Me metí a la ducha y estaba dejando que el agua corriera por mi cuerpo en un torrente caliente y constante, un velo de vapor que empañaba el espejo y se colaba en mis pulmones como un bálsamo efímero, el chorro golpeando mi piel magullada como un susurro de limpieza que no borraba el caos interno. No entendía qué acababa de pasar, es como si no fuera yo misma, un eco de deseo y dolor que me dejaba jadeante, debía controlarme o terminaría perdiendo mi virginidad con ese Alfa sexy más rápido de lo que me hubiese imaginado, un incendio que me consumía desde dentro y me hacía morder el labio para no gemir. Me comenzaba a doler la cabeza, un latido sordo y punzante que se extendía desde la sien como raíces de fuego, y no sabía si era producto de la calentura que tuve hace un rato –un pulso de

