Asher Molesta

1761 Words
El silencio del suburbio de Londres era pesado y opresivo, un manto de quietud suburbana roto solo por el débil zumbido del motor del auto, un ronroneo bajo y constante que vibraba en los asientos de cuero como un pulso ansioso, mientras la niebla vespertina se enredaba alrededor de los faros como dedos espectrales. Dentro del vehículo, la tensión era palpable, un aire cargado de feromonas lobunas y ansiedad contenida que hacía que el espacio se sintiera más pequeño, las ventanillas empañadas por la respiración agitada de sus ocupantes. Dewey, con el teléfono apretado en la mano como un talismán, rompió el silencio con un carraspeo nervioso, el brillo de la pantalla iluminando su rostro en sombras azules y blancas. —Adriel, han llegado los omegas —informó, su voz un hilo tenso que cortaba la penumbra, los dedos tamborileando contra el borde del dispositivo—. ¿Qué instrucciones quieres que les dé? ¿Perímetro amplio o vigilancia cercana? —Diles que rodeen la propiedad y busquen indicios de alguien más, además de ellas dos —ordenó Adriel, su voz un gruñido bajo que reverberó en el habitáculo, los ojos fijos en la silueta brumosa de la mansión que se vislumbraba adelante, un castillo de piedra envuelto en hiedra como un secreto guardado—. Una vez que estén seguros de que solo están ellas, que se comuniquen. Nada de movimientos en falso; quiero ojos, no garras. Adriel luchaba contra un furioso torbellino en su interior, un vórtice de instinto y razón que hacía que sus venas ardieran como si lava corriera por ellas. Su lobo, Asher, rugía con impaciencia desbocada, un torrente de reproches y frustración que azotaba su mente como un vendaval, garras mentales arañando las barreras de su control. —¡Humano estúpido! ¡Detén tu mente cobarde y déjame salir! —bramó Asher, su voz un eco primal que retumbaba en el cráneo de Adriel, cargada de un hambre que hacía que sus colmillos hormiguearan—. ¿Qué clase de Alfa eres, encadenado a tus miedos mortales? —Cállate, Asher. Ya basta de quejas —replicó Adriel en silencio, su mente un campo de batalla donde el sudor perlaba su frente, el aroma a cuero y tensión masculina intensificándose en el auto—. Ojalá pudieras volver a tu silencio eterno. Eres exasperante, un eco que no calla ni en sueños. —¡Humano cobarde! —contraatacó Asher, su risa un gruñido gutural que vibró en los huesos de Adriel—. Si uno de esos ineptos se atreve a tocar a mi pareja, juro que tomaré el control total. Te advierto, la próxima vez no me haré responsable de mis actos; sus gargantas serán las primeras en abrirse bajo la luna. —Te juro que si dices una palabra más —amenazó Adriel, apretando los dientes hasta que dolieron, el pulso latiéndole en las sienes como un tambor de guerra—, te encerraré en lo más profundo de mi mente, lobo engreído, donde ni la luna te alcance. —Ya quisieras, humano —desafió Asher, un matiz de triunfo salvaje en su tono, el calor de su furia filtrándose en el pecho de Adriel como un incendio lento—. Haré silencio, pero si no tenemos a nuestra pareja aquí en veinte minutos, no me hago responsable de lo que pase; el bosque beberá sangre antes de que amanezca. —Muy bien, Asher —cedió Adriel, exhalando un aliento tembloroso que empañó el vidrio—. Deja de ser tan infantil. Eres una molestia constante, un yugo que cargo desde el primer aullido. El teléfono de Dewey vibró con un zumbido insistente en su palma, un pulso que cortó la tormenta mental como un rayo, y una foto apareció en la pantalla, el flash capturando un instante robado que iluminó el rostro del beta en un fulgor espectral. Su cara se tornó pálida como la luna menguante, el color drenándose de sus mejillas mientras sus ojos se clavaban en la imagen, un jadeo ahogado escapando de sus labios. —Adriel, los omegas ya se han comunicado —dijo Dewey, su voz un susurro ronco, extendiendo el teléfono con mano temblorosa, el aroma a pánico sutil filtrándose en el aire confinado—. Para nuestra suerte, las chicas están solas en la casa. Están tomando un baño en la piscina, ajenas al mundo. —¿Cómo sabes que están en la piscina? —preguntó Adriel, con una voz tensa y helada que cortaba como hielo afilado, inclinándose hacia adelante, sus ojos dorados brillando con un fulgor lobuno en la penumbra. —Me enviaron una foto de ellas, mira —explicó Dewey, girando la pantalla con un movimiento deliberado, el brillo iluminando el rostro de Adriel como un veredicto. El mundo de Adriel se detuvo en un latido eterno al ver la imagen, un fotograma robado que se clavó en su alma como una daga: su mate estaba en un diminuto traje de baño que se adhería a sus curvas como una segunda piel, su cabello n***o mojado cayendo en ondas salvajes sobre hombros relucientes, y una sonrisa radiante en su rostro que iluminaba la pantalla como un sol privado. El agua cristalina lamía su piel, destellos de sol