Adriel Brom

2390 Words
El peso de mi título era tan tangible como la madera áspera y fría de mi escritorio, marcada por años de decisiones que habían tallado surcos profundos en su superficie, al igual que en mi alma hastiada. En mi oficina, un sanctuario de piedra antigua iluminado por la luz mortecina de una lámpara de aceite que proyectaba sombras alargadas en las paredes tapizadas de mapas olvidados, el silencio era mi único compañero fiel, un vacío opresivo interrumpido solo por mis propios pensamientos que giraban en un ciclo interminable de desesperación y anhelo reprimido, como un lobo encadenado arañando las barras de su jaula. Han pasado quinientos años desde que sentí el primer ardor de la transformación, un fuego abrasador que me recorrió las venas como lava derretida, consumiendo cada fibra de mi ser humano hasta dejar solo el eco de Asher, desde que mi lobo se alzó por primera vez dentro de mí con un rugido primal que aún resuena en mis huesos como un trueno lejano. Quinientos años de soledad absoluta, de una espera que se ha convertido en una maldición eterna, un yugo que me arrastra hacia la oscuridad con cada luna que se alza indiferente en el cielo. Recorrí continentes enteros bajo cielos indiferentes y tormentosos, crucé manadas hostiles donde el aire olía a sangre fresca y lealtad frágil como cristal, y me enfrenté a innumerables desafíos que probaron mi fuerza hasta el límite –duelos sangrientos, traiciones susurradas, tormentas que azotaban las montañas–, pero en ninguno de esos lugares remotos y salvajes encontré a mi alma gemela, ese vínculo que la diosa prometió como ancla en la tormenta. Y el tiempo, ese traidor implacable que devora incluso a los inmortales, se estaba agotando como arena en un reloj roto, dejando solo el polvo de esperanzas desvanecidas. Soy Adriel Brom, Alfa Supremo y líder indiscutible de la Manada Luna Sangrienta, un título que cargo como una corona de espinas forjada en plata lunar. La apariencia de mis 28 años humanos es una farsa cruel, un velo ilusorio que oculta la verdad brutal; mi alma está teñida con la sabiduría acumulada de batallas olvidadas en anales polvorientos y la fatiga hastiada de casi cinco siglos de vigilia eterna, donde cada amanecer trae un poco menos de fuego al corazón. El recuerdo de mi padre, un fantasma espectral que me persigue en las sombras de la noche y en los sueños febriles, es la razón principal por la que he rechazado con vehemencia la idea de buscar una humana como compañera, un lazo que podría condenar a otra alma a la agonía que él sufrió. Él se emparejó con una mortal, mi madre, en un acto de amor desafiante que rompió todas las leyes ancestrales tejidas por la diosa. Cuando me engendró, el ritual de emparejamiento le exigió compartir sus poderes divinos en un flujo de energía que la dejó temblando, y ella se debilitó progresivamente, como una flor marchita bajo un sol implacable que roba el color pétalo a pétalo. Cuando ella dio a luz, su fuerza vital fluyó hacia mí en un torrente agonizante, un regalo maldito que me salvó pero la condenó a una existencia frágil como cristal agrietado. Luego, la guerra con los vampiros, esa carnicería interminable de colmillos afilados y garras que rasgaban la noche bajo lunas teñidas de rojo sangre, se llevó lo poco que le quedaba de vida, dejando su cuerpo como un cascarón vacío y hueco. Mi padre, roto por la pérdida irreparable que le devoró el espíritu, se dejó morir en las profundidades del bosque ancestral, su aullido final un eco de agonía que aún me despierta en sudores fríos, el viento susurrando su nombre entre las hojas. No permitiré que esa historia trágica se repita en mi linaje; juré sobre las estrellas testigos que no sacrificaría a nadie por mi debilidad egoísta, que no mancharía mi legado con más tumbas prematuras. Pero mi madre –no la mortal frágil, sino la Gran Madre Luna, la diosa que teje destinos con hilos de plata y sombras–, es quien decide el tapiz final de nuestras vidas, y si mi sino está entrelazado con una humana en este vasto tapiz, juro por mis poderes ancestrales que la encontraré en los confines del mundo, la protegeré con ferocidad inquebrantable contra tormentas y enemigos, y la amaré con una pasión que eclipse las sombras de mi pasado, un fuego que queme las cadenas de mi soledad. Un golpe seco en la puerta de roble macizo, reforzada con hierro forjado que crujió como un lamento, interrumpió la tormenta furiosa en mi mente, como un trueno que rasga el velo de la