Ecos Del Destino

2487 Words
La noche se cernía sobre el bosque como un manto de oscuridad aterciopelada, salpicado por la luz plateada de una luna creciente que filtraba rayos oblicuos a través de las copas entrelazadas de los pinos ancestrales, proyectando sombras alargadas que danzaban como espíritus inquietos en el suelo cubierto de hojas húmedas. El motor del auto de Dewey rugía con un sonido metálico y gutural que resonaba como un intruso profano en la quietud sagrada de la naturaleza, un eco que se perdía en la bruma espesa que se enredaba alrededor del vehículo como dedos fantasmales. Era el único ruido que se oía desde que cruzaron las murallas de la manada, ese límite invisible y sagrado forjado en sangre y juramentos ancestrales que Adriel había jurado proteger con su propia vida, un velo que ahora se sentía frágil como pergamino viejo bajo sus garras imaginarias. En su interior, el Alfa Supremo, Adriel Brom, se sentía como un fantasma desterrado de su propio tiempo, el cuero del asiento pegándose a su espalda sudada, el aroma a pino y tierra fértil filtrándose por las ventanillas entreabiertas como un recordatorio amargo de lo que dejaba atrás. —Alfa, ya está todo organizado —dijo Dewey, sin quitar los ojos del camino serpenteante que se perdía en curvas oscuras, sus manos firmes en el volante pero los nudillos tensos, el reflejo de las luces del tablero iluminando su rostro con un fulgor verdoso—. Los guardias tienen todas las órdenes, selladas con mi marca. Nadie sospechará que no estamos en la fortaleza; les he dicho que es una patrulla rutinaria bajo la luna menguante. —Es muy importante que nadie lo sepa —murmuró Adriel, la tensión palpable en su voz grave, un hilo de acero que vibraba con la urgencia de un depredador acorralado, su mirada fija en la negrura más allá del parabrisas donde los árboles se erguían como centinelas mudos—. Las murallas están débiles, agrietadas por la maldición que nos roe, y los vampiros podrían atacar en cualquier sombra. Deja a dos guardias en la puerta de mi casa, lobos de confianza con oídos agudos y garras listas; que nadie entre ni salga sin mi permiso directo, ni un susurro de traición se escape. Dewey se sintió incómodo de inmediato, un nudo de preocupación genuina apretándose en su estómago como una garra invisible, el calor de su lobo Elm removiendo inquieto en su interior, haciendo que el volante se sintiera resbaladizo bajo sus palmas. Giró la cabeza por un instante, captando el perfil afilado de Adriel en la penumbra, el alfa que había seguido desde cachorro ahora envuelto en un halo de vulnerabilidad que lo hacía más humano –y más peligroso. —Podrían sospechar, Adriel —admitió, su voz un ronroneo bajo cargado de lealtad inquebrantable pero teñido de duda, el aroma a cuero viejo del auto intensificándose con el calor de su agitación—. Un traidor en nuestra manada podría dar aviso a esos malditos chupasangre, susurrar en las sombras con colmillos relucientes. Si nos ven ausentes... —Nadie se dará cuenta —cortó Adriel, su tono ya no admitía discusión, un gruñido bajo que reverberó en el espacio confinado del auto como el eco de Asher en su mente, sus ojos dorados brillando con la ferocidad de un rey acorralado—. Volveremos antes del anochecer, con el sol alto para disipar dudas. ¿Está claro? —Entendido, Alfa —asintió Dewey, tragando el nudo en su garganta, el motor rugiendo en acuerdo mientras aceleraban hacia la frontera invisible entre lo salvaje y lo civilizado. Se hizo un silencio pesado que duró varios kilómetros, un vacío cargado de pensamientos no dichos donde el único sonido era el zumbido de los neumáticos contra el asfalto irregular y el ocasional ulular de un búho en la distancia, hasta que la expresión de Dewey se endureció como granito, sus nudillos se volvieron blancos contra el volante, la mandíbula se apretó con un crujido audible. Era una lucha interna que Adriel conocía demasiado bien –esa batalla primal entre hombre y bestia, donde el lobo arañaba las cadenas del control con garras invisibles. —¿Qué te sucede, Dewey? —preguntó Adriel, sintiendo un escalofrío de alarma recorrerle la espina dorsal como un viento frío, su instinto alfa despertando, olfateando la tensión en el aire confinado. —No lo sé, Adriel —confesó Dewey, su voz tensa como una cuerda de arco, el sudor perlando su frente bajo la luz intermitente de las farolas distantes—. Elm, mi lobo, se encuentra inquieto desde que cruzamos las murallas, como si oliera tormenta en el horizonte. Estoy tratando de comunicarme con él, de calmar ese aullido que me retumba en el cráneo, pero es imposible; se revuelve como un torbellino. —Trata de controlarlo —ordenó