Caminé hacia el baño con la intención de darme una ducha y despejarme un poco, pero antes de llegar, sentí un fuerte tirón en mi brazo. Leonardo me jaló con fuerza, obligándome a girar y enfrentar su mirada inquietante. —¿Qué demonios quieres ahora? —solté con fastidio, intentando zafarme. Sus ojos me revelaban la ira que estaba tratando de contener. —Si no supiera que no estás enamorado de mí, pensaría que estás celoso —dije, sin poder evitar el tono desafiante en mi voz. Leonardo me soltó de inmediato, como si mis palabras le hubieran quemado la piel. —No estoy celoso —dijo con dureza—. Lo que me preocupa es que alguien podría verte con otro y entonces yo estaría en la boca de los lobos. Solté una risa sarcástica. —No te preocupes —repliqué—, en el lugar en el que estaba anoche n

