UN LAZO INQUEBRANTABLE

1910 Words
El aeropuerto de Madrid bullía con el caos impersonal de la madrugada, un infierno urbano donde las luces fluorescentes parpadeaban como estrellas frías e indiferentes, bañando todo en un resplandor blanquecino que hacía que las sombras parecieran más profundas, y el murmullo constante de la gente –conversaciones entrecortadas, ruedas de maletas rodando como truenos lejanos, anuncios en altavoces que resonaban con acentos neutros– formaba un tapiz sonoro que se colaba en los huesos como un zumbido incansable. El aire estaba cargado de un aroma mezclado: café rancio de las máquinas expendedoras, perfumes dulzones de viajeros apresurados y ese olor metálico peculiar de los aeropuertos, un recordatorio de transiciones y despedidas. Nadia se encontraba de pie en la fila serpenteante del check-in, con su cabello revuelto en mechones rebeldes que escapaban de una coleta improvisada y una "mala cara" que delataba su odio visceral por la mañana –ojos entrecerrados contra la luz, labios fruncidos en un puchero que gritaba "por qué tan temprano"–, los hombros encorvados bajo el peso de su mochila y el jet lag anticipado. A su lado, Luciana, con unas gafas de sol oversized que ocultaban el leve rastro de ojeras del drama reciente y una sonrisa tranquila que se curvaba en sus labios como un secreto compartido, parecía ajena a la incomodidad de su amiga, su postura erguida un escudo contra el bullicio, el aroma sutil de su loción de lavanda un bálsamo en medio del ajetreo. Nadia resopló con fuerza, un sonido que se perdió en el ruido ambiental, cruzando los brazos sobre el pecho mientras cambiaba el peso de un pie al otro, sintiendo el linóleo pegajoso bajo sus zapatillas. —¿Por qué tenías que escoger un vuelo tan temprano, Luciana? —preguntó, su voz un gruñido somnoliento teñido de queja juguetona—. Sabes que odio madrugar, que soy un vampiro diurno perdido en el turno de noche. Podríamos haber tomado el de la tarde y desayunar como reinas en lugar de sorber este café de cartón. Luciana se quitó las gafas de sol con un movimiento lento y deliberado, dejando que la luz cruda del aeropuerto iluminara sus ojos, ahora claros y serenos, libres del velo de duda que había nublado su mirada semanas atrás. La miró directamente, y en su mirada no había burla ni condescendencia, sino un arrepentimiento genuino que se filtraba como luz suave a través de nubes, un peso que Luciana había cargado en silencio desde el escándalo, un eco de la ceguera que casi le cuesta todo. —Nadia, antes de que te quejes de algo más –del café, de la fila interminable o de cómo este lugar huele a calcetines viejos–, quiero pedirte perdón —dijo, su voz baja pero firme, un hilo de vulnerabilidad que cortaba el caos como un cuchillo afilado. Nadia la miró, sorprendida por el cambio repentino en el tono de su voz –de la ligereza cotidiana a una profundidad que hacía que el aeropuerto pareciera desvanecerse a su alrededor–, sus cejas arqueándose en una mezcla de curiosidad y alarma protectora, el corazón acelerándose un latido ante el eco de viejos dolores. —¿Perdón? ¿Por qué? —preguntó, inclinándose ligeramente hacia adelante, su "mala cara" disipándose como niebla al sol. —Por no haberte creído —confesó Luciana, las palabras saliendo como un suspiro liberador, su mente retrocediendo por un instante a aquellas conversaciones tensas en el apartamento, donde las advertencias de Nadia habían rebotado contra su muro de negación—. Cuando me decías que Stiven y Claudia eran unas ratas, serpientes disfrazadas de familia y amor, no quise escucharte. Estaba tan ciega por el "amor" –ese velo rosado que me tapaba los ojos–, que no vi lo que estaba delante de mis ojos, machacándome el corazón paso a paso. Tú lo viste todo, y yo... yo te aparté como a una loca. Nadia la abrazó de inmediato, un gesto impulsivo que ignoraba la fila y las miradas curiosas de los viajeros cercanos, sus brazos envolviendo a Luciana con la fuerza de años de amistad forjada en confidencias y copas de vino compartidas, el calor de su cuerpo un ancla contra el frío impersonal del aeropuerto. Conmovida por la sinceridad cruda de su amiga –esa honestidad que siempre había sido el pegamento de su lazo–, sintió un nudo en la garganta, lágrimas picando en sus ojos que se negó a dejar caer. —Tranquila, amiga —murmuró contra su cabello, inhalando el familiar aroma a lavanda que siempre asociaba con seguridad—. No te preocupes por eso, de verdad. Te quiero, Luci, con todos tus errores y tus ciegas locas. Y no te iba a dejar sola en ese pozo, ni aunque me hubieras mandado a volar mil veces. Por eso contraté a un investigador privado, ese tipo discreto con ojos de halcón que olía a tabaco y secretos. Los ojos de Luciana se abrieron de par en par, un destello de sorpresa genuina iluminando su rostro como un rayo de sol inesperado, el peso del perdón aligerándose un poco más en su pecho mientras procesaba el gesto –no solo lealtad, sino acción, un escudo invisible que Nadia había levantado en las sombras. —¿Y me contrataste un investigador privado? —preguntó, su voz un susurro incrédulo, las manos aún aferradas a los brazos de Nadia, sintiendo el pulso acelerado de su amiga como un eco del suyo propio. —Por supuesto que sí, amiga —afirmó Nadia, separándose lo justo para mirarla a los ojos, una sonrisa orgullosa curvando sus labios a pesar del cansancio matutino—. Lo hice porque sabía que si no lo hacía, no me