Capítulo 1: La primera red flag

2457 Words
Narra Mackenzie —Qué escándalo ¿Qué es lo que buscas como loca? —menciona mi madrastra apareciendo con su mascarilla de pepinos en la cara. —Mi computadora, la dejé en mi mesa de noche y ahora no está —digo desesperada. —Tanto ruido por una vieja laptop —continúa tratando de no gesticular mucho. —Mi proyecto final está allí y en unas horas debo sustentarlo. —Seguiré como mi rutina de cuidado de piel, no quiero estresarme por tus asuntos. La mujer se va dejándome sola en mi agonía. Sigo tratando de pensar en donde la he dejado, quizás la dejé en mi casillero o mi aula; eso es lo más seguro. Mejor me organizo rápido y voy al High School, ya estoy muy retrasada. Lavo mis dientes y solo dejo que un par de gotas de agua pasen por mi cuerpo, tengo que darme prisa; me visto con mi uniforme y sin siquiera peinarme el cabello, hago un gran chongo y salgo corriendo arrastrando mi mochila. Miro mi móvil y es demasiado tarde, me desespera aún más que Nelson no deja de enviarme mensajes preguntando donde rayos estoy. Al llegar al instituto, paso por mi casillero y no encuentro nada, sigo corriendo hasta mi aula pensando que pude dejar mi computadora en mi escritorio, pero justo cuando llego a la puerta del salón de clases; veo que August está exponiendo su proyecto, frunzo mi ceño al no recordar que él ya tenía su trabajo y miro al reflector. Esperen, ese es… ese es mi proyecto. Reparo lo que dice en su diapositiva, quizás estoy viendo mal, pero no, ese es mi trabajo. Mis ojos se nublan y mi voz desaparece, es como si me hubiese quedado sin palabras por el shock que tengo, quiero gritar y decir que ese es mi trabajo, pero no tengo las agallas. Lo único que quiero es llorar, así que antes de reventar en un llanto incontrolable, me doy la vuelta y corro lo más lejos que puedo. Unos meses atrás. —¿Cuándo vendrás? —le pregunto a mi padre rodeando su cuerpo con mis brazos. —Cariño, no será mucho tiempo, el proyecto de arte está diseñado para ejecutarse en cuatro meses. —¡Es demasiado! —Vas a estar bien, voy a enviarles dinero cada semana, ¿de acuerdo? Mi padre es profesor de arte y ha estado trabajando en diferentes ciudades los últimos años. El hombre se despide con un beso en mi mejilla y un cálido abrazo que es interrumpido por su esposa, quien lo toma de su brazo para apoderarse de él. Mi padre me da una última sonrisa y sube al taxi. —¡Oh! ya lo estaba olvidando, Mackenzie, tu hermana tiene clase de valet. Tienes que llevarla. —No creo que pueda, debo terminar mi tarea. —Ese no es mi problema, tu hermana tiene una importante clase y yo acabo de hacerme una mascarilla, así que no pienso exponerme al sol. —Está bien. Subo a mi habitación para cambiar mi ropa, ya presiento que mis días sin papá, serán terribles. No hay día en el que piense que ha sido una mala idea eso de buscar una nueva esposa. —Mack, ya estoy lista. Vámonos. —Dame un segundo, voy a peinar mi cabello. Ava, es mi hermana menor. Ella es hija de Elena Roberts —mi madrastra— y de mi padre Sergio Foster. —Date prisa, no puedo llegar tarde. —Espera, solo un segundo. La chica frunce su frente en señal de enojo y se aleja de la habitación, de seguro ya va a poner las querellas. —¡Mackenzie! —grita Elena desde la planta baja—. La niña no puede llegar tarde a su clase. —¡Voy! Corro por las escaleras y me asomo a la sala para que me vea, tomo a Ava de la mano y salimos de la casa; su escuela no está muy lejos pero igual hay que llevarla y buscarla todas las tardes. Esta ha sido mi vida, porque mi madre bilógica falleció el día que nací, para mi familia materna fue una tragedia y para mi padre aún más. No solo debía lidiar con la muerte de la mujer que amaba, sino que tenía que cuidar de un bebé. Siendo un inexperto no sé cómo pude sobrevivir, aprendió conmigo a cómo hacer bien un biberón, a bañarme, cambiar pañales, cuidar de que no me ahogara con mi propia saliva y demás. Cuatro años después, piensa que ya es hora de volver a realizar su vida y buscar a una figura materna —pensaba que era necesaria para mí— así que se vuelve a casar con una mujer que no quiere envejecer y me dan una hermana igual de pretenciosa que su madre. —¡Hey! ¿A dónde