La herida no era grave, nada más que una pequeña cortada que podría sanar en pocos días. —Gracias por atenderme, Leila —dijo Gerardo, intentando no sonar desesperado. Lo miré por un momento, evaluando su rostro, esa expresión de melancolía que todavía parecía estar presente en sus ojos, aunque intentara esconderla. —Es mi deber —respondí con un tono neutral, como si lo que estaba haciendo fuera simplemente parte de la rutina. No tenía ningún resentimiento, pero tampoco sentía la necesidad de añadir algo más. —En unos días, tu mano estará bien. Gerardo asintió positivamente con una mirada pensativa, como si aún estuviera buscando algo en mis ojos que ya no podía encontrar. En silencio, se levantó y se alejó, dejando atrás la sala de emergencias. Cuando se fue, una especie de calma

