Ecos En La Oscuridad

2163 Words
El taxi se detuvo con un suspiro ronco del motor frente a una majestuosa casa de piedra gris, su fachada cubierta de hiedra espesa y retorcida que trepaba como venas vivas por las paredes centenarias, un aura de historia antigua impregnando el aire con el eco de risas pasadas y secretos enterrados en los sótanos. El sol de la tarde filtraba rayos oblicuos a través de nubes dispersas, proyectando sombras danzantes sobre el camino de grava que crujía bajo las ruedas, y el aire, fresco y ligeramente húmedo por la llovizna matutina, trajo consigo el aroma embriagador a tierra mojada y flores silvestres –rosas trepadoras y lavandas silvestres– que crecían en el jardín desbordante, un tapiz de pétalos caídos que amortiguaba los pasos como un susurro confidencial. Nadia se bajó del auto con un estiramiento lánguido, inhalando profundamente esa brisa que olía a libertad renovada, y admiró la vista con ojos entrecerrados, una sonrisa nostálgica curvando sus labios al recordar veranos robados en ese refugio, el peso de sus maletas olvidado por un instante en el maletero. —Hemos llegado, Nadia —dijo Luciana, pagando al conductor con un billete arrugado antes de unirse a ella en la grava, su voz un mezcla de orgullo profundo y alivio palpable, como si el mero acto de cruzar el umbral disipara las sombras del pasado—. Y, ¿qué te parece la que será nuestra casa durante los próximos cuatro meses? ¿No es como volver a un abrazo viejo? Nadia se giró hacia ella con una expresión de desconcierto genuino, las cejas arqueadas en sorpresa mientras escaneaba la mansión –sus ventanas altas enmarcadas en vidrieras polvorientas que capturaban la luz como joyas olvidadas–, el viento revolviéndole el cabello en mechones juguetones. —¿Cuatro meses? —repitió, su voz un eco de incredulidad teñida de pánico práctico, el bolso deslizándose de su hombro al suelo con un thud suave—. Luciana, ¿cómo vamos a durar tanto tiempo aquí? Sabes que no tengo trabajo, que mi cuenta bancaria es un desierto, y que las deudas no se pagan solas; se acumulan como nieve en una tormenta. Luciana sonrió, una chispa de picardía brillando en sus ojos verdes como un secreto a punto de desatarse, el sol besando su piel y haciendo que su cabello castaño reluciera con vetas cobrizas. Se acercó un paso, el aroma de su perfume –vainilla y jazmín– mezclándose con el del jardín, un bálsamo contra las dudas de su amiga. —Tranquila, amiga —dijo, su tono un ronroneo reconfortante, extendiendo la mano para apretar el brazo de Nadia con calidez fraternal—. ¿Recuerdas que te hablé de expandir la empresa, de llevar su fuego más allá de España? —Sí, lo recuerdo —asintió Nadia, mordiéndose el labio inferior en un gesto de concentración, su mente ya tejiendo hilos de posibilidad, aunque el peso de la incertidumbre aún le apretaba el pecho como una garra invisible—. Pero no entiendo qué tiene que ver eso con tu loca idea de quedarnos aquí, en este palacio encantado rodeado de niebla. —He decidido que este es el momento de abrir una nueva sucursal —reveló Luciana, su voz elevándose con una convicción que cortaba el aire como un rayo de sol, los ojos fijos en los de Nadia con una intensidad que no admitía dudas—. Aquí, en Londres, donde las oportunidades bullen como el Támesis en crecida. ¿Qué te parece mi idea? ¿Una rama fresca en esta tierra de reyes y lluvias eternas? Nadia se quedó boquiabierta, la sorpresa abriéndole los labios en un "O" perfecto, un torrente de emociones cruzando su rostro –incredulidad, excitación, un destello de esperanza que disipaba las nubes de su mente. El viento susurró entre las hiedras, como si la mansión misma aprobara el plan, y por un instante, el futuro se desplegó ante ella como un mapa virgen. —¿Una sucursal en Londres? —repitió, su voz un susurro atónito que ganaba volumen con cada sílaba, las manos gesticulando con entusiasmo desbordante—. ¡Es una idea fantástica, Lu! Brillante, audaz, como tú. Pero... sabes que esto va a necesitar mucho trabajo, reuniones interminables, muchos expertos con currículos