Me encontraba en la garganta de una cueva profunda y laberíntica, donde la luz del sol nunca se atrevía a entrar –un abismo de piedra húmeda y eco opresivo que olía a musgo podrido y azufre latente, el aire espeso y cargado de un hedor a secretos enterrados y respiraciones contenidas–, las sombras moviéndose con vida propia, no solo las siluetas alargadas de las estalactitas goteantes que colgaban como colmillos petrificados sobre el suelo irregular, sino las figuras retorcidas de criaturas susurrantes que se retorcían con impaciencia serpentina en los rincones negros, sus formas etéreas susurrando maldiciones en lenguas olvidadas que hacían que el aire vibrara como una membrana tensa y viva, un coro de susurros que se enredaba en el viento subterráneo como hilos de telaraña pegajosa y ven

