La Caída De Los Traidores

2007 Words
El salón de ceremonias, un santuario opulento de mármol pulido que reflejaba la luz como un espejo cruel y flores blancas que exhalaban un perfume dulzón y empalagoso, vibraba con una expectación eléctrica que se podía saborear en el aire cargado de colonia cara y susurros discretos. Los invitados, la élite reluciente de España –empresarios con relojes que costaban fortunas, socialités con joyas que destellaban como estrellas falsas–, esperaban la entrada de la novia con copas de champán en mano, sus rostros una mezcla de envidia velada y curiosidad insaciable, el burbujeo de las burbujas un contrapunto frágil a la tensión que se acumulaba como nubes de tormenta. La orquesta, apostada en su atril de caoba reluciente, sostenía la tensión en el aire con un silencio expectante, las cuerdas de los violines listas para estallar en la marcha nupcial tradicional, pero aún conteniéndose como un depredador al acecho, el aroma a madera pulida y cuerdas tensas flotando sutilmente. La única figura en el altar elevado era Stiven, impecable en su traje n***o a medida que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, con una sonrisa de confianza depredadora que apenas ocultaba el tic nervioso en su mandíbula y la impaciencia que le hacía tamborilear los dedos contra el micrófono dorado, un sudor sutil perlándole la frente bajo las luces calientes. A su lado, Claudia, la prima "adorada" con su vestido de dama de honor en seda verde esmeralda que contrastaba con su piel pálida, se removía incómoda en su asiento, su sonrisa una máscara frágil de nerviosismo que dejaba entrever el brillo de sudor en su frente, como si un presentimiento oscuro –un cosquilleo en la nuca que no podía nombrar– le arañara el estómago, sus uñas clavándose en la palma de las manos en un intento vano de anclarse. En una sala contigua, separada por puertas dobles de roble tallado que amortiguaban los murmullos del salón principal como un velo espeso, ajena a la farsa grotesca que se desarrollaba como un teatro de sombras, Luciana se quitaba con calma deliberada el velo de encaje fino, sus dedos moviéndose con la precisión de quien desarma una bomba, el tejido susurrando contra su piel como un secreto liberado. El vestido de novia, un monumento a la pureza con su falda de tul vaporoso y perlas cosidas que capturaban la luz tenue de la habitación, se sentía ahora como una jaula de seda y mentiras, un recordatorio sofocante de la vida que casi le roban, su peso tirando de sus hombros como cadenas invisibles. Sin embargo, no había prisa en sus movimientos, ni el aleteo de nervios que afligía a las novias comunes; la calma de Luciana era la de un cazador experimentado que se prepara para el golpe final, su corazón latiendo con un ritmo constante y letal, alimentado por meses de rabia contenida y noches en vela planeando cada detalle, un fuego interno que le calentaba las venas y ahuyentaba el frío del mármol bajo sus pies. A través de las pantallas de un monitor portátil montado en un trípode discreto, observaba con ojos entrecerrados la impaciencia creciente de los invitados –rostros que se volvían hacia las puertas con cejas arqueadas, copas suspendidas a medio camino de los labios–, la inquietud que empezaba a agrietar el rostro de Stiven como una máscara de porcelana a punto de romperse, sus ojos escaneando el salón con un parpadeo demasiado rápido, y el pánico sutil que asomaba en la mirada de Claudia, sus pupilas dilatadas reflejando el terror de quien intuye la trampa cerrándose alrededor de su cuello como una soga invisible. A su lado, Nadia le sonrió con una ferocidad cómplice, su lealtad brillando en sus ojos oscuros como un faro en la tormenta, las manos apretadas en puños de solidaridad inquebrantable, el aroma de su perfume cítrico un recordatorio de batallas pasadas ganadas juntas. —Ya es hora —susurró Nadia, su voz un hilo de acero envuelto en terciopelo, mientras ajustaba el cuello de su propio traje sastre n***o, lista para el caos que vendría, un cosquilleo de anticipación erizándole los brazos. Luciana asintió con lentitud felina, un cosquilleo de anticipación recorriéndole la espina dorsal como electricidad estática, y se puso de pie con gracia fluida, su traje de pantalón marfil –elegido no por moda, sino por su corte afilado que le permitía moverse como un arma– sintiéndose ahora como una armadura forjada en venganza, el tejido rozando su piel con un susurro de promesa. Su voz, tranquila y serena como el centro de un huracán, resonó por la habitación pequeña, impregnada del aroma a jazmín de su perfume y el leve olor a ozono de los monitores: —Adelante. Que empiece el espectáculo. En el salón principal, donde el aire se había espesado con el calor de cientos de cuerpos y el leve aroma metálico de la anticipación, el maestro de ceremonias –un hombre canoso con frac impecable y bigote recortado– se aclaró la garganta con un carraspeo amplificado que cortó el murmullo como un cuchillo, listo para anunciar la entrada de la novia con las palabras ensayadas que harían eco en los corazones románticos, su mano alzada en un gesto teatral. Pero antes de que pudiera articular una sola sílaba, las grandes pantallas de plasma que adornaban las paredes del salón –colocadas para proyectar recuerdos idílicos de la pareja, con marcos dorados que ahora parecían burlas– cobraron vida con un zumbido traicionero que hizo que las cabezas se giraran, no con la esperada marcha nupcial de Wagner que flotaba en el aire como una promesa rota, sino con un video crudo e implacable que cortó el silencio como un cuchillo afilado, las imágenes llenando el espacio con una claridad brutal. Al principio, era una escena íntima y sórdida, grabada en una habitación de hotel con luces tenues y sábanas revueltas que olían a traición incluso a través de la pantalla, el enfoque granulado capturando cada detalle con impiedad. La imagen, cruda y sin filtro alguno, mostraba a Claudia y Stiven entrelazados en un acto de pasión falsa, sus cuerpos moviéndose con urgencia animal en la cama king size, piel contra piel en un baile de sombras y gemidos. La risa de Claudia era seductora y gutural, un sonido que ahora resonaba hueco en el salón como un eco de infierno, mientras los gemidos de Stiven se mezclaban con su nombre –"¡Claudia, sí!"