interminables y un equipo de profesionales que no crece en los setos. —Ya lo sé —dijo Luciana, con un tono firme y convincente que resonaba como un juramento, el orgullo hinchando su pecho mientras imaginaba oficinas relucientes y contratos firmados bajo cielos grises—. Y lo vamos a conseguir, no te preocupes; reclutaremos, negociaremos, construiremos desde cero. Tú serás mi mano derecha, mi ancla en esta aventura. Nadia sonrió entonces, un gesto radiante que borraba las arrugas de preocupación de su frente, el peso de sus deudas disipándose como niebla al sol, reemplazado por un cosquilleo de posibilidad que le erizaba la piel. El jardín parecía más vivo ahora, las flores inclinándose como en aplauso silencioso. —Está bien —concedió, recogiendo su bolso con renovada energía, el grava crujiendo bajo sus pies como un camino prometedor—. Ahora sí, podemos ir a esa espectacular piscina que me has prometido. Muero por darme un baño, por sentir el agua lavando el polvo del vuelo y los ecos del café. —Claro, vamos a cambiarnos —asintió Luciana, enlazando su brazo al de Nadia mientras subían los escalones de piedra desgastada, la puerta principal abriéndose con un gemido de bisagras antiguas, un umbral que las acogía como hijas pródigas. El sol de la tarde se reflejaba en el agua cristalina de la piscina, un espejo turquesa que capturaba los rayos en un mosaico de destellos dorados en la superficie, como si el cielo mismo se hubiera derramado en ondas hipnóticas. Las dos amigas flotaban en el agua tibia, sus cuerpos suspendidos en un limbo sereno, sintiendo cómo el calor del sol les calentaba la piel expuesta –gotas evaporándose en surcos salados, el cloro un aroma limpio y liberador que se mezclaba con el jazmín del jardín adyacente. El chapoteo ocasional de sus movimientos era el único sonido, un contrapunto suave al zumbido distante de abejas en las flores, el mundo exterior desvaneciéndose en un velo de paz merecida. —¿En qué piensas, Luciana? —preguntó Nadia, rompiendo el silencio con un susurro juguetón, su voz flotando sobre el agua como una hoja en la corriente, mientras se impulsaba con las manos contra el borde de azulejos fríos. Luciana cerró los ojos, dejando que el sol besara sus párpados cerrados, y la imagen del hombre del café apareció en su mente como un flash persistente –no el de ojos azules que había cautivado a Nadia, sino el otro, el compañero de mirada gris y sonrisa tensa, un enigma envuelto en traje que había rozado su hombro en el roce accidental. —En ese hombre de la cafetería —confesó, su voz un murmullo distraído, el agua lamiendo su cuello como un secreto compartido—. No se sale de mis pensamientos, como un eco que se niega a desvanecerse. —Sí, y a mí su amigo —suspiró Nadia, un rubor fantasma tiñendo sus mejillas a pesar del agua fresca, el recuerdo de ese destello dorado aún hormigueando en su pecho como un hechizo a medio conjurar—. Pero, como siempre, mis nervios lo arruinaron todo, me convertí en un torbellino de torpezas. —No te preocupes, Nadia —dijo Luciana, abriendo los ojos para clavarlos en los de su amiga, un brillo de complicidad reluciendo en ellos como el sol en las ondas—. Estoy segura de que en algún momento nos los volveremos a encontrar. Esa cafetería es muy popular, un imán para almas perdidas y locales; si estaban allí, de seguro la frecuentan como un ritual. Podríamos volver y tal vez nos topemos de nuevo con ellos, esta vez con palabras en lugar de codazos. Nadia asintió, su rostro se volvió serio de repente, el agua quietándose alrededor de su cuerpo como si contuviera el aliento, un peso invisible asentándose en su expresión mientras el sol se filtraba a través de sus pestañas. —Luciana, dime la verdad —preguntó, su voz bajando a un tono confidencial, las manos aferrándose al borde de la piscina con uñas pintadas de rojo—. ¿Estás bien con todo lo que pasó? ¿De verdad has dejado atrás las sombras de Stiven y Claudia? Luciana se detuvo en el agua, el movimiento cesando en un remolino lento, el silencio se apoderó de la escena como un manto