Bajo la luna nacen las reinas
Luna siempre había sabido que era hermosa, pero nunca se había conformado con solo serlo. Para ella, la belleza no era un destino, era una herramienta. El espejo ante ella la reflejaba, pero no solo mostraba una mujer de labios carnosos, ojos de un gris brillante y una figura que parecía haber sido esculpida por la misma luna. No, lo que el espejo mostraba era el resultado de años de aprendizaje, de saber exactamente qué hacer con lo que tenía.
Estaba sentada en un diván cubierto de terciopelo, observando cómo el corsé de cuero n***o que llevaba puesto ceñía su cintura, marcando cada curva con una precisión letal. A su lado, Cassandra, su amiga y cómplice, la miraba mientras cepillaba su propio cabello rubio, tan despreocupada como siempre.
—¿Te estás arreglando para impresionar a alguien en especial o es que planeas conquistar al Consejo entero esta noche? —preguntó Cassandra con una sonrisa, observando cómo Luna retocaba su maquillaje.
Luna dejó el cepillo de labios y le devolvió la mirada con una sonrisa traviesa.
—No necesitas conquistarlos a todos de una vez —respondió, levantando una ceja—. Solo al que importa.
Cassandra rió, sacudiendo la cabeza. —Rhayne sigue siendo tu objetivo, entonces. Pensé que lo tenías a tus pies desde hace meses.
—Lo tengo donde quiero, pero aún no ha cedido por completo. Tiene este aire de alfa, de hombre indomable... me gusta ver cuánto tarda en darse cuenta de que ya ha caído —Luna se levantó del diván, ajustando su vestido—. Esta noche lo haré mío, Cass. Pero no de la forma que él espera.
Cassandra se tumbó en el sofá, dejando caer un brazo dramáticamente sobre sus ojos.
—Oh, diosa, me encanta cuando te pones en plan maquiavélica. Solo no lo mates, ¿de acuerdo? —bromeó, sin levantar la mano.
Luna rió suavemente. —No necesito matarlo para destruirlo.
Cassandra la observó de reojo y sonrió. —Eres mala. De verdad, ¿cómo alguien tan hermosa puede ser tan malvada?
—Querida —Luna giró hacia el espejo una vez más, ajustando su cabello con una perfección casi mágica—, la belleza es una maldición para las débiles. Para mí, es poder puro.
El juego de Luna nunca había sido el de ser la más fuerte, sino el de ser la más inteligente, la que supiera cuándo avanzar y cuándo retirarse. Su madre, Selene, siempre le había enseñado que una verdadera reina no necesitaba levantar un dedo para gobernar. Los demás lo hacían por ella, por devoción o respeto. Y Luna, con su exquisita combinación de ambos, había aprendido desde joven cómo manipular esos impulsos.
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Años atrás...
Selene había sido temida y adorada en igual medida en su pequeño pueblo. Era una bruja de inmenso poder, pero también de una belleza que hipnotizaba. Los hombres se arrodillaban ante ella no solo por temor a su magia, sino por el deseo desesperado de estar cerca de ella.
Luna, de niña, siempre observó desde las sombras, viendo cómo su madre manejaba a los hombres con una destreza que solo podía ser enseñada. Selene no solo usaba su poder mágico, sino que había perfeccionado el arte de manejar los impulsos y deseos de los demás. Luna aprendió más de esas lecciones no dichas que de cualquier grimorio que pudiera haber leído.
Una noche, cuando Luna cumplió diecisiete años, su madre la llevó a una ceremonia bajo la luna llena, en el bosque que rodeaba el pueblo. Las estrellas brillaban, pero no con el mismo fulgor que los ojos de Selene.
—Esta noche, Luna, dejarás de ser una niña —dijo Selene, su voz suave pero cargada de autoridad—. Eres más hermosa de lo que yo fui jamás, y eso te convierte en un arma aún más peligrosa. Pero escucha bien, hija: la belleza es pasajera, el poder no.
Luna la observaba en silencio, sabiendo que lo que venía era importante. Sabía que su madre no hablaba a la ligera.
—Las personas, las bestias, no pueden resistir lo que desean. No importa lo fuertes o crueles que sean, todos son esclavos de sus impulsos. Tú puedes ser su diosa, su reina, si sabes cómo manejar esos impulsos. Usa tu mente, usa tu carisma, usa lo que tengas que usar. Pero nunca, nunca olvides que, en el fondo, siempre estás tomando. No dando.
Luna asintió. Era una lección que ya había empezado a practicar en los jóvenes del pueblo, pero esa noche, comprendió que lo que su madre le enseñaba era mucho más grande de lo que había imaginado. Esa noche, frente a la luna llena, Luna juró que nunca sería la esclava de nadie. Si iba a jugar el juego del poder, lo haría en sus propios términos.
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De vuelta al presente...
Ahora, años después, Luna estaba lista para aplicar esas enseñanzas a su máximo potencial. Rhayne, el alfa del clan más poderoso de hombres lobo, era solo el primero de muchos. La ambición de Rhayne por dominar y expandir su influencia había sido obvia desde el primer momento en que sus caminos se cruzaron, pero Luna había jugado el juego largo. Ella sabía cómo ganar sin necesidad de enfrentamientos directos, cómo mantenerse siempre un paso por delante.
El Consejo de los Alfas se reuniría esa noche. No era común que las mujeres estuvieran presentes, pero Luna no era cualquier mujer. Había convencido a Rhayne de que la llevara como su acompañante, aunque sabía que el plan iba mucho más allá de lo que él creía.
Llegaron al gran salón, un edificio antiguo y majestuoso, donde los hombres lobo más poderosos de la región se reunían para decidir el destino de sus clanes. Luna caminaba al lado de Rhayne, quien la miraba de reojo como si ya la hubiera ganado. Pero lo que él no sabía era que ella ya había ganado la primera batalla en el momento en que sus ojos se encontraron meses atrás.
Dentro del salón, los alfas se sentaron alrededor de una mesa de piedra, discutiendo temas de poder y territorio. Luna observaba desde las sombras, dejando que sus ojos analizaran a cada uno de los hombres. Sabía que pronto todos estarían a su merced. El poder, la fuerza física, nada de eso importaba cuando ella tenía la llave para acceder a lo que realmente controlaba sus decisiones: la ambición.
Rhayne se inclinó hacia ella, susurrándole al oído.
—Después de la reunión, deberíamos pasar un tiempo a solas.
Luna sonrió, pero no por la propuesta en sí, sino porque sabía que él creía que era su idea. Con una voz suave pero cargada de seguridad, respondió:
—Me encantaría. Pero recuerda, querido Rhayne, no siempre soy tan fácil de predecir.
El alfa rió, tomando aquello como un desafío. Luna supo, en ese momento, que estaba más cerca de lo que nunca había estado de su objetivo. No sería esta noche, quizás, pero Rhayne caería, y con él, los demás seguirían.