qué te ves tan… distante? No supe cómo contestar, porque mi cabeza estaba llena de preguntas. —Es… es complicado —respondí finalmente, respirando hondo para calmarme. Miré sus ojos y supe que no podía seguir escondiendo lo que sentía, aunque temía que las cosas cambiaran entre nosotras si lo decía en voz alta—. Diego… Diego acaba de irse, y… lo vi mirándonos. Me vio besarte, Abigail. Abigail frunció el ceño, como si no entendiera del todo. Se quedó en silencio unos segundos, y luego, suavemente, preguntó: —¿Y qué tiene de malo? No es como si fuera un secreto. Sacudí la cabeza, sintiéndome incómoda. —No es eso… Es solo que su mirada cambió. Era como si algo en él se rompiera cuando vio lo que somos. No me miraba como antes… Como si ahora estuviera viendo a una persona completamente diferente. Abigail se quedó en silencio por un momento, y luego, con una expresión de comprensión, susurró: —Él no lo sabía, ¿verdad? Miré hacia abajo, sintiendo cómo una ola de vergüenza me envolvía. —No. Nunca se lo dije. —Porque… ¿no querías compartirlo con él? Asentí lentamente. —Es algo que ni siquiera yo entendí del todo. Me atraen las mujeres, pero también los hombres. Y cuando Diego y yo estábamos juntos, nunca sentí que fuera el momento de decirlo. No quería que me viera diferente. No quería perderlo. Abigail tomó mi mano, apretándola con suavidad. —Mara, no tienes que explicarte con nadie. No le debes nada a Diego. Yo suspiré, sintiéndome aliviada por sus palabras, pero aún no podía deshacerme de la sensación de incomodidad que me había dejado la salida abrupta de Diego. —Pero, ¿y si eso lo cambió todo? Si pensó que nunca fui sincera con él… Abigail apretó mi mano con más firmeza. —Mara, lo que tú eres no depende de lo que Diego piense. Tú no estabas con él en ese momento. Y lo que hay entre nosotras… no es algo de lo que debas sentir culpa. Me quedé callada por un momento, procesando sus palabras. —Pero él significa algo para ti, ¿cierto? Su pregunta me tomó por sorpresa. La verdad era que sí. Diego y yo teníamos una historia, y aunque lo nuestro no había funcionado, una parte de mí todavía sentía su presencia en mi vida. —Sí —admití, sin mirarla—. Pero no sé qué significa eso ahora. Abigail sonrió levemente, como si ya esperara esa respuesta. —Entonces háblale. Pero no porque sientas que le debes algo, sino porque quieres hacerlo. Yo asentí, aunque en el fondo aún no estaba segura de qué era lo que realmente quería. Abigail había sido una constante en mi vida en los últimos meses. Éramos amigas, confidentes… y a veces, algo más. Pero ahora, no sabía cómo sentirme con respecto a esto No sabía cómo iba a terminar todo esto. Pero sí sabía que no podía seguir huyendo. Me quedé mirando hacia la puerta del café, donde Diego había desaparecido, tratando de asimilar lo que acababa de suceder. Mi mente no dejaba de dar vueltas, pero la voz suave de Abigail me sacó de mis pensamientos. Mara El aire frío me golpeó el rostro en cuanto salí del café. La lluvia seguía cayendo con fuerza, empapándome en segundos, pero no me importó. Lo único en lo que podía pensar era en Diego, en su expresión antes de irse, en cómo algo dentro de él pareció romperse cuando vio a Abigail y a mí juntas. Mis pasos fueron rápidos, casi desesperados, mientras lo buscaba entre la multitud que se movía por la acera, protegidos bajo paraguas o con los abrigos apretados contra sus cuerpos. Entonces, lo vi. Diego caminaba con la cabeza baja, las manos en los bolsillos de su chaqueta, avanzando sin rumbo fijo. No lo pensé demasiado. Simplemente corrí hasta alcanzarlo y, cuando estuve lo suficientemente cerca, tomé su brazo, obligándolo a detenerse. Él se giró con el ceño fruncido, sorprendido por mi repentina presencia. Su mirada se encontró con la mía, y durante un segundo, todo lo que había sentido en la cafetería se intensificó. No lo dejé hablar. No me detuve a pensar. Solo lo besé. Mis labios chocaron contra los suyos con una mezcla de urgencia y confusión. Fue un beso desesperado, impulsivo, nacido del caos que sentía en mi interior. No sé si buscaba respuestas en él o si solo quería aferrarme a lo que alguna vez fuimos. Por un instante, Diego no reaccionó. Pero entonces, su cuerpo parecía ceder, y su mano se aferró a mi cintura, acercándome más. Su boca respondió a la mía con una intensidad que me hizo sentir como si el mundo entero se desvaneciera bajo la lluvia. Pero luego, de repente, se apartó. El beso se rompió, y el silencio entre nosotros se volvió abrumador. La respiración de Diego era agitada, la mía también. Estábamos empapados, con el sonido de la lluvia como único testigo de lo que acababa de pasar. —¿Por qué hiciste eso, Mara? —preguntó finalmente, su voz ronca, como si él mismo no entendiera lo que acababa de ocurrir. No supe cómo contestar, porque mi cabeza estaba llena de preguntas. Por un lado, estaba tratando de entender la reacción de Diego, y por otro, no podía evitar preocuparme por lo que Abigail debía estar pensando. —Yo… —Mi voz apenas fue un susurro. Pero entonces, la expresión de Diego se endureció. —No puedes hacer esto —dijo, su tono más firme esta vez—. No después de todo lo que ha pasado Su mirada se clavó en la mía, y sentí cómo mi corazón se encogía. Sus palabras dolieron más de lo que esperaba. Porque, en el fondo, yo sabía que había sido mi culpa
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