pesado, roto solo por el goteo distante de una fuente oculta en el jardín. El sol se sentía más cálido ahora, un abrazo que contrastaba con el frío del recuerdo que subía por su espina dorsal. —Te voy a contar un secreto, Nadia —dijo finalmente, su voz un hilo vulnerable que temblaba en el aire húmedo, los ojos fijos en el mosaico de luces danzantes para no enfrentar la mirada de su amiga. —Claro que puedes contarme un secreto, Lu —respondió Nadia de inmediato, su tono un bálsamo suave, impulsándose más cerca en el agua para que sus rodillas se rozaran bajo la superficie—. El que quieras, grande o pequeño; soy tu caja fuerte, siempre lo he sido. —El día que los vi a los dos en ese hotel —confesó Luciana, las palabras saliendo como un río contenido, el agua lamiendo su barbilla mientras un escalofrío la recorría a pesar del sol—, pensé que mi mundo se vendría abajo en pedazos irreparables, que el suelo se abriría y me tragaría entera. Pero cuando salía, tambaleándome por el pasillo con el corazón en astillas, sentí un alivio extraño, como un peso invisible levantándose de mi pecho. Como si algo dentro de mí estuviera feliz de saber que ese estúpido matrimonio se cancelaría, que había escapado de una jaula dorada. Creo que nunca fue amor, solo una ilusión tejida de hábitos y mentiras, un velo que me cegó hasta que se rasgó. Nadia se sintió conmovida hasta las lágrimas, un nudo formándose en su garganta mientras el agua se agitaba suavemente con su movimiento, el sol reflejándose en sus ojos como diamantes no derramados. Extendió la mano bajo el agua para apretar la de Luciana, un lazo silencioso que hablaba de batallas compartidas. —Me alegro mucho, Lu —murmuró, su voz quebrándose en el borde de la emoción, el aroma a cloro ahora un velo protector—. De verdad no sé qué hubiera hecho si te hubiese pasado algo malo, si esa traición te hubiera roto más allá de la reparación. Pero... ¿por qué no presentaste una denuncia? ¿Qué harás si llegan a tomar represalias, si sus sombras se alargan hasta aquí? —Tranquila, Nadia —replicó Luciana, su tono recuperando un filo de acero, aunque la vulnerabilidad aún brillaba en sus ojos, el sol calentando su piel como un recordatorio de resiliencia—. Los expuse delante de más de quinientos invitados, un jurado de ojos y oídos que no olvidará. Todas esas personas escucharon cómo ellos planeaban mi muerte, palabra por palabra, como un guion de pesadilla. No creo que se arriesguen a hacerme algo; ellos serían los primeros sospechosos, marcados con tinta indeleble en la mente de la élite. —Eso no me deja tranquila, Lu —insistió Nadia, su agarre apretándose bajo el agua, un escalofrío recorriéndole la espina dorsal a pesar del calor, el jardín susurrando con hojas que rozaban como advertencias—. Creo que deberíamos tomar clases de defensa personal, aprender a golpear donde duele, a ser lobas en lugar de corderos. —En la habitación de mis padres hay dos armas —reveló Luciana, su voz bajando a un susurro conspirador, un destello de pragmatismo endureciendo su expresión mientras imaginaba el cajón polvoriento—. Si las llegásemos a necesitar, están en el último cajón del armario, envueltas en terciopelo como reliquias familiares. —¿Armas? —repitió Nadia, un brillo de sorpresa y deleite iluminando sus ojos, el agua chapoteando con su gesto animado—. ¡Genial! Eso sí que me gusta, aunque no sé cómo usar una; mis manos tiemblan solo de pensarlo. Pero haré el intento de no asesinarnos si llegásemos a necesitarlas, prometido. —Escuché que cerca de aquí hay un campo de tiro —sugirió Luciana, una sonrisa traviesa curvando sus labios, el sol besando la superficie del agua en ondas doradas—. Podríamos tomar unas clases, ¿qué te parece? Aprender a apuntar, a sentir el retroceso como un latido propio. —¡Me parece perfecto! —exclamaron Nadia al unísono, su risa burbujeando en el aire como el agua alrededor, un sonido liberador que ahuyentaba las sombras—. Ahora, sigamos disfrutando de este hermoso día, antes de que la lluvia nos reclame
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