Capítulo 3: La Confirmación

908 Words
El taxi frenó de golpe. Pagué con billetes arrugados y salí a la calle. El aire helado de Ginebra me golpeó la cara. Estaba frente a La Perle du Lac. El restaurante más exclusivo de la ciudad. Las reservas aquí tardaban dos meses. Mis manos temblaban. Sentí un pánico frío recorriendo mi espina dorsal, pero no me detuve. Empujé las puertas de cristal pesado. —Señora, ¿tiene reservación? —me preguntó el maître en la entrada. Lo ignoré. Entré al comedor principal con pasos rápidos. La luz era tenue. Había velas en todas las mesas. Busqué entre la gente elegante hasta que los encontré en la esquina más apartada e íntima del lugar. Ramos e Isabela. Estaban sentados frente a frente. Sus manos descansaban sobre el mantel blanco. Estaban a milímetros de tocarse. Se veían cómodos. Se veían familiares. Se veían como una maldita pareja real. Caminé directo hacia su mesa. Mis zapatos planos no hacían ruido contra la alfombra gruesa. Me detuve justo al lado de Ramos. Él levantó la vista. Su cuerpo entero se tensó de golpe. Sus ojos grises se abrieron con un shock absoluto al reconocerme. —Alleria —dijo Ramos. Su voz fue un hilo ronco. —¿Interrumpo tu reunión de negocios? —pregunté. Mi voz salió dura. Sin temblar. Isabela se reclinó en su silla. No parecía sorprendida. Parecía que acababa de ganar la lotería. Su sonrisa depredadora volvió a aparecer. —Vaya. El ratón nos siguió —dijo Isabela en voz alta. —Cállate, Isabela —le respondí, sin mirarla—. No estoy hablando contigo. —Pero estás arruinando nuestra cena. —Ramos, levántate —le ordené a mi esposo—. Nos vamos a casa. Ahora. Ramos no se movió. Se quedó petrificado en su asiento. —¿No escuchaste, Ramos? Te dije que nos vamos. —Alleria, por favor —murmuró él, bajando la voz—. No hagas un espectáculo aquí. Sentí rabia. Una furia caliente y violenta me quemó el pecho. Apreté los puños hasta clavarme las uñas en las heridas de mis palmas. —¿Yo hago el espectáculo? —pregunté—. ¿Tú estás cenando a la luz de las velas con otra mujer en nuestro aniversario y yo soy el espectáculo? —Vete a casa, Alleria —intervino Isabela. Su tono era de pura burla—. No hagas el ridículo. Él no se va a ir contigo. —Ramos. Defiéndeme —le exigí. Ramos tragó saliva. Su mandíbula angular se apretó. —Di algo —le supliqué. Mi rabia empezó a mezclarse con desesperación. —No te va a defender, querida —se burló Isabela—. ¿Por qué lo haría? Eres la esposa de caridad. Miré a Isabela. —Eres la deuda viviente que camina por su casa —continuó ella, alzando la voz a propósito para humillarme más—. Eres un favor. Eres su mayor vergüenza. Sentí que el estómago se me caía al piso. Volví a mirar a Ramos. —Dile que se calle, Ramos. Él no habló. —Dime que soy tu esposa. Dime que me respetas. Mírame a los ojos y dile a esta mujer que se largue. El silencio nos aplastó. Ramos bajó la mirada. No me miró a los ojos. No le gritó a Isabela. No se levantó. Llevó su mano a la copa de vino tinto. Agarró el cristal con fuerza y se quedó mirando el líquido oscuro. No dijo absolutamente nada. Su silencio fue la respuesta más devastadora del mundo. Ese silencio me destrozó. Sentí un dolor físico tan agudo que me dobló las rodillas por un segundo. Fue como si me arrancaran el corazón del pecho con las manos desnudas. Él era un cobarde. No era un monstruo. Era algo mucho peor. Era un cobarde incapaz de protegerme. Y entonces, el dolor paró. Sentí una claridad absoluta y helada invadiendo mi cerebro. La confusión desapareció. La estúpida esperanza de tres años murió en ese instante exacto frente a su mesa. Me enderecé. Solté un suspiro largo y frío. —Tienes razón, Isabela —dije con una calma mortal. Isabela me miró, confundida por mi repentina falta de lágrimas. Ramos levantó la cabeza de golpe. Sus ojos grises buscaron los míos con urgencia. —Alleria... —intentó decir. Levanté una mano y lo callé. —Las deudas se pagan —dije, mirando a Ramos directo a los ojos—. Y la tuya, Ramos, está saldada a partir de ahora. No esperé su respuesta. Di media vuelta. Caminé hacia la salida con la cabeza alta. No bajé la mirada. No derramé una sola lágrima. Caminé con la dignidad de una mujer que finalmente entendió su valor. Salí del restaurante y me metí al primer taxi que vi. —Al centro, por favor —le dije al conductor. Me recosté contra el asiento de cuero frío. Estaba sola. Estaba completamente sola en el mundo. No tenía familia. No tenía dinero. Acababa de perder al único hombre que había amado. Llevé mi mano temblorosa hacia mi vientre. Era un gesto instintivo. Apenas un roce sobre la tela de mi vestido barato. Acaricié mi estómago plano en la oscuridad del taxi. Mi respiración se cortó. Un calor nuevo y protector reemplazó al frío de mi pecho. —Al menos tú me elegiste —susurré en la soledad del auto. Tenía que irme. Tenía que escapar antes de que él lo supiera.
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