reflexión y obliga a la realidad a irrumpir. —Adelante —rugí, mi voz un eco grave y resonante que vibró en las paredes de piedra, haciendo que las antorchas parpadearan en sus soportes como si temieran mi ira contenida. Mi beta, Dewey, entró con el rostro pálido como la luna menguante en su fase más oscura y los ojos llenos de una preocupación sombría que me heló la sangre en las venas, su aroma familiar –una mezcla de tierra húmeda después de la lluvia y lealtad inquebrantable como raíces antiguas– no pudo disipar la tensión que flotaba en el aire como niebla espesa. —¿Qué pasa, Dewey? No me digas que traes más malas noticias —pregunté, enderezándome en mi asiento de cuero agrietado por el tiempo, sintiendo cómo Asher se removía inquieto en mi interior, un gruñido bajo reverberando en mi pecho. —Me temo que sí, Alfa —su voz era grave, un murmullo ronco cargado de gravedad que se hundía en el estómago como plomo, sus hombros encorvados bajo el peso invisible de lo que había visto—. Las murallas ancestrales se están desmoronando como castillos de arena ante la marea inexorable, los árboles sagrados se marchitan con hojas que caen como lágrimas negras en el viento, y la manada está inquieta, un hervidero de susurros desconfiados y miradas que evitan las tuyas. El consejo exige una audiencia inmediata, sus mensajeros jadeando con urgencia. La situación es crítica, más de lo que hemos visto en décadas, como si la tierra misma rechazara nuestra presencia. Asentí con lentitud deliberada, el peso de sus palabras asentándose como plomo en mi pecho, un recordatorio punzante de cómo el mundo se contraía alrededor de mí. —De acuerdo. Diles que los veré en veinte minutos. Prepara el salón y asegúrate de que los guardias estén alerta. El aire en el salón del consejo era denso y frío como el aliento de un invierno eterno que se filtra por las grietas de las altas bóvedas, cargado con el olor acre del miedo rancio –sudor amargo y pelaje erizado– y la ambición voraz que serpenteaba entre los presentes como humo de un fuego oculto. Los consejeros me esperaban sentados en sus tronos de roble tallado con símbolos lunares que ahora parecían burlas, sus rostros severos como máscaras de piedra antigua grabadas por el tiempo, las capas de sus túnicas susurrando con cada movimiento tenso. No se levantaron para recibirme, un gesto deliberado de desafío que cortaba más profundo que cualquier garra enemiga, sus ojos fijos en mí con un cálculo frío que avivaba las brasas de mi furia. La falta de respeto era un puñal que me clavaban en la espalda, un recordatorio punzante de las grietas en mi autoridad que el tiempo había erosionado. —¿A qué se debe esta audiencia no solicitada? —pregunté, mi voz un gruñido bajo y resonante que reverberó en las altas bóvedas del salón, haciendo que las antorchas parpadearan con violencia y proyectaran sombras danzantes como lobos en acecho. Un consejero anciano, con el cabello plateado como escarcha bajo la luna y una voz astuta que destilaba veneno sutil en cada sílaba, tomó la palabra primero, sus ojos brillando con cálculo frío mientras se inclinaba hacia adelante, las manos entrelazadas como garras. —Alfa, hemos viajado a la manada del sur, a través de valles brumosos y ríos turbulentos que rugen como bestias enfurecidas, y hemos escogido a la hija del Alfa Demon, la loba Clarisa. Es la más fuerte entre las nuestras, una guerrera forjada en fuego y acero, con garras que han derramado sangre en duelos legendarios. Puede hacer el ritual de emparejamiento con usted y engendrar al próximo heredero, uno que herede su linaje puro y vigoroso. La manada volverá a ser la más fructífera, rebosante de cachorros fuertes y leales, y no dependeremos más de sus inferiores, de alianzas débiles que nos atan a la mediocridad y nos exponen a la ruina. El descaro de sus palabras me dejó sin aliento por un instante, como si el aire mismo se hubiera solidificado en mi garganta, un nudo de incredulidad y rabia que Asher respondía con un aullido interno. —¿Quiénes se creen que son para venir a exigirme a mí, su rey? ¿Cómo osan faltarme el respeto de esta manera, cuestionando el vínculo sagrado que la diosa ha tejido con sus propias manos? —Mi voz se elevó, un torrente de furia contenida que hizo temblar las copas de vino sobre la mesa central—. Seguiré las costumbres de los ancestros, grabadas en piedra y sangre bajo lunas testigos, y solo me emparejaré con la compañera que la Gran Madre Luna ha escogido para mí, no con vuestras marionetas