Mara
La lluvia azotaba la ventana con furia, las gotas golpeando el cristal con una insistencia que me desgarraba por dentro. Cada repiqueteo parecía apoderarse de la calma del café, que antes era mi refugio. Ahora, solo me quedaba la sensación de un mal presagio. Las noches lluviosas siempre habían tenido esa capacidad en mí, de desatar recuerdos que no quería revivir, recuerdos que se aferraban a mi mente como sombras implacables.
No sabía qué era lo que hacía que me sintiera así, tal vez la quietud, tal vez el sonido del agua cayendo desde el cielo, que parecía arrastrar con ella todas las certezas que había logrado construir con el tiempo. Me sentía atrapada en esa atmósfera, como si el aire estuviera más denso, como si la tormenta se hubiera colado en mi pecho.
Con la taza de café caliente entre mis manos, traté de calmarme, pero no pude evitarlo. Mis ojos se deslizaban por la ventana, buscando algo que no comprendía, algo que me inquietaba sin razón. La noche estaba oscura, pero la luz cálida del café me mantenía anclada en ese espacio, un espacio que, de pronto, me pareció más pequeño, más sofocante.
De repente, la puerta se abrió con un crujido, y el sonido de la lluvia golpeó aún más fuerte, como si la tormenta hubiera decidido entrar también al café. Vi cómo el hombre empapado se sacudía el agua de los hombros con un gesto familiar, y todo dentro de mí se detuvo. No podía ser él. No podía ser Diego.
Pero allí estaba, caminando hacia el mostrador con una seguridad que me atravesó, y en su andar, algo en mí se rompió. Todo en él era tan familiar, desde su forma de moverse, hasta la mirada fija al frente, como si estuviera buscando algo que se encontraba mucho más allá de este café y de mí. No, no podía ser. Mi corazón comenzó a latir con fuerza, y el aire se me cortó en la garganta.
Diego.
La palabra resonó en mi mente como un eco. Diego, mi primer amor, el que había dejado una marca tan profunda en mi alma, el que había sido todo en mi vida en aquella época. El mismo que se había ido de mi lado tan rápido como una ráfaga de viento, llevándose consigo promesas rotas y un amor que nunca supe cómo dejar ir.
Me quedé paralizada, incapaz de moverme, incapaz de apartar la mirada. Vi cómo se sentaba en una mesa cercana, ajeno a mi tormenta interna. La respiración se me aceleró, y una tensión indescriptible comenzó a apoderarse de mi cuerpo. No podía ser. No podía estar aquí. ¿Por qué? ¿Por qué justo hoy?
Mi mente comenzaba a desbordarse, pero el peor de los nudos se formó en mi pecho cuando vi lo que hizo a continuación. Se acercó al mostrador y pidió su café, de manera tan precisa, tan cuidadosa, que la nostalgia me inundó como un torrente. Él sabía exactamente cómo me gustaba el café, sin que le dijera una palabra. Ese café, la mezcla perfecta, el que tomábamos en las noches lluviosas, el que solía traerme calor y consuelo en medio del caos que a veces sentía.
Lo recordaba tan bien, tan vívidamente. Y allí estaba él, pidiendo lo mismo. Era como si el tiempo nunca hubiera pasado, como si nada hubiera cambiado entre nosotros. Como si todo lo que habíamos compartido no se hubiera desvanecido, sino que hubiera permanecido guardado en algún rincón de su memoria, esperando ser liberado.
Pero yo no podía respirar. El peso de todos los años que habíamos perdido, las palabras no dichas, las emociones enterradas, todo eso me aplastaba. Intenté mirar hacia otro lado, pero cuando lo hice, él me miraba. Sus ojos se clavaron en los míos, y no hubo sorpresa en su mirada. No hubo esa chispa de reconocimiento que yo esperaba, pero sí algo más, algo que me heló la sangre: tranquilidad, como si ya no hubiera nada que decir, como si él hubiera hecho las paces con su pasado, mientras yo aún me ahogaba en él.
Mis manos temblaron al sostener la taza, y la ansiedad comenzó a ser demasiado. El café ya no tenía sabor. El aire en la habitación se volvió irrespirable. No podía decidir si levantarme o quedarme allí. Todo mi ser gritaba por huir, por salir corriendo, pero algo me ataba. Algo dentro de mí sabía que no podía escapar de este momento.
Diego se levantó lentamente, como si hubiera sentido el peso de mi mirada sobre él. El sonido de sus pasos resonó en mis oídos como un latido del corazón. Su silueta se acercaba cada vez más, y el ruido de la lluvia parecía volverse más distante, como si el universo se hubiera reducido a este único instante. No podía moverme. No podía decir nada.
Se detuvo frente a mí, y mi respiración se detuvo también.
—Mara... —susurró, y esa sola palabra me cortó la respiración. Fue como si me hubiera despojado de todo mi control, como si todo lo que había guardado durante años se desbordara en un solo sonido.
Mis labios se abrieron, pero no salieron palabras. No podía. No podía enfrentar lo que significaba este reencuentro, lo que significaba verlo de nuevo después de tanto tiempo. Estaba perdida, completamente perdida.
—He pensado tanto en ti, Mara... —su voz era suave, casi quebrada, como si esas palabras se le escaparan a duras penas.
Mi corazón dio un vuelco. ¿Pensaba en mí? ¿Después de todo lo que había pasado, pensaba en mí? Las emociones se mezclaban, y el nudo en mi garganta se hizo insoportable. No podía articular ninguna respuesta.
—Yo no... —logré susurrar, mi voz ahogada por el peso de todo lo que había quedado entre nosotros.
Diego asintió, y me observó como si estuviera buscando algo en mí, algo que lo hiciera entender por qué había vuelto, por qué nuestras vidas, aparentemente separadas, se cruzaban una vez más.
—Nunca entendí por qué nos dejamos, Mara —dijo, acercándose un paso más, y vi cómo sus ojos mostraban una vulnerabilidad que jamás había conocido en él.
Eso me rompió por completo. Las palabras que había guardado tanto tiempo, las emociones que había intentado enterrar, salieron disparadas sin control.
—No fue solo tu culpa, Diego. Fue el miedo, el orgullo… Tal vez ni yo misma lo entendí. —El dolor me hizo temblar, y mis ojos se llenaron de lágrimas que ya no pude frenar.
Un silencio pesado nos envolvió, pero no fue incómodo. Era el tipo de silencio que marcaba una verdad compartida, una verdad que, después de tanto tiempo, estaba lista para ser aceptada.
La lluvia seguía cayendo, pero el sonido ya no me molestaba. Estábamos allí, él y yo, de pie en el mismo lugar, en el mismo café, donde todo había comenzado, y ahora todo parecía un eco lejano. Las horas pasaban sin que los dos nos atreviéramos a hablar de lo que realmente importaba.
Diego levantó la mano, como si quisiera acariciar mi mejilla, pero se detuvo justo antes de hacerlo. No lo hice. No supe si quería que lo hiciera.
—Lo sé —dijo finalmente, con una voz que estaba cargada de todo lo que no se había dicho durante años.
El café estaba vacío, la tormenta rugía afuera, pero dentro de nosotros dos, el tiempo había dejado de importar.