Capítulo 1: La Esposa Invisible
Llevo tres años siendo invisible en mi propio matrimonio. Hoy es mi tercer aniversario de bodas, y estoy sola.
Me ardía la quemadura en la mano derecha. Me la hice esta tarde con el horno. La ignoré. Acomodé el plato de ossobuco en la cabecera de la inmensa mesa de mármol. Una mesa para veinte personas.
—Señora Alleria.
Me giré. Marta, la empleada de la mansión, estaba en la puerta. Me miraba con lástima. Sentí un asco profundo hacia mí misma al ver esa lástima.
—Son las ocho en punto —dijo Marta—. ¿Va a cenar?
—Lo voy a esperar —respondí. Mi voz sonó patética.
—Cocinó todo el día, señora. Tiene la mano roja. Él no ha llamado.
—Es nuestro aniversario, Marta. Va a llegar. Puedes irte a dormir.
—Buenas noches, señora.
Marta se fue.
La pantalla de mi teléfono se iluminó sobre la mesa. Mi corazón latió rápido. Desbloqueé el teléfono con las manos sudorosas.
Era un mensaje de Ramos.
«Reunión hasta tarde. No esperes.»
Cinco palabras. Ese fue todo mi regalo de aniversario.
Sentí humillación. Una vergüenza caliente me subió por el cuello y me quemó la cara. Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula.
El teléfono sonó en mi mano. Era una llamada de Renata. Contesté rápido.
—¿Llegó tu esposo? —preguntó Renata. No sonaba feliz. Sonaba enojada.
—Me envió un mensaje —respondí—. Cinco palabras. Me dijo que no lo espere.
—¡Alleria! ¡Es tu maldito aniversario! ¿Hasta cuándo vas a soportar esto?
—Tiene mucho trabajo en la empresa, Renata.
—¡No seas estúpida! —gritó mi amiga—. Es tu carcelero. ¡Sal de ahí! Llevas tres años encerrada en esa casa. Te estás convirtiendo en un fantasma.
—Es mi esposo. Las cosas van a cambiar.
—¡Te mientes a ti misma! Dime la verdad. ¿Cuándo fue la última vez que te miró a los ojos? ¿Cuándo fue la última vez que durmió en tu cama?
Sentí terror al escuchar la verdad en voz alta. El estómago se me revolvió.
—Hablamos mañana, Renata. Estoy cansada.
Colgué. No quería escuchar más.
El ruido de unos tacones golpeó el piso del pasillo. La puerta doble del comedor se abrió de un empujón.
Victoria Santoro, mi suegra, entró. Llevaba un abrigo de cachemira perfecto. Me miró de arriba abajo. Su mirada se detuvo en mi vestido barato de Zara.
—¿Sola en tu aniversario? —Victoria soltó una carcajada seca—. Qué imagen tan patética.
Me puse de pie. Las rodillas me temblaban.
—Victoria. Ramos no está.
—Lo sé. ¿De verdad pensabas que mi hijo iba a venir a comer esta basura? —Victoria señaló mi cena con asco.
—Es su plato favorito. Lo cociné para él. Tengo derecho a esperarlo.
Victoria avanzó hacia mí. Sus ojos eran fríos.
—Tú no tienes derecho a nada, Alleria. Eres un acto de caridad. Un error que mi madre cometió antes de morir. Te casaste con mi hijo por lástima.
—Soy su esposa.
—Eres su esposa en un maldito papel —escupió Victoria—. ¿De verdad te crees una esposa? Dime. ¿Cuántas veces te ha tocado mi hijo este año? ¿Una? ¿Ninguna?
Sentí vergüenza. Una vergüenza tan grande que me faltó el aire.
—Eso es un asunto privado —dije. Me temblaba la voz.
—No tienes marido. Tienes un dueño que te tolera porque no le queda otra opción. Mírate, Alleria. Eres gris. Eres aburrida. Eres un mueble más en esta mansión.
Clavé las uñas en mis palmas. Sentí rabia.
—¿A qué viniste, Victoria? ¿A insultarme a las nueve de la noche?
—Vine a darte una orden. Mañana el equipo de estilistas vendrá a prepararte.
—No los necesito. Me arreglo sola.
—No seas estúpida —dijo Victoria, acercándose a mi cara—. Mañana es la gala anual en el Hotel Beau-Rivage. Toda la élite europea estará ahí. La prensa estará ahí. E Isabela estará ahí.
El nombre de Isabela Montalvo me golpeó como un puñetazo en el estómago. Sentí náuseas.
—¿Isabela va a ir con él? —pregunté. No pude evitarlo.
—Isabela es brillante. Isabela es elegante. Isabela pertenece a nuestro mundo —dijo Victoria con una sonrisa cruel—. Tú solo eres la deuda viviente que él tiene que cargar.
—Él es mi esposo —repetí. Era mi única defensa.
—Esperemos que mañana no luzcas tan común —Victoria se dio la vuelta y caminó hacia la puerta—. Ramos ya tiene suficiente vergüenza escondiéndote aquí. Trata de no humillarlo en público mañana.
La puerta se cerró.
La rabia me superó. Agarré la bandeja con el ossobuco. Caminé rápido hacia la cocina y tiré la comida entera al triturador de basura. Apreté el botón. El ruido de la máquina trituró mi cena y trituró mi dignidad.
Corrí por las escaleras. Pasé por la puerta de la habitación de Ramos. No dormíamos juntos desde hacía un año.
Entré a mi cuarto y me encerré en el baño.
Me faltaba el oxígeno. Agarré un plato de porcelana pequeño del lavabo. Quería poner mis anillos ahí, pero mis manos temblaban con demasiada violencia.
El plato se me resbaló.
Cayó al piso y se hizo pedazos contra el mármol blanco.
Me arrodillé de golpe. Entré en pánico. Empecé a recoger los pedazos de porcelana rota con mis manos desnudas. Necesitaba limpiar algo. Necesitaba arreglar algo, aunque fuera un maldito plato.
Un filo de porcelana entró profundo en mi dedo índice.
Solté un grito de dolor.
Me puse de pie rápido y abrí el grifo. Metí la mano herida bajo el chorro de agua helada. La sangre roja y caliente brotó de mi piel abierta. Cayó en la loza blanca y manchó el agua transparente.
Miré la sangre.
Luego levanté la vista y me miré en el espejo. Mis ojos estaban apagados. Estaba pálida, destruida y completamente vacía.
Sentí una claridad aplastante en mi cerebro.
«Si me quedo un año más en esta casa, dejaré de existir», pensé.
Cerré el grifo. Apreté mi dedo para detener la sangre.
Mañana era la gran gala. Mi última noche como la patética esposa de Ramos Santoro.
Miré el lavabo manchado de rojo y lo supe con total seguridad. Después de la gala de mañana, nada volvería a ser igual.