van? —escucho detrás de mí. —Oh, es tu amigo el raro —dice Ava antes de soltar mi mano y entrar a su escuela. —No seas grosera —refuto ante su comentario. Ella me saca la lengua y me muestra su dedo medio. —Nelson, ¿Qué haces por aquí? Nelson es mi vecino de toda una vida y mejor amigo, bueno, es el único que tengo. —Voy a comprar algo de fruta para mi mamá ¿Quieres acompañarme? —Ahora no puedo, ya debo volver. —Vale, entonces, mañana nos vemos. El chico me da una sonrisa y sigue su camino. Regreso a casa rápidamente para ganar tiempo, necesito terminar mi tarea. Abro la puerta y encuentro la cara de Elena esperando por mí. —¡Que susto! —digo con mis manos en el pecho. —¿Por qué demoraste tanto? necesito decirte algo. —¿Qué sucede? —Tu padre hace unos días me dio el dinero para tus nuevos uniformes, pero ¿para qué gastar dinero en ropa que no usaras más? Es tu último año y solo quedan unos meses, sería un desperdicio. Así que ese dinero lo usaré en algo que sea más necesario, si tu padre llama; le dices que ya tienes tus uniformes, ¿de acuerdo? —Está bien. Me he acostumbrado que en casa se haga solo lo que Elena quiere, yo nunca protesto, porque la última vez que lo hice terminé en problemas con papá. Más tarde, al terminar con mi tarea, voy por Ava a su escuela. Mi hermana a sus doce años ya ha estado en todo tipo de clases de arte, baile y deportes, para que así pueda descubrir su vocación, o bueno, es lo que dice su madre. De regreso, ayudo a preparar la mesa para la cena, Elena tampoco es muy buena en la cocina, sus enormes uñas no la dejan ni agarrar una cuchara, es más; aun me pregunto cómo hace para limpiar su trasero cuando debe defecar. —¿Qué hiciste de comida? —pregunta Ava. —Hice macarrones con queso. —¿Otra vez? No quiero comer eso, ya estoy harta de tus comidas, son una porquería. —Cariño, no te molestes. Es que recién he terminado de hacer mis uñas y no quería estropearlas. Además, tengo una extraña comezón en las manos, creo que es alergia. Así que Mackenzie, necesitaré que me ayudes más en casa. Asiento con mi cabeza sabiendo que eso pasaría en cualquier momento. —Parece vomito de gato, da asco —sigue Ava haciendo mala cara. —Cariño, cambia esa expresión. Mejor te muestro algo que te hará sonreír. La mujer se levanta de su asiento y sale del comedor, a los pocos segundos regresa con una bolsa de regalo en sus manos. —Mira, te compré nuevas zapatillas para tus clases de valet. —¡Vaya! Otras zapatillas. Ava se levanta feliz y corre hasta su madre. Ya me imagino de donde ha sacado el dinero. Yo continúo mi cena sin mirar la escena entre madre e hija. Es normal que se comporte así con ella, a final es su hija y siempre estará por encima de mí. —He terminado, ya me voy a retirar de la mesa. Me pongo de pie y cuando subo las escaleras escucho una vez más a la mujer. —Te compré también tu nuevo uniforme, no le digas a Mackenzie. —Si mamá. Continúo subiendo las escaleras con cuidado para que no sepan que he escuchado eso. Me tumbo en mi cama y observo los stickers que he pegado en mi techo, de a poco mis parpados se hacen más pesados y voy cayendo en un profundo sueño. A las seis en punto de la mañana, suena mi alarma, y medio atarantada me pongo de pie y abro la puerta del baño. Con mis ojos cerrados me bañé y los abrí a medida que la pesadez desaparecía. Más tarde preparo un poco de cereal con leche, ese será mi desayuno. Trago todo antes de que Elena aparezca en la cocina y me pida que le haga algo de comer. Así que a toda prisa salgo de casa a esperar que Nelson asome su trasero. —¡Oye! ¿Qué tienes en el cachete? —dice mi amigo mirándome con rareza. —¿Qué cosa? Nelson ríe y pasa su mano por mi mejilla para quitar el cereal que traía pegado. —No cambias Mack, no cambias. Caminamos hasta la parada de bus como cada mañana. Al llegar a la escuela, vemos que algunos de los chicos populares llegan en sus autos particulares como todos unos dioses. —Algún día nosotros también llegaremos así —comenta Nelson mirando a Emilia, la capitana de las porristas que siempre llevan en una enorme camioneta. —Será pronto, por ahora me conformo con el autobús. —Mañana vendremos en nuestras bicis, ¿está bien? Los dos comprendemos nuestros chistes de