Me encontraba esperando al doctor, con la esperanza de que autorizara la salida de Luciana, un papel crujiente que nos liberara de esta jaula blanca de pitidos monótonos y olores químicos que picaban en la nariz como un recordatorio de lo frágil de todo, el pasillo del hospital ahora un corredor de luces fluorescentes parpadeantes que proyectaban sombras largas como dedos acusadores en las paredes, el zumbido constante de monitores distantes filtrándose como un susurro mecánico que me erizaba la piel con impaciencia contenida. Quería irme a casa para procesar todo este torbellino de colmillos, aullidos y lazos invisibles que tiraban de mí, un respiro en la mansión que olía a jazmín y recuerdos felices, pero el peso de lo imposible me clavaba al asiento de plástico duro, el aroma a desinfec