Adriel, su propia voz un ancla de autoridad, aunque Asher se removía en su interior como un eco distante—. No podemos arriesgarnos a que te transformes delante de los humanos, a que tus garras rasguen la noche en medio de testigos ciegos. —No pasará, Alfa —prometió Dewey, inhalando profundamente el aire viciado del auto, un aroma a gasolina y pino que ahora se sentía sofocante—. Se lo prometo, por mi sangre y la luna. En ese momento preciso, una voz resonó en la cabeza de Adriel como un trueno repentino, una voz que no había escuchado en semanas, ronca y cargada de impaciencia: era Asher, su lobo, con un aullido de furia reprimida que vibró en sus huesos como un terremoto interno. —¡Adriel! ¿Puedes escucharme? —exigió Asher, su presencia un torrente de instinto salvaje que inundaba la mente del alfa. —Vaya, mira quién ha decidido hablarme —pensó Adriel, con una ironía amarga que teñía sus palabras mentales, un sarcasmo que ocultaba el alivio traicionero de sentir a su compañero de nuevo—. Hace una semana que hiciste tu rabieta y cortaste la comunicación conmigo, como un cachorro enfurruñado. Creí que la Diosa Luna me había bendecido y te había llevado de vuelta con ella. Y pensaba que estaba en busca de un mejor lobo para mí, uno menos dramático. —Pedazo de imbécil —gruñó Asher, su voz un rugido juguetón pero afilado como colmillos—. Nadie es tan fuerte como para ser tu lobo, nadie excepto yo, con mis garras forjadas en siglos de cacerías. Y ahora, hablando de dejarme de hablar, lo seguiré haciendo si sigues dejando de lado tu labor de buscar a mi linda pareja. Sabes que la necesitamos, Adriel; sin ella, somos solo sombras aullando al vacío. —¿Así que decidiste aparecer hoy solo porque sabes que iré a la ciudad? —replicó Adriel, su mente un torbellino de escepticismo y esperanza enterrada, el auto devorando kilómetros mientras las luces de la urbe empezaban a asomar en el horizonte como ojos curiosos. —Estás en lo correcto —admitió Asher, un matiz de triunfo en su tono primal—. Y sí, ella está aquí, en este laberinto de hormigón y luces falsas. Hoy será el día en que volvamos felices a casa con nuestra pareja, con su aroma envolviéndonos como un manto eterno. Un silencio denso se apoderó del auto, el aire lleno de expectativas cargadas y una extraña sensación de premonición que erizaba la piel de Adriel, como si el destino mismo respirara en su nuca. La confianza de Asher era inquebrantable, un faro en la niebla de su duda, pero Adriel aún se mostraba reacio a creer en la suerte, en que después de siglos de búsqueda estéril, el vínculo se revelara en un parpadeo. De repente, un aroma exquisito invadió el auto como una brisa traicionera, un olor a chocolate derretido y tierra mojada después de una tormenta –dulce y terroso, embriagador y primal, una mezcla que se intensificaba con cada metro que avanzaban, colándose por las ventanillas y envolviendo sus sentidos como una red invisible. Adriel sintió un impulso primario estallar en su interior, un rugido gutural que Asher amplificaba, un deseo feroz que le hizo querer saltar del auto en movimiento, transformarse bajo la luna creciente y rastrear la fuente de ese aroma con garras y hocico, dejando atrás el mundo humano en un borrón de furia instintiva. —¡La encontramos, Adriel! ¡Ella está aquí! —gritó Asher, su voz un aullido de alegría desbordante que reverberó en el cráneo del alfa, un torrente de euforia que hacía que sus colmillos hormiguearan—. Te dije que la encontrarías, que la diosa no nos abandonaba. Vamos, sal del auto y ve por ella; reclama lo que es nuestro por derecho de sangre y luna. El corazón de Adriel se aceleró con un tamborileo desbocado, un ritmo que no había sentido en siglos, latiendo contra sus costillas como un prisionero liberado. Su lobo, Asher, aullaba de alegría en su mente, un coro primal que lo llenaba de un calor abrasador. Quería hacer exactamente lo que le decía: saltar del auto, rasgar la noche con una transformación que haría temblar la tierra, y irrumpir en la cafetería que ahora se vislumbraba al borde de la carretera –un faro cálido de luces amarillas y vapor empañado en las ventanas, con mesas ocupadas por humanos ajenos al caos que se cernía. Pero no podía. Había humanos en ese lugar, mortales frágiles que no sabían de su existencia, de lobos y lunas que dictaban destinos en las sombras. Estacionaron el auto con un chirrido de frenos en el arcén empedrado, el motor apagándose con un suspiro exhalado, y Adriel vio cómo Dewey se contenía con esfuerzo visible, su pecho subiendo y bajando en jadeos controlados. Estaba teniendo una pelea interna con su lobo, Elm, un duelo de voluntades que hacía que sus