danzando en las gotas que perlaban su clavícula, un visión de vulnerabilidad y belleza que lo golpeó como un rayo. La rabia se apoderó de él en una ola abrasadora, un instinto asesino inmenso que rugía en su pecho, haciendo que sus garras se extendieran involuntariamente contra los reposabrazos. No quería que nadie la viera de esa manera, expuesta y radiante bajo el sol; ella era solo suya, un tesoro elegido por la Diosa Luna, y aunque ella no lo supiera aún –ajena a los hilos del destino que los unían–, era su posesión eterna, su ancla en la tormenta de siglos. —Humano estúpido, te dije que si no hacías algo en los próximos veinte minutos, no me haría cargo de mis actos —gruñó Asher, su voz un torrente de triunfo feroz que inundaba la mente de Adriel, el calor de su ira filtrándose en cada fibra—. Y aunque solo han pasado cinco minutos, he decidido intervenir. Las cosas se harán a mi manera, con garras y colmillos si es necesario. Un dolor agudo se apoderó de la cabeza de Adriel, un estallido de luz blanca detrás de sus ojos que lo hizo jadear, como si un hierro candente se clavara en su cráneo: era Asher tomando el control, un asalto mental que hacía que sus músculos se tensaran como cuerdas de arco. El lobo, astuto y terco como las raíces de un roble ancestral, no se transformó en su forma animal completa –sabía que no podía irrumpir en garras y pelaje en esa casa, o las chicas se morirían del susto, sus gritos atrayendo ojos humanos que romperían el velo del secreto–; en cambio, canalizaba su esencia en oleadas de instinto puro, nublando la razón de Adriel con un velo rojo de posesión. —Tienes que controlarte, Asher —suplicó Adriel en su mente, el sudor perlando su frente mientras luchaba por aferrarse al timón, el auto pareciendo más pequeño, asfixiante—. Esto es un desastre; no podemos irrumpir como bestias en celo. —No te preocupes —replicó Asher, un gruñido juguetón teñido de amenaza, su presencia un calor que lamía las venas de Adriel—. Nadie nos estorbará; el camino está despejado, y la luna vela por nosotros. Una pelea interna se desató en la mente de Adriel, un duelo furioso de voluntades donde el hombre arañaba por el control y el lobo respondía con colmillos mentales, un torbellino que hacía que su visión parpadeara en bordes dorados. Debía tomar el control o todo se volvería un caos sangriento, un velo roto que expondría su mundo a los humanos. Su mayor preocupación no era la fuerza bruta de Asher, que podía doblegar montañas, sino su sed de sangre insaciable y sus celos descontrolados, un veneno que se extendía como hiedra: su primer objetivo iban a ser los dos soldados, esos omegas leales cuya mera mirada a la foto había encendido la furia del lobo como una mecha. Por un momento, logró dominar a su lobo interior con un rugido mental de autoridad alfa, un pulso de poder que reverberó en su cráneo como un trueno, y le gritó a Dewey: —¡Asher está fuera de control! ¡Detén el auto, ahora! Dewey, el pobre, palideció aún más, el color drenándose de su rostro como leche derramada, sus manos apretando el volante hasta que los nudillos blanquearon. Sabía todo el desastre que tenía que limpiar si Asher hacía uno de sus numeritos –un rastro de caos que podía manchar la manada entera–, su lealtad y hermandad con Adriel habían estado con él por años de lunas compartidas y cacerías sangrientas, y ya tenía una idea clara de cómo era Asher cuando tomaba el control: un huracán de garras y aullidos, imparable como la marea. La visión de Adriel se volvió completamente roja, un velo carmesí que teñía el mundo en furia primal, el pulso latiéndole en los oídos como un tambor de guerra ancestral. La furia de Asher se había apoderado de él por completo, un torrente que lo impulsaba adelante como una ola rompiendo contra rocas, sus pies moviéndose por inercia mientras salía del auto y cruzaba el jardín empedrado, el aroma a tierra húmeda y rosas silvestres ahora un telón de fondo para el hedor metálico de la rabia. Cuando llegó al jardín trasero, donde la piscina brillaba como un espejo prohibido bajo el sol poniente, vio a los dos omegas apostados en las sombras de los setos, sus rostros demacrados por el miedo instintivo, el color de sus caras se había ido por completo, dejando piel cenicienta y ojos dilatados. Asher, con una fuerza inhumana que hacía crujir los huesos de Adriel, tomó a uno de ellos por el cuello de la camisa con un movimiento relámpago, y de un solo golpe lo derribó contra el suelo de grava, el impacto resonando como un trueno sordo, el omega desplomándose inerte con un gemido ahogado. El lobo aulló en la mente de Adriel, su ira se hizo presente en cada una de sus palabras, un eco que vibraba en el aire como un desafío divino: —¡Cómo te atreves a faltarle el respeto así! ¡Sus ojos no merecen posarse en lo que es mío!
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