No sé si debería sentir vergüenza o un orgullo extraño porque él se haya detenido. Lo que sí sé, es que esa contención me enciende mucho más de lo que me asusta. Cuando termino y me visto, respiro hondo frente al espejo. Tengo que aparentar calma. No debo dejar que él note que estoy aterrada y excitada por igual. Bajo las escaleras con paso lento. El aroma del café y de pan recién tostado llena la estancia. En la mesa ya está servido: jugo, frutas, huevos al punto, todo dispuesto con precisión. Él está ahí, de pie, con la camisa arremangada, revisando algo en su teléfono. Al verme, alza la mirada. Sus ojos se clavan en mí y siento un nudo en la garganta. —Siéntate. —Lo dice sin levantar la voz, pero su tono no admite réplica. Me siento frente a él, intentando mantener la compostura. M