pobres. Al llegar a nuestro piso, cada quien se dirige a su aula; los dos estamos en el último año pero estamos en salones diferente. Desde hace un tiempo, llego más puntual de lo normal porque a mi salón ha llegado el chico más apuesto que he visto en mi vida. Aún recuerdo a la señorita Pérez cuando presentó a August Jones Smith, el nuevo transferido. Me pongo nerviosa de verlo cada día jugar con su lápiz cuando estamos en clases, luce tan interesante y tan atractivo. De vez en cuando me giro un poco para observarlo, él se sienta atrás de mi puesto y juro que desde donde estoy puedo percibir el olor de su perfume. En los recesos todos hablan del chico nuevo, hasta se van a la cancha de futbol para verlo entrenar. Yo también hago lo mismo, pero obviamente desde lejos. Ya han pasado dos meses desde que ha llegado a la escuela y ha logrado que lo nombren capitán del equipo, es muy bueno. En la clase, la maestra nos pide tomar nota de nuestro próximo examen. Todos están atentos porque la señorita Ana es bastante exigente, pero el chico sentado tras de mí, sigue jugando son su lápiz. Me giro un poco y lo observo de reojo sobre mi hombro y noto que ha dejado caer su lápiz, así que de inmediato me inclino estirando mi brazo para tomarlo del suelo y entregárselo. —Toma, se te ha caído esto. El chico solo lo recibe y sigue girándolo entre sus dedos ¡Dios! Mi corazón se agitó por unos segundos. Al final de la jornada, camino hasta la salida con mi amigo, mis ojos no se apartan de August quien se ha quedado con otros chicos de su equipo. —¡Oye! Mira por dónde vas, casi pisas una popó de perro. Observo mi zapato y la punta de mi tenis blanco tiene una pequeña porción de m****a. —¡Rayos! —¿Por qué estás tan despistada? Nelson se inclina y me quita el zapato. Salto en un solo pie y nos hicimos a un lado para que él pudiera limpiar mi tenis en el césped. —Creo que estoy angustiada por el examen de mañana. —¿Desde cuándo Mackenzie Foster, la mejor de su clase, se preocupa por un examen? —Es Elena, ya presiento mis tristes días con ella. Ahora ha inventado una repentina alergia en su piel por lo que ya no puede cocinar y asear más, adivina quién debe hacer esas cosas ahora. Sabrá Dios en qué hora voy a estudiar, ¿en las madrugadas? Al otro día, me levanto más cansada de lo habitual. Hice mi primera sesión de lavandera en casa y me duelen los brazos por lavar hasta las sábanas y toallas. Terminé de repasar para mi examen a las tres de la mañana, luzco como un zombie. —Chicos, guarden todo, solo necesitan su lápiz y borrador. Recuerden que este examen equivale a un treinta por ciento del examen final. Debieron repasar mucho, ¿verdad señor August? La maestra estrega las hojas y al verla me da un alivio, esto es pan comido. Cuando marco la última equis y estoy por ponerme de pie para entregar mi examen, siento que alguien desde atrás toca mi hombro. —¿Podrías ayudarme? —susurra August desde su lugar. Es la primera vez que se dirige a mí. Así que sin pensarlo le digo que sí, me hago a un lado dejando un espacio para que él pueda ver mi hoja de respuesta y marque rápidamente en la suya. Sé que está mal pero el simple hecho de saber que le ayudo a August, me emociona demasiado. Al final de la jornada, salgo del salón y espero a que August salga, quizás quiera agradecerme por lo de antes ¡Que nervios! Acomodo un poco mi cabello y mi uniforme. Me sorprende que luego de tanto tiempo, por fin me haya notado ¡Dios! No puedo creer que él me haya pedido ayuda. Observo hacía la salida de mi aula y veo que August sale aun con su examen aprobado en la mano, lo espero con ansias y a medida que se acerca, una sonrisa se dibuja en su rostro. Con disimulo, empiezo a aclarar mi voz para decirle “de nada” o “no tienes que agradecer” con cada paso que da, mi corazón late con más rapidez, justo cuando llega frente a mí, espero que se detenga; pero pasa por mi lado sin determinarme. —¡Cariño! —grita alguien detrás de mí. Me doy la vuelta y veo a Emilia —la capitana de las porristas— corriendo hacia él y saltando de tal manera que rodea su cuerpo con sus piernas. August la sostiene de su cintura y le da un beso en los labios.
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