venas se hincharan bajo la piel. La mano de Dewey se transformó en una garra curvada y letal, uñas negras extendiéndose como cuchillas, el pelaje gris asomando en el dorso. Eso solo podía significar una cosa: él también había encontrado a su mate, ese vínculo electrizante que los lobos anhelaban como el aire. —¡Carajo! —pensó Adriel, un juramento silencioso que Asher coreó con un gruñido—. El destino nos está jugando una broma cruel, tejiendo hilos dobles en el tapiz de la diosa. ¿Por qué tendrían que estar las dos aquí, en este rincón olvidado de humanos? ¿Quién me ayudará a contenerme si Dewey también está fuera de control, su lobo rugiendo al unísono con el mío? Usando toda su autoridad de Alfa, un poder que fluía como río de plata en sus venas, Adriel se concentró y envió su voz a la mente de Dewey, un mandato mental que cortaba como un látigo: —¡Contrólate, Elm! ¡Deja que Dewey tome el control! Sé que su pareja está ahí, que su aroma te quema como fuego, pero no puedes transformarte, no en este nido de mortales. Es una orden, beta; obedece o te arrancaré el alma. El cuerpo de Dewey se relajó con un estremecimiento visible, su mano volviendo a la normalidad con un chasquido de huesos que se reacomodaban, el pelaje retrocediendo como niebla al sol. —Gracias, Adriel —dijo con la voz entrecortada, jadeante, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano, sus ojos aún brillando con el dorado residual de Elm—. Creí que haría un desastre y que estaríamos en problemas, expuestos ante ojos que no deben ver. —Estamos en serios problemas —admitió Adriel, su propia voz un hilo tenso, el aroma de la mate filtrándose desde la cafetería como un imán irresistible, haciendo que Asher arañara en su mente—. Porque ahí dentro no solo está tu pareja, sino también la mía, su esencia mezclándose con la tuya en un lazo doble que la diosa ha urdido. Si Asher toma el control cuando la tenga de frente, cuando sus ojos encuentren los míos, esto será un desastre de garras y aullidos. Por eso te pido que te contengas, hermano; sé mi ancla en esta marea. —Carajo... —masculló Dewey, su mirada fija en la cafetería iluminada, donde siluetas humanas se movían tras las ventanas empañadas, el aroma a café y vainilla ahora entretejido con el de sus mates—. ¿Qué sugieres que hagamos, entonces? ¿Cómo domamos esto sin rompernos? —Entraremos, verificaremos que de verdad están ahí —planeó Adriel, su mente un torbellino de estrategia alfa, el pulso latiendo en sus sienes como un tambor de guerra—. Esperaremos a que salgan, que estén fuera del alcance de los humanos, solas en la calle empedrada, y nos las llevaremos con nosotros, al bosque donde el vínculo pueda florecer sin testigos. —¿Secuestro? —repitió Dewey, un destello de incredulidad en sus ojos, aunque el instinto de protección ya rugía en su pecho—. ¿No crees que eso es un poco arriesgado, Alfa? ¿Exponerlas al terror antes de que sepan? —¿Qué quieres que hagamos? —replicó Adriel, con la voz llena de frustración cruda, un gruñido que Asher amplificaba, sus puños cerrándose contra los muslos—. ¿Entramos y les decimos que somos hombres lobo, criaturas de la luna que la Diosa ha emparejado en su capricho eterno, y que tienen que venir con nosotros a un mundo de garras y aullidos? ¿Acaso eres idiota, Dewey, o solo olvidas cómo gritan los humanos ante lo imposible? Dewey se quedó en silencio, con la mirada perdida en la cafetería que ahora parecía un portal prohibido, el vapor de las tazas subiendo como ofrendas, el aroma de las mates un lazo invisible que tiraba de ellos como cadenas doradas. —Cuando lo dices de esa manera, suena muy mal —admitió, un suspiro escapando de sus labios, la lucha interna calmándose en una resolución compartida—. Pero tienes razón, Alfa; el instinto no espera explicaciones. Está bien, entremos. Solo si sientes que Asher quiere tomar el control, que sus garras se extienden en tu mente, me lo dices y salimos enseguida, como sombras en la niebla. El corazón de Adriel latía con fuerza desbocada, un tambor primitivo que no había sentido en siglos de soledad, reverberando en su pecho como el eco de un aullido ancestral. Por primera vez en mucho tiempo, sentía que su vida no le pertenecía por completo; su lobo, su mate y su destino se habían apoderado de él como una marea inexorable, tejiendo hilos que no podía romper. El espectáculo estaba a punto de comenzar en esa cafetería inocente, un escenario de tazas y risas humanas donde colmillos y almas se entrechocarían, y el Alfa Supremo, por primera vez, no tenía ningún control sobre el guion que la diosa había escrito en estrellas y sangre.
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