– en un eco obsceno que amplificaban los altavoces ocultos, haciendo que el aire vibrara con su crudeza. El silencio en el salón era absoluto, un vacío sepulcral roto solo por esos sonidos amplificados e invasivos, que se clavaban en los oídos de los invitados como astillas calientes. Los rostros de la élite se congelaron en una sinfonía de horror y fascinación morbosa: madres tapándose la boca con guantes de perla, maridos intercambiando miradas de juicio silencioso con cejas arqueadas, y un murmullo bajo empezando a serpentear como humo entre las mesas, el champán olvidado derramándose en charcos dorados. Stiven, con el rostro pálido como cera derretida y los ojos llenos de un pánico salvaje que le hacía temblar las manos hasta los huesos, se lanzó hacia el altar en un intento desesperado de detener el video, sus zapatos repiqueteando contra el mármol como disparos fallidos, el sudor brotando en ríos por su espalda, pero no había manera de apagar la verdad que ardía en las pantallas; los controles estaban en otra sala, lejos de su alcance traidor, sus dedos arañando el aire en vano. Claudia se quedó paralizada en su asiento, su rostro descompuesto en una mueca de incredulidad y vergüenza que le enrojecía las mejillas como fuego, las manos crispadas en el dobladillo de su vestido como si quisiera desaparecer en él, un gemido ahogado escapando de sus labios pintados. La humillación pública no había hecho más que empezar, un veneno que se extendía por sus venas y por el salón entero, envenenando la atmósfera con un hedor a escándalo inminente que hacía que el perfume de las flores se volviera rancio. El video cambió bruscamente con un corte digital afilado que hizo jadear a la multitud, mostrando ahora una conversación grabada con una cámara oculta en lo que parecía ser la oficina de Stiven –un espacio minimalista con vistas a la ciudad nocturna y el olor imaginario a café rancio y ambición podrida, papeles esparcidos como confeti de traición. Sus voces, claras y sin adulterar, resonaron en el salón como veredictos de un tribunal invisible, cada palabra un clavo en el ataúd de su reputación, el eco rebotando en las altas bóvedas. —Luciana es un obstáculo que debemos eliminar —decía la voz de Claudia, fría y calculadora, con un matiz de excitación sádica que hacía que su acento se enredara en las sílabas como espinas—. Un "accidente" después de la luna de miel sería lo más conveniente, limpio y definitivo, sin huellas que nos persigan. —¿Estás segura de que puedes hacerlo? —preguntaba la voz de Stiven, con un tono más de curiosidad intrigada que de preocupación genuina, como si discutiera un trato de negocios en lugar de un asesinato, su risa baja un contrapunto nauseabundo. —Por supuesto —respondía Claudia con una sonrisa helada que se curvaba en la pantalla, sus ojos brillando con malicia calculada, el gesto de su mano un gesto casual que ahora parecía un garrote—. Un pequeño empujón en el lugar adecuado... un balcón resbaladizo, un acantilado traicionero, lo que sea... y adiós, Luciana. Su fortuna será nuestra, heredada sin manchas ni testigos molestos que nos cuestionen. El silencio que cayó sobre el salón fue más pesado que el plomo fundido, un manto asfixiante que aplastaba los pechos de todos los presentes, el aire cargado de un zumbido colectivo de incredulidad. La incredulidad inicial se transformó en un horror puro y visceral, un escalofrío colectivo que erizaba la piel bajo trajes de diseñador y hacía que las copas temblaran en manos temblorosas. Los invitados miraban a Claudia y Stiven con repulsión abierta, dándose cuenta de la magnitud de su traición –no solo infidelidad carnal, sino un complot mortal tejido en sombras–, y la oscuridad insondable de sus intenciones, que manchaba el aire como humo n***o y hacía que el mármol pareciera más frío bajo los pies. En ese momento preciso, cuando el salón parecía a punto de implosionar bajo el peso de la revelación, el horror colgando como una guillotina invisible, la voz de Luciana resonó por los altavoces con una claridad glacial, fría y llena de una determinación forjada en el fuego de la traición, cortando el caos como una espada afilada que divide la noche: —Espero que hayan disfrutado del espectáculo. La función ha terminado. Esta boda no solo se cancela, sino que también marca el final de sus vidas tal como las conocían. Se van a arrepentir de haberse metido con una Volkov. Las pantallas se apagaron con un chasquido final que resonó como un portazo en el alma del salón, dejando el espacio sumido en un silencio denso y opresivo, roto solo por el tintineo nervioso de una copa que caía al suelo y se hacía añicos contra el mármol, fragmentos brillando como lágrimas derramadas. La "boda del año", ese circo de lujo y falsas promesas que había atraído flashes y aplausos, se había convertido en el epicentro de un escándalo inolvidable, un huracán social que arrasaría reputaciones y alianzas como hojas en el viento. El futuro para Claudia y Stiven, ahora expuestos ante toda su sociedad como serpientes en el paraíso, se vislumbraba sombrío y despiadado, marcado por el repudio unánime que ya empezaba a filtrarse en murmullos furiosos, el destierro social que los aislaría como leprosos, y, muy probablemente, por las consecuencias inexorables de su conspiración criminal, que ya empezaban a tejer redes de justicia en las sombras, con abogados y autoridades acechando en el horizonte.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD