Bajo La Mirada Del Alfa

1870 Words
Desde que su taxi había partido del bordillo empañado del café, la imagen de la mujer se había incrustado en la mente de Adriel como una garra profunda en la carne, no solo una impresión fugaz sino una obsesión voraz que devoraba cada rincón de su conciencia. No era mera atracción; era un lazo primordial, un eco de la diosa que resonaba en sus venas con la fuerza de un aullido eterno. Sus ojos, del color de la miel bajo la luz cálida y dorada de la cafetería –líquidos y profundos, con motas de ámbar que capturaban la luz como estrellas caídas–, y su cabello, una cascada de ébano ondulante que rozaba sus hombros con una promesa silvestre, le habían golpeado con una fuerza desestabilizadora que sacudió cada uno de sus quinientos años de vigilia solitaria. El recuerdo de su piel clara, suave como porcelana bajo el roce accidental, sus labios rojos curvados en sorpresa y su estatura, un poco más baja que la suya –lo suficiente para que imaginara su cabeza descansando contra su pecho–, era una tormenta interna que amenazaba con desbordarlo, un vendaval de deseo y protección que hacía que sus puños se cerraran contra los muslos. Dentro de su ser, Asher aullaba de alegría desbocada, su euforia un torrente de calor abrasador que amenazaba con incinerar la frágil calma que Adriel había forjado como un muro de hielo. La simple imagen de ella –un flash de su risa ahogada, el aroma sutil a vainilla y tormenta que aún perduraba en sus fosas nasales– era suficiente para despertar en Adriel un deseo que hacía siglos que no sentía, un fuego ancestral que lamía sus entrañas y le recordaba por qué los lobos mataban por sus mates. —Dewey, es hora de actuar —gruñó Adriel, sin dejar de mirar por la ventana empañada del taxi, donde las calles de Londres se desplegaban como un tapiz gris de lluvia y luces borrosas, el parabrisas salpicado por gotas que distorsionaban las siluetas de peatones apresurados—. Hay que seguirlas. No las perdamos de vista. —Claro, Adriel —respondió Dewey, su voz tensa como una cuerda de arco a punto de romperse, mientras maniobraba el volante con manos firmes pero sudorosas, el motor del taxi ronroneando en protesta bajo el tráfico denso—. Elm no para de saltar de la emoción en mi cabeza, un torbellino de garras y colmillos que me está dando un dolor de cabeza que me nubla la mente como niebla espesa. Casi toma el control en la cafetería, ¿sabes? Por eso me quedé ahí parado como un idiota, congelado mientras su aroma –jazmín y tormenta, dulce y letal– me golpeaba como un mazazo. —Parece que no le agradaste mucho —se burló Adriel, aunque su voz carecía de verdadera diversión, un matiz ronco teñido por la propia batalla que libraba con Asher, cuyo aullido mental lo taladraba como un eco insistente. —Ya veremos —respondió Dewey, un toque de desafío en su voz que brillaba en sus ojos reflejados en el retrovisor, un destello de determinación lobuna que cortaba la penumbra del habitáculo—. Ella me odiará ahora, con razón después de mi torpeza, pero le juro que haré todo lo que esté a mi alcance para que me ame y no quiera separarse de mí, ni un segundo, ni en sueños. Una sonrisa se dibujó en el rostro de Adriel, una sonrisa genuina y lobuna que no había sentido en siglos, curvando sus labios en un gesto que suavizaba las líneas duras de su mandíbula, un calor inesperado floreciendo en su pecho como raíces rompiendo tierra estéril. Por fin la había encontrado, después de eones de búsqueda estéril bajo lunas indiferentes. El vacío en su pecho –ese hueco n***o que había devorado su alma como una maldición– se había llenado con un fuego vivo, una certeza ardiente que le hizo agradecer en silencio a la Gran Madre Luna, cuya silueta plateada asomaba en su mente como una bendición tardía. A pesar de que ella era una humana, frágil y ajena a las sombras que lo definían, la amaría hasta el final de sus días, con una ferocidad que eclipsaría guerras y traiciones, un juramento grabado en su sangre. —Acelera, Dewey. Vamos muy lento —ordenó Adriel, su voz una mezcla de ansiedad punzante y euforia contenida, el pulso latiéndole en las sienes como un tambor de guerra, mientras el taxi de las mujeres serpenteaba adelante, un punto n***o en el flujo de vehículos—. Las vamos a perder de vista en esta marea de metal y humo. —Alfa, contrólese —advirtió Dewey, su tono de beta calmado pero firme como una rama antigua, aunque su propia voz contenía una nota de urgencia que traicionaba el remolino de Elm en su interior, el tráfico de Londres cerrándose alrededor como un laberinto vivo—. Si las seguimos muy de cerca, pueden sospechar, girar la cabeza y vernos como sombras acechantes. ¿Qué quiere que nos tengan miedo desde el principio, que huyan antes de que podamos reclamarlas? Adriel se hundió en el asiento de cuero gastado, con los ojos cerrados contra el torrente de luces que parpadeaban por la ventana, el aroma a lluvia y escape filtrándose en el auto como un susurro traicionero. —Cállate. Déjame pensar, Dewey. Asher me está volviendo loco, arañando en mi mente con garras de fuego, exigiendo que corra hacia ella ahora mismo. No puedo pensar con claridad; es como si mi sangre ardiera con su esencia. —Entonces, ¿qué debemos hacer? —preguntó Dewey, con un tono más suave, un puente de empatía entre alfa y beta, mientras el paisaje empezaba a abrirse, las torres de la ciudad cediendo a suburbios empañados por la llovizna. —Por el momento, sigámoslas y asegurémonos de que estén solas —decidió Adriel, abriendo los ojos con una claridad renovada, su instinto alfa tejiendo un plan como hilos de plata lunar—. Ya veremos cómo las llevamos a casa, al bosque donde el vínculo pueda arraigar sin ojos humanos. Parece que se dirigen fuera de la ciudad, hacia las afueras brumosas. —Muy bien. Eso hará las cosas mucho más fáciles —dijo Dewey, mientras el taxi se adentraba en el campo abierto, el asfalto dando paso a carreteras sinuosas flanqueadas por setos salvajes y campos salpicados de niebla, el aire volviéndose más puro, cargado de tierra húmeda y promesas—. Por lo general, esos lugares son solitarios, ecos de piedra y silencio donde un aullido no despierta testigos. Pero no haremos nada hasta que estemos totalmente seguros de que podemos actuar, sin un alma que grite al viento. —Entendido, Alfa —asintió Dewey, su voz un eco de obediencia, aunque el calor de Elm lo hacía tamborilear los dedos contra el volante. —Dewey —dijo Adriel, con una voz más baja y confiada, el habitáculo del taxi ahora un confesionario rodante—. Sabes que cuando estamos solos, puedes llamarme por mi nombre. Somos prácticamente hermanos, forjados en cacerías y lunas compartidas. Dejemos los protocolos para cuando estemos en la manada, rodeados de ojos y oídos. —Está bien, Adriel —concedió Dewey, una sonrisa fantasma curvando sus labios, el lazo de su hermandad un bálsamo en la tormenta interna. —Adriel, ¿y si mi pareja me rechaza? —preguntó Dewey de repente, su voz un hilo vulnerable que cortaba el ronroneo del motor, el paisaje rural desplegándose como un lienzo verde y gris—. ¿Voy a morir si no me quiere, si su humano teme lo que soy? —No te adelantes a los hechos —respondió Adriel, su tono un poco irritado por la duda que reflejaba sus propios miedos enterrados, el taxi devorando curvas mientras la mansión se vislumbraba en la distancia como un fantasma victoriano—. Hace apenas unos minutos las encontramos, un roce del destino en un café lleno de mortales, y ya estás pensando que te va a rechazar, tejiendo sombras donde hay luz. —Es que estoy un poco nervioso —admitió Dewey, su confesión un susurro ronco, el viento silbando por la ventanilla entreabierta como un coro de dudas—. No sé cómo actuar en esta situación, cómo equilibrar el hombre y la bestia sin asustarla. ¿Acaso tú no lo estás, Adriel? ¿No sientes que el suelo se abre bajo tus pies? —Sí, lo estoy, Dewey —confesó Adriel, el peso de siglos presionando su pecho, Asher calmándose lo justo para dejar espacio a la verdad—. Solo que sé cómo controlarme, o al menos fingirlo. Además, esto solo lo hago por Asher, por el lazo que él anhela más que yo. —¿Solo por Asher? —preguntó Dewey, sus ojos entrecerrándose en el retrovisor, un desafío fraternal brillando en su mirada, el sol poniente tiñendo el cielo de vetas anaranjadas—. No parecía ser así hace un momento, Adriel, cuando su aroma te golpeó como un rayo y te quedaste congelado, bebiendo su esencia como un sediento. —No sé de qué hablas —desvió Adriel, aunque el calor traicionero en sus venas lo delataba, un rubor lobuno que Asher celebraba con un gruñido juguetón. —Debes asumirlo —insistió Dewey, su voz un puente de honestidad cruda—. Acabas de encontrar a tu pareja, el corazón que la diosa te reservó en su capricho. No entiendo por qué te sigues negando, por qué envuelves tu deseo en excusas. No puedes actuar como un idiota ahora que la has encontrado, no cuando el vínculo pulsa como un segundo latido en tu pecho. Adriel apretó los puños contra los muslos, las uñas clavándose en la tela de sus pantalones, un destello de colmillos asomando en su mente. Su beta, su hermano de manada, lo estaba retando con palabras que cortaban hondo. —A veces se te olvida con quién hablas, ¿cierto, beta? Debo recordártelo, con garras si es necesario. —Perdón, Alfa —se retractó Dewey de inmediato, bajando la mirada al camino, aunque un atisbo de sonrisa respectuosa asomaba en sus labios. —Creo que se están deteniendo, Adriel —anunció Dewey, su voz volviendo a la alerta práctica, el taxi de las mujeres girando hacia un camino secundario flanqueado por robles centenarios—. Le enviaré la ubicación a los guardias, un mensaje cifrado en la niebla mental. —Dewey, solo que sean dos —ordenó Adriel, su instinto alfa despertando como un depredador en acecho, el aroma residual de su mate aún flotando en su memoria—. Los más confiables, lobos con oídos que no fallan y lealtades forjadas en sangre. No quiero que nadie más sepa de esto, ni un susurro que viaje con el viento. —Está bien —asintió Dewey, sacando su teléfono con un movimiento fluido, el dispositivo vibrando en su palma como un corazón latiendo—. Llamaré a los dos omegas que tenemos custodiando la puerta, silenciosos como sombras. Asignaré a otros dos a esa labor, para tapar cualquier hueco en la vigilancia.
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