Yo también merezco ser libre

1489 Words
Sasha La puerta de la habitación se cerró suavemente detrás de mí, pero el ruido de mi corazón retumbaba en mis oídos. Me dejé caer en la cama, agotada, mientras las lágrimas comenzaban a acumularse en mis ojos. No quería llorar, no quería dañar a mi bebé, no quería parecer débil, pero no pude evitarlo. Cada palabra que había dicho, cada frase que había pronunciado con tanta certeza, ahora me parecía más pesada de lo que había anticipado. Había hecho lo correcto, lo sabía. Había dado el paso que me parecía necesario para que Diego fuera libre, porque no me hace sentido simplemente estar juntos solo por el bebé, yo lo amo, pero prefiero dejarlo libre, para que él puda decidir por sí mismo, sin las expectativas de los demás ni las mías. Pero lo que no había previsto era lo mucho que me dolería soltarlo. Me había convencido de que él merecía tomar el control de su vida, pero no me di cuenta de que, al hacerlo, también estaba soltando mis propios sueños, mi propia visión de lo que podría haber sido. Me abracé la panza , mirando la oscuridad que comenzaba a entrar por la ventana. El silencio en la casa era absoluto, y sin embargo, se sentía como si el ruido de mi propia mente fuera ensordecedor. Diego estaba ahí, perdido en sus pensamientos, y yo… yo ya no sabía qué pensar. No me arrepentía de lo que había hecho, pero la sensación de vacío que dejaba su presencia, aunque en silencio, me estaba consumiendo. Mis ojos se nublaron nuevamente, pero antes de que las lágrimas pudieran caer, escuché el sonido de unos pasos acercándose. Los reconocí al instante. Diego. Mi corazón dio un vuelco, pero no me levanté. ¿Qué quedaba por decir? Ya no tenía más palabras. Lo había dejado claro: él tenía que decidir. Tenía que ser él quien tomara las riendas de su vida, sin que yo estuviera allí para tomar sus decisiones por él. No quería ser la persona que lo retuviera, que le impidiera encontrar su verdadero camino, aunque eso significara que nuestras vidas tomarían direcciones distintas. La puerta de la habitación se abrió lentamente, y su figura apareció en el umbral. Mi respiración se detuvo por un momento, y aunque mi mente me decía que debía ser fuerte, mi corazón aún no estaba listo para lo que estaba a punto de suceder. —Sasha… —dijo su voz baja, cargada de incertidumbre. No era la primera vez que escuchaba esa voz, pero ahora sonaba diferente, como si las palabras se le atragantaran. No quería mirarlo. No quería que viera la debilidad en mis ojos. Pero la necesidad de verlo, de entender lo que estaba pasando en su mente, me impulsó a levantar la mirada. Sus ojos se encontraron con los míos, buscando una respuesta que no podía darle. —Te dejo… —dije, mi voz quebrándose ligeramente mientras las palabras salían casi en un susurro. Aun así, las pronuncié con firmeza. Ya no podía mantenerme en esta dualidad, en este constante tira y afloja. Tenía que liberarlo, aunque fuera de la manera más dolorosa. Él se quedó allí, observándome en silencio, y su expresión era de una mezcla de dolor y confusión, como si aún no pudiera entender lo que realmente estaba sucediendo. Pero lo que más me dolió fue ver cómo se acercaba lentamente, como si de alguna forma ya lo entendiera, aunque no estuviera dispuesto a aceptarlo por completo. Cuando llegó hasta mí, se detuvo. Me miró por un largo rato, y aunque intentaba mantener una expresión neutral, pude ver el conflicto en sus ojos. Un conflicto que no podía resolver por él. Solo él podía hacerlo. —Sasha… —dijo, y sentí que mi corazón se encogía, al igual que mis esperanzas. Yo había tomado la decisión, pero la duda seguía latiendo dentro de él. Suspiré, cerrando los ojos por un momento, como si al hacerlo pudiera borrar todo lo que estaba ocurriendo. —Te amo, Diego. —Mis palabras eran sinceras, pero ya no eran suficientes. Ya no podían salvarnos. —Pero se que tú no le amas a mi, que no me quieres como me gustaría que me quisieras. Se acercó un paso más, y sentí la cercanía de su cuerpo como un recordatorio de lo que habíamos compartido, de lo que se estaba desvaneciendo entre nosotros. Pero ya no podía seguir fingiendo que todo