políticas ni vuestros cálculos mezquinos. —Alfa, usted se debilita día a día —insistió el anciano, su tono un susurro conspirador que avivó las brasas de mi rabia hasta convertirlas en llamas rugientes—. Utiliza sus poderes sin su otra mitad, y no podrá resistir mucho tiempo más; su fuerza se desvanece como niebla al amanecer, dejando solo ecos de gloria pasada. Los vampiros volverán, con sus hordas de colmillos sedientos y sombras eternas, y con usted debilitado, no podremos ganar; las murallas caerán, la sangre teñirá la tierra. Todo lo que su padre y usted han construido –esta manada, este legado– se desmoronará como cenizas en el viento. —Los otros alfas exigen una respuesta —continuó el consejero, con una audacia que me hizo hervir la sangre en las venas, un calor que Asher canalizaba en un rugido sordo—. Exigen que se case con la señorita Clarisa, sellando la alianza con ritos antiguos. De no ser así, el Alfa Demon lo retará a un duelo por el mando de todas las manadas, un combate bajo la luna llena donde solo uno saldrá vivo. Mis nudillos se volvieron blancos como hueso, mis manos se cerraron en puños tan apretados que las uñas se clavaron en las palmas, dibujando medias lunas de sangre. La furia de Asher, mi lobo, rugió dentro de mí con una ferocidad que hacía vibrar el aire, un torrente de instinto primal que pedía garras y colmillos. —¡Dewey, llama a los guardias! —bramé, mi voz un trueno que hizo que los consejeros se encorvaran en sus asientos—. Que se lleven a este maldito traidor y lo encierren en el calabozo profundo, donde las ratas le susurren sus traiciones. Y a aquel que siquiera se atreva a pensar en retarme, me tendrá en su camino, con toda mi furia desatada. Ningún otro Alfa es más fuerte que yo; mi sangre hierve con el poder de siglos. Yo no soy mi padre, frágil en su amor. Yo soy Adriel Brom, el Rey Supremo de los licántropos, escogido por la misma Diosa Luna en su capricho eterno. Si ya han terminado con sus estupideces cobardes, es mejor que salgan de mi vista antes de que mi paciencia se quiebre. ¡Retírense! Los consejeros se encogieron como lobos apaleados, sus rostros llenos de pánico puro que les hacía palidecer aún más, las túnicas susurrando en su huida apresurada hacia las puertas. Dewey se me acercó con pasos medidos, su mirada un reflejo de mi propia furia contenida, pero teñida de una preocupación leal que suavizaba los bordes afilados. —Adriel, esta vez debes escucharme —murmuró, su voz baja para no avivar las brasas, una mano posándose en mi hombro como un ancla—. Viajemos a la ciudad humana, a esos laberintos de acero y luces. Busca a tu Luna, el vínculo que la diosa te reserva. Los has callado hoy, con tu rugido que aún resuena en las paredes, pero no por mucho tiempo. Saben que estás débil, que el vacío te roe por dentro, y podrían acabar contigo en una emboscada, tejiendo alianzas en las sombras. —¿También tú me traicionas? —gruñí, girándome hacia él con los ojos entrecerrados, Asher asomando en el dorado de mis iris. —Nunca —respondió de inmediato, su voz llena de dolor genuino que le quebraba el timbre, retrocediendo un paso pero sin bajar la mirada—. He jurado lealtad a la familia alfa, a ti y a tu linaje, con sangre en la luna llena. Moriría antes de traicionarte, lo sabes. Pero, por una vez, escucha a tu beta, a tu hermano de manada. Es hora de buscar en otro lado, más allá de nuestras fronteras polvorientas. Maldición. La verdad de sus palabras era una espina afilada que se clavaba en mi orgullo, un recordatorio amargo de que incluso los reyes necesitan aliados, no solo súbditos. El salón parecía más vacío ahora, el eco de sus pasos desvaneciéndose en el pasillo. —Está bien, Dewey. Partiremos mañana por la mañana, al alba cuando la luna se despida —concedí, el peso aliviándose un poco de mis hombros, aunque Asher gruñía en desacuerdo. Dewey sonrió, aliviado como un río que encuentra su cauce, la tensión disipándose de sus facciones. —Me soportas porque soy el beta más fuerte y tu mejor amigo —dijo, su tono de broma ligera aligerando el ambiente pesado como un rayo de sol en la tormenta, un guiño cómplice que recordaba noches de cacerías compartidas—. Haré los arreglos con los guardias para que vigilen hasta que volvamos, con ojos de halcón y garras listas. —Entendido, Alfa —asentí, permitiendo que una sonrisa fantasma curvara mis labios por primera vez ese día, el lazo de hermandad un bálsamo en la herida abierta.
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