Comprometida con el peligro

1145 Words
La sensación de pavor, miedo y fatalidad inminente que acompañaba a asimilar que me iba a casar con alguien de la mafia empezó a apoderarse de mí poco a poco. Me sentía como una auténtica mierda y el alcohol no parecía ayudar a relativizar en absoluto. Llevaba ya una copa cuando Mira llegó al Jumping Fox’s Bar and Grill. El hecho de no haber comido nada antes y la conmoción del día ya me tenían un poco achispada. Haber pedido un tequila solo, en lugar de mi habitual daiquiri o margarita, puede que también tuviera algo que ver. —¡Eh, tú!—, me llamó Mira en cuanto me vio en la única mesa al fondo del bar. Las mesas eran casi como cabinas privadas, lo que me aseguraba toda la intimidad posible en un bar público. Levanté mi segunda copa medio vacía y grité “Eyyyy”, casi sin entusiasmo, mientras mi alta y preciosa mejor amiga se desplazaba sin esfuerzo hasta sentarse a mi lado. —¿Qué pasa?—, preguntó, claramente preocupada al instante por mi reacción. Hacía mucho tiempo que no la veía, ya que su trabajo de azafata le obligaba a volar por todo el mundo, a veces durante meses. Siempre me hacía mucha ilusión cuando volvíamos a vernos, pero el peso de lo que me había hecho mi padre era demasiado grande. Lancé un suspiro y me apoyé en su hombro para indicar que no estaba enfadada con ella ni nada por el estilo. —¿Perdiste una venta o algo así?—, preguntó Mira. Yo hice un esfuerzo por sentarme más recta. —Es mucho peor que eso—, me quejé y me bebí la copa, haciendo un gesto al camarero. Estaba lista para mi tercera copa y Mira necesitaba la primera. Entre copas, otro tequila solo para mí y un daiquiri de plátano para Mira, le conté todo a mi mejor amiga. Sobre los cambios, sobre el barco que se hundía que era el Lakehome Group… Y, por último, sobre Marcus. —…así que fue y me vendió a la mafia como si fuera una especie de cargamento—, concluí, bebiéndome el resto del tequila. Mira puso la mano sobre mi vaso cuando lo dejé; sus hermosas facciones se torcieron en una expresión pensativa. —Vale, ahora en serio. Está claro que me tomas el pelo, ¿no? ¿Qué pasa en realidad?. La miré con desdén. — es lo que pasa. Mi padre me está vendiendo como si yo misma fuera una pieza de inmobiliaria. Mira parecía poco convencida, pensando claramente que de ninguna manera estaba hablando en serio. —Vamos, Jane, ¿dónde están las cámaras?—. Fingió señalar una cámara oculta al otro lado de la barra. Me reí entre dientes. — Esa fue mi reacción inicial también, jaja… Pero no. El señor Gordon va muy, muy en serio. Incluso me ha amenazado con mi puesto de trabajo en el Lakehome Group si no cumplo el compromiso.—Mi voz bajó un poco, algo innecesario en realidad ya que la música del bar estaba demasiado alta—. Incluso insinuó que si no me caso con él, podrían matarnos. Observé cómo mi amiga pasaba de la incredulidad y la diversión al horror más absoluto en un par de respiraciones. Su rostro palideció. —Dios mío…—, murmuró al darse cuenta—. ¡Dios mío!—. Buscó su vaso y bebió un buen trago de alcohol. Un momento después, por fin habló.—¡No puede casarte con cualquiera!—, protestó Mira. Los pensamientos por fin le llegaban a la boca como le había pasado conmigo—. Especialmente ¡con una familia del crimen! ¿Y si tienes hijos? ¿Les vas a meter droga en la fiambrera? ¿Y si se aburre de ti y te mata?. Me estremecí. Ni siquiera había pensado más allá de la posible boda. Me imaginaba con un vestido de novia kitsch de los años ochenta; mi estilista interior claramente me odiaba. Llevaría un velo disimulado, llorando en secreto, pseudo estoicamente junto al mafioso Marcus, que en mi mente se parecía a John Cazale como Fredo Corleone. Porque, ¿por qué iba a tener la suerte de que me tocara el doble de Pacino? No había pensado en ello después de la boda. No había pensado en la noche de bodas ni en lo que Marcus me exigiría, y Dios me libre, ni siquiera había pensado en los hijos. Empecé a reírme, casi histérica y Mira, preocupada por mi bienestar mental, sacó su teléfono y me hizo señas para que mirara la pantalla. —¿Tal vez sea uno de los buenos que quieren dejar la vida criminal? Busquémoslo en Google—, dijo. —Vale—, acepté, cogiendo mi vaso y, para mi decepción, encontrándolo vacío. Dudaba mucho que Marcus fuera un buen tipo, especialmente después de haber accedido a cambiar dinero por un ser humano que no estaba disponible y mucho menos por una novia. —Muy bien, allá vamos—, Mira respiró hondo como si se dispusiera a sumergirse y tecleó el nombre de Marcus en el cuadro de búsqueda. La imagen que apareció no me recordó ni a Al Pacino ni a John Cazale, sino a una versión fea, malvada, más alta y más joven de Louie De Palma. Me recorrieron escalofríos. ¿Esta era la persona que mi padre pensaba que iba a ser un buen marido para mí? No prestaría mucha atención a la apariencia si la personalidad lo compensaba, pero había algo en los ojos de Marcus que me hacía creer que era extremadamente malo. Mira seguía en silencio sumergida en los resultados del buscador. —¿Ves algo bueno?—, le pregunté. —De todo menos bueno—, dijo, con cara de preocupación. —¿Qué quieres decir?—. Volvió a girar el teléfono y leí la pantalla. —El asesino, catalizador de más de cuarenta asesinatos, en libertad—, leí el titular en voz alta, con los ojos abiertos de par en par antes de continuar—. Moretti, el Rey de la droga, detenido en Venezuela tras trece años de huida. Moretti se fuga de la cárcel en Panamá junto a otros dos. Jesucristo, Mira. ¿Todo esto es sobre él?. —No. Miembros de su familia, según parece—, y volvió a sus rápidas habilidades de búsqueda—. Todos ellos parecen tener vínculos con Chicago. Creo que son primos… No, espera… Sí. Primos, tíos y un hermano. Su padre Alfredo ha sido juzgado y salió absuelto, pero el propio Marcus ha evitado implicarse en nada hasta ahora.— Mira me miró fijamente y se le fue el color de la cara—. Jane, este hombre es peligroso.
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