estaba bien. —No quiero seguir siendo tan solo un entretenimiento. Me levanté lentamente, manteniendo la distancia entre nosotros. Sabía que esto debía hacerse, pero aún así, el dolor era insoportable. —Tienes que ser libre, Diego. Y aunque me duela, si eso significa perderme, entonces te lo concedo. Porque lo que más quiero es verte feliz. Y si yo no soy parte de esa felicidad, entonces lo entenderé, aunque me rompa por dentro. —No te amo pero aprenderé a amarte, eres la madre de mi hijo y te aprecio, desde el inicio fui claro contigo, si quiero darle una familia a nuestro hijo y eres una mujer excepcional serás una excelente madre, pero no creo que haya necesidad de adelantar la boda Sasha Sus palabras me golpearon como una ráfaga de viento helado. Aunque me decía que no me amaba, algo en su tono indicaba que las palabras que seguían a esa afirmación no eran del todo sinceras. Su confesión me dejó paralizada por un instante. Mi mente trató de procesar lo que acababa de decir, pero algo se quebró dentro de mí, como un cristal que se rompe en mil pedazos. Diego había dejado en claro desde el principio que su amor por mí no era lo que yo deseaba, pero esas palabras, esas últimas palabras, me destrozaron. No era solo que no me amara, sino que había una resistencia clara a lo que yo había querido, a lo que yo había creído que íbamos a ser. El futuro que habíamos planeado parecía desvanecerse ante mis ojos, como un sueño que nunca se iba a hacer realidad. Respiré hondo, tratando de controlar la sensación de ahogo en mi pecho. Él hablaba de mi ser una buena madre, de crear una familia para nuestro hijo, pero el vacío que sentí al escuchar sus palabras era abismal. No se trataba de la boda, ni siquiera del hijo. Se trataba de la desconexión que ahora nos separaba, de esa sensación de que habíamos estado caminando por caminos paralelos, sin que ninguno de los dos pudiera encontrarse con el otro en el medio. —¿Eso es todo lo que tienes para decir? —pregunté, intentando que mi voz sonara firme, aunque sabía que la tristeza me delataba. — ¿Que soy una mujer excepcional pero que no hay necesidad de adelantar la boda? Diego se quedó en silencio por un momento, su mirada fija en el suelo, como si no pudiera enfrentarse a lo que acababa de decir. Sus palabras parecían vacías, como si intentara llenar un espacio que ni él mismo sabía cómo ocupar. La idea de ser la madre de su hijo, de ser parte de una vida que no compartíamos realmente, me hacía sentir aún más sola. Me acerqué lentamente a él, pero no me atreví a tocarlo. La distancia entre nosotros se había hecho insalvable, y aunque nuestras sombras seguían proyectándose en la misma habitación, yo sentía como si estuviéramos a kilómetros de distancia. —Diego, no te pido que me ames como yo te amo. Sabía que nunca sería así. Pero pensé que… que podíamos encontrar algo juntos, algo que fuera más allá de la obligación, más allá de los compromisos. Quería que fueras feliz, que ambos lo fuéramos. Pero ahora me doy cuenta de que no sé si tú sabes lo que eso significa. Me giré para caminar hacia la ventana, el aire fresco de la noche tocando mi piel mientras las lágrimas finalmente caían por mis mejillas. Las lágrimas que había reprimido, las que no quería que él viera. Sentía que todo se desmoronaba a mi alrededor, pero sabía que ya no podía cambiar lo que había hecho. Mi corazón se había quedado atrapado en una decisión que, aunque necesaria, me dejaba rota. —No quiero ser la mujer que te retiene. No quiero que mi amor sea una carga para ti, ni que este bebé sea una excusa para mantenernos juntos. Si esto significa separarnos, entonces lo acepto. Pero espero que algún día entiendas lo que te estoy dando, Diego. Mi amor, mi sacrificio, mi voluntad de verte feliz… aunque eso signifique perderme en el proceso. Sentí su presencia detrás de mí, pero no me volví a mirarlo. Ya no sabía si quería oír más palabras vacías o si estaba lista para enfrentarlo a la realidad. Yo ya no podía seguir viviendo con falsas esperanzas, con promesas a medias. —Yo también merecezco ser libre —dije finalmente, en voz baja.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD