Me crucé de brazos y solté una risa amarga. —Gerardo, ya vete de mi vida. Él negó con la cabeza, con una desesperación que parecía sincera. —Sé que me odias, pero volví para recuperarte. Mi risa fue más fuerte esta vez. —Eres un asco de persona, Gerardo. Su mandíbula se tensó, pero no apartó la mirada. —Todo tiene una razón de ser. Déjame explicarte lo que pasó. Negué con la cabeza. —No quiero explicaciones. No las necesito. Si de verdad hubieras querido dármelas, habrías contestado mis llamadas. —No pude hacerlo… pero ahora puedo responder todas tus preguntas. —Ya no me interesan tus respuestas —afirmé con frialdad—. Márchate y no vuelvas. Gerardo dio un paso más hacia mí y extendió los brazos, intentando abrazarme. El simple hecho de que creyera que podía tocarme me repugnó. D