hubieses creído; tus oídos estaban tapados con algodón romántico. Necesitaba pruebas tangibles, videos nítidos y grabaciones que no dejaran dudas, algo que te golpeara como un tren y te sacara de esa niebla. Porque te mereces la verdad, aunque duela como el demonio. Luciana le devolvió el abrazo con más fuerza, un lazo que se tensaba como raíces entrelazadas bajo la tierra, su corazón sintiéndose más ligero que nunca, como si el lastre de la traición se disipara en el aire viciado del aeropuerto. Su amiga la había protegido incluso cuando ella no se daba cuenta, tejiendo redes de seguridad en la oscuridad mientras Luciana bailaba al borde del abismo. Nadia siempre había estado ahí para ella –en resacas emocionales, en noches de llanto, en victorias robadas–, un faro inquebrantable en la tormenta. —Tienes razón, Nadia —admitió, su voz temblando ligeramente con gratitud profunda, separándose para enjugarse una lágrima traicionera con el pulgar—. Y no sé qué hubiera hecho si no estuvieras a mi lado, si no hubieras sido mi ancla cuando yo era un barco a la deriva. Eres más que una amiga; eres mi salvavidas. Nadia se separó de ella con gentileza, con la curiosidad reemplazando a la amargura que había teñido sus facciones momentos antes, un brillo pícaro asomando en sus ojos mientras la fila avanzaba un paso, el anuncio de un vuelo retumbando en el fondo como un recordatorio de que el mundo seguía girando. —Hablando de eso —dijo, inclinando la cabeza con un guiño conspirador—, ¿no has sabido nada de los dos "cucarachos"? ¿Algún zumbido molesto en tu teléfono, o ya se arrastran de vuelta a su cloaca? Luciana volvió a ponerse sus gafas de sol con un movimiento fluido, un velo protector que restauraba su compostura, su rostro volviéndose inexpresivo como una máscara de mármol, como si Claudia y Stiven fueran solo un recuerdo lejano y polvoriento, ecos de un capítulo cerrado con llave de hierro. El mero pensamiento de ellos ahora le provocaba un escalofrío de indiferencia, no de dolor. —Tengo miles de mensajes de Claudia en mi teléfono —dijo Luciana, con un tono helado y distante que cortaba como viento ártico, su voz plana como si recitara un parte meteorológico—. Reclamándome por qué la saqué a patadas de la casa y de la empresa, chillando como una banshee herida. Pidiéndome una "oportunidad para hablar", como si tuviera derecho a mi voz después de todo. Nadia sonrió con malicia pura, un destello depredador en sus ojos que recordaba al día del escándalo, el placer vengativo aún fresco como una herida cicatrizada. —Y, ¿qué vas a hacer? —preguntó, su voz un ronroneo de complicidad, imaginando ya las respuestas ingeniosas que Luciana podría soltar. Luciana se encogió de hombros con una indiferencia estudiada, un gesto casual que ocultaba el triunfo interno de haber cortado esos lazos tóxicos, sintiendo el teléfono vibrar en su bolsillo como un insecto inofensivo. —Ignorarla —respondió, simple y rotundo, como si descartara una factura olvidada—. Como si nunca hubiera existido, un fantasma que se disipa con el amanecer. Bloqueada, borrada, fuera de mi radar para siempre. Luciana, con una sonrisa genuina ahora floreciendo en su rostro como una flor después de la lluvia –libre, radiante, teñida de la libertad recién ganada–, sacó los billetes de avión del bolsillo interior de su chaqueta, el papel crujiendo con promesa mientras se los mostraba a Nadia, el destino impreso en letras nítidas bajo la luz implacable. La cara de Nadia se iluminó por completo cuando vio el destino, un cambio instantáneo de la somnolencia a una euforia que le hacía brillar los ojos, el cansancio evaporándose como rocío matutino. —¡No puedo creerlo! —gritó Nadia, con una voz llena de emoción desbordante que atrajo miradas curiosas de la fila, saltando en su sitio como una niña en Navidad, las manos aplaudiendo con un chasquido—. ¡Londres! ¡La ciudad de los sueños grises y las aventuras locas! Luciana se rio, contagiada por la alegría contagiosa de su amiga, un sonido burbujeante que aliviaba el último resto de tensión en su pecho, el eco de su risa mezclándose con el bullicio del aeropuerto como una nota alegre en una sinfonía caótica. —Lo sé —dijo, guardando los billetes con cuidado, su mente ya volando sobre nubes y océanos hacia calles empedradas y pubs ahumados—. Y por eso te lo he guardado para el final, como un as bajo la manga. Sé que es tu lugar favorito del mundo –con sus nieblas misteriosas y sus historias en cada esquina–, y quiero que disfrutes estas vacaciones como nadie, sin sombras del pasado, solo nosotras y el mapa en blanco. Las dos amigas caminaron hacia la puerta de embarque con pasos sincronizados, con una sonrisa en sus rostros que desafiaba el agotamiento y el caos, el brazo de Nadia enlazado al de Luciana como un juramento silencioso. El pasado –con sus traiciones afiladas y sus heridas frescas– se había quedado atrás en las pistas de aterrizaje, un equipaje que no facturaban más. Un nuevo futuro se abría ante ellas como un libro virgen, lleno de páginas por escribir. Londres las esperaba, con sus torres antiguas y sus secretos enterrados, un mundo lleno de nuevas aventuras –cafés escondidos, paseos bajo la lluvia, risas hasta el amanecer– y un destino que las conectaría con un universo del que no conocían su existencia, un tapiz de sombras y aullidos que se entretejía en silencio bajo la superficie del asfalto.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD