El Airbus A380 aterrizó con un suave chirrido de neumáticos contra la pista húmeda, un sonido que reverberó a través del fuselaje como un suspiro colectivo de alivio, marcando el fin de un viaje que se sintió eterno, con turbulencias que habían sacudido el avión como un recordatorio caprichoso de lo impredecible que podía ser el cielo. A pesar de que la luz grisácea de la mañana londinense se filtraba por las ventanillas empañadas, tiñendo el interior de un tono plateado y melancólico, Luciana no podía evitar sentir la pesadez en sus párpados, un velo de agotamiento que se adhería a sus ojos como niebla, el zumbido residual de los motores aún vibrando en sus oídos.
—Al fin hemos llegado —exhaló con alivio profundo, estirando los brazos por encima de la cabeza para liberar la tensión acumulada en sus hombros, un crujido satisfactorio de articulaciones que rompió el silencio de su fila, mientras el aroma a café rancio del carrito de servicio flotaba en el aire estancado.
—No te quejes, que tú misma insististe en este vuelo —respondió Nadia, un brillo travieso en sus ojos somnolientos que contrastaba con las ojeras sutiles bajo ellos, su voz un ronroneo juguetón que cortaba la fatiga como un rayo de sol inesperado—. Ya que llegamos, ¿puedes decirme a dónde iremos? ¿O me vas a tener en ascuas hasta que pisemos tierra firme?
—Por supuesto —dijo Luciana, recogiendo su bolso con un movimiento fluido, su mente ya volando hacia recuerdos de veranos pasados—. Iremos a la antigua mansión de mis padres. Ya la conoces, esa joya victoriana con jardines que parecen salidos de un cuento. Aunque está un poco alejada de la ciudad, rodeada de niebla y árboles centenarios, nos servirá como nuestro refugio perfecto. Solo estaremos tú y yo, sin sirvientes revoloteando, sin guardaespaldas acechando en las sombras... sin ataduras de ningún tipo. Disfrutaremos de nuestras vacaciones como se debe, libres como el viento que azota los setos.
—¡Me parece perfecto! —exclamó Nadia, con una sonrisa que iluminó su rostro como un amanecer, sus mejillas sonrojándose con anticipación genuina, el corazón latiéndole un poco más rápido al imaginar piscinas cristalinas y tardes perezosas—. ¡Pero antes, por favor, detengámonos para comer! Muero de hambre; ese sándwich de avión fue una tortura envuelta en pan reseco.
—Ya lo sé —dijo Luciana, devolviéndole la sonrisa con un guiño cómplice, el lazo de su amistad un bálsamo contra el jet lag que empezaba a arañar sus bordes—. Conozco un lugar que te encantará, un rincón escondido con sabores que te harán olvidar el vuelo. Y, casualmente, queda de camino a la mansión, como si el destino lo hubiera planeado.
Un taxi n***o, clásico de Londres con su carrocería reluciente y el letrero de "TAXI" parpadeando en el techo como un faro familiar, las recogió a la salida del aeropuerto con un ronroneo suave del motor, el conductor –un hombre de bigote espeso y acento cockney– cargando sus maletas con eficiencia callada. El vehículo se abrió camino a través del laberinto de calles congestionadas, donde la arquitectura victoriana –casas adosadas de ladrillo rojo con chimeneas que exhalaban humo perezoso– se mezclaba en un contraste fascinante con los rascacielos de cristal y acero que se erguían como espejos modernos, reflejando el cielo nublado en fragmentos plateados. El olor a gasolina quemada y lluvia reciente se adhería a la atmósfera como un perfume único que solo se encontraba en Londres, un aroma terroso y metálico que se colaba por las ventanillas entreabiertas, mezclado con el leve hedor a panadería distante y el bullicio de bocinas lejanas.
Se detuvieron en un pequeño café con un letrero de neón parpadeante que anunciaba "The Daily Grind" en letras rojas curvadas, el zumbido eléctrico un contrapunto al goteo constante de una lluvia fina que salpicaba el pavimento. El lugar era acogedor como un abrazo olvidado, con mesas de madera rayada por años de codos impacientes y paredes cubiertas de estanterías desordenadas llenas de libros manoseados, el aroma a café tostado recién molido y dulces horneados –croissants dorados y scones esponjosos– envolviendo el espacio como una manta cálida. La energía de la clientela, un bullicio de murmullos confidenciales, risas ahogadas y el traqueteo rítmico de tazas contra platillos de porcelana, era un contraste relajante con el ruido ensordecedor de la ciudad exterior, un oasis donde el tiempo parecía ralentizarse entre sorbos y páginas. Nadia miró a Luciana con ojos brillantes, inhalando profundamente ese elixir aromático que le despertaba el hambre dormida.
—Este es el lugar —dijo Luciana, con una sonrisa nostálgica que suavizaba sus facciones, recuerdos de visitas solitarias con sus padres inundando su mente como fotos desvaídas—. La comida es deliciosa, casera y reconfortante, como un abrazo en días de lluvia. Vayamos y ordenemos para llevar; quiero llegar a casa y zambullirme en la piscina, sentir el agua fría borrando el polvo del viaje.
—¡Me parece perfecto! —exclamó Nadia, siguiéndola a través de la multitud de gente que se encontraba en el lugar –parejas susurrantes, solitarios con laptops y un barista que gritaba órdenes con acento irlandés–, su bolso balanceándose contra su cadera mientras se abrían paso entre el vapor ascendente de las máquinas de espresso.
Mientras se abrían camino entre las mesas apiñadas, con sillas que chirriaban al moverse y el suelo pegajoso por derrames de lattes, Nadia tropezó con el borde de una alfombra raída, un traspié torpe que la hizo tambalearse como una hoja en el viento. Para evitar caer de bruces, estiró los brazos en un gesto instintivo de pánico, pero terminó chocando de frente contra el pecho sólido de un hombre, un impacto que la detuvo en seco, el calor de su cuerpo filtrándose a través de la tela de su chaqueta como un rayo inesperado.
—Disculpe, no lo vi —se disculpó Nadia, con la voz entrecortada y un rubor trepando por su cuello, el corazón martilleando en su pecho como un tambor desbocado, mientras se enderezaba y alisaba su blusa con manos temblorosas.
Al levantar la vista, Nadia se encontró con los ojos del hombre, un azul tan profundo y electrizante que parecían contener la noche misma –estrellas ahogadas en un océano tormentoso–, y por una fracción de segundo, un destello dorado brilló en ellos como un relámpago fugaz, un fulgor sobrenatural que hizo que el corazón de Nadia diera un vuelco violento, un tirón en el pecho que la dejó sin aliento, como si un hilo invisible se hubiera tensado entre ellos. Era alto, con una presencia imponente que llenaba el espacio a su alrededor como una sombra viva, hombros anchos bajo un traje oscuro que parecía hecho a su medida, moldeándose a su figura atlética con una elegancia depredadora. Sus fosas nasales se inundaron con una fragancia embriagadora y masculina –sándalo ahumado mezclado con algo salvaje, como bosque después de la lluvia–, un aroma que se colaba en su sangre y le erizaba la piel, despertando un cosquilleo primitivo que no podía nombrar.
—No te preocupes. Fue culpa mía —respondió él, su voz grave y resonante, un sonido que le puso la piel de gallina a Nadia, vibrando en su pecho como un ronroneo lejano, cargado de una calidez que contrastaba con la frialdad de sus ojos, aunque un matiz de sorpresa –o reconocimiento– asomaba en su timbre.
—Luciana, vámonos —dijo Dewey, el otro hombre a su lado, con una sonrisa tensa en su rostro que no llegaba a sus ojos, un gesto de cabeza cortés pero urgente, su propia postura rígida como si luchara contra un impulso invisible—. Disculpe, caballero. ¿Sería tan amable de dejarnos pasar? Estamos un poco... apurados.
—Sí, claro. Pasen. Mil disculpas —respondió Adriel, el hombre de los ojos azules, apartándose con un movimiento fluido que liberó el camino, aunque su mirada se demoró un segundo de más en Nadia, un roce visual que le quemó la piel como un toque fantasma.
Luciana, con el rostro serio y las cejas fruncidas en una línea de impaciencia contenida, arrastró a Nadia hacia la barra con un tirón firme del brazo, el bullicio del café cerrándose a su alrededor como olas. La amiga estaba tan absorta en el hombre de los ojos azules –su silueta aún grabada en su retina, el eco de su voz reverberando en su mente como un hechizo– que ni siquiera se dio cuenta de que Luciana la llevaba arrastrando, sus pies moviéndose por inercia mientras un torbellino de confusión y calor la invadía.
Una vez que salieron del lugar con la comida en bolsas de papel crujiente –el aroma a sándwiches calientes y pasteles escapando como promesas–, se dirigieron al auto bajo la llovizna fina que perlaba el aire, el pavimento brillando como obsidiana. Luciana no pudo evitar regañarla, el vapor de su aliento mezclándose con la bruma mientras abría la puerta del taxi.
—¿Me puedes explicar qué ha sido eso? —preguntó Luciana, con la voz llena de frustración genuina, girándose hacia Nadia con las manos en las caderas, el peso de las bolsas tirando de sus brazos—. Te quedaste como una estatua, mirándolo como si fuera el último croissant del mundo.
—¿Qué ha sido qué? —balbuceó Nadia, parpadeando para sacudir el aturdimiento, el rubor aún tiñendo sus mejillas mientras subía al asiento trasero, el cuero húmedo pegándose a sus jeans.
—Te comportaste como una tarada —siguió Luciana, deslizándose a su lado con un suspiro exasperado, el taxi arrancando con un ronroneo que ahogaba el tráfico—. Ese chico ni siquiera te vio venir y le gritaste en su cara que era un idiota, o algo peor. Nadia, por Dios... Estamos en Londres, no en un drama de telenovela.
—Es que cuando lo vi a los ojos —confesó Nadia, su voz un susurro avergonzado, hundiendo la cara en las manos mientras el auto se internaba en el tráfico, las luces de neón reflejándose en las ventanas como estrellas caídas—, sentí que me invitaba a pecar, como si un imán me jalara directo al abismo. Es demasiado sexy, con esa mirada que te desnuda el alma. Sabes que cuando me pongo nerviosa, me comporto como una idiota total, tropezando con mis propias palabras y pies.
—Sí, bueno —concedió Luciana, suavizando su tono con un toque de empatía, aunque una sonrisa traicionera asomaba en sus labios, el aroma de la comida calentando el espacio confinado—. Ya que vamos a casa, ahoguémonos en esa piscina hasta que se nos pase el ridículo, porque ninguna de las dos tuvo el valor de pedirles el número. Posiblemente no los volveremos a ver en esta jungla de siete millones de almas.
Nadia sintió que el alma le caía al suelo como una piedra en un pozo, un vacío sordo en el pecho ante la idea de que ese destello dorado se desvaneciera en el olvido, pero aun así, tenía que intentarlo, aferrarse a la broma para no hundirse.
—Perdón, Luciana —murmuró, enderezándose con un suspiro que arrastraba el peso de inseguridades antiguas—. No sé cómo comportarme frente a un chico así. Siento que no soy buena para ello, que siempre tropiezo en el peor momento. No tengo buena suerte en las relaciones; es como si el universo me jugara una mala pasada eterna.
—No tienes o no tenemos buena suerte —corregía Luciana, extendiendo la mano para apretar la de Nadia, un gesto de solidaridad que cortaba la niebla de la duda—. No te preocupes, disfrutemos de nuestras vacaciones sin mirar atrás. A eso vinimos, ¿no? A soltar amarras y bailar bajo la lluvia londinense.
—Claro —asintió Nadia, un atisbo de sonrisa regresando a sus labios, el taxi devorando kilómetros hacia la mansión mientras imaginaba el agua fresca lavando no solo el cansancio, sino los ecos de esos ojos azules—. Ya quiero utilizar ese lindo vestido de baño que compré, el rojo que grita "soy invencible". Quizás la piscina nos devuelva el coraje que perdimos en el café.