La mesa del comedor se sentía vacía sin ella, un hueco en el corazón de la mansión que olía a jazmín y té caliente filtrándose desde la cocina como un susurro tentador, el aroma envolviéndome como un velo de anticipación, pero el peso de la ausencia de Luciana me oprimía el pecho como una garra invisible, un pulso de anhelo que hacía que el pulido de la madera brillara bajo la luz tenue de la lámpara como un espejo de mi frustración creciente. Estaba esperando a Luciana, el tenedor tamborileando contra el plato de porcelana con un tic-tac acusador que ecoaba mi impaciencia, Asher removiendo en mi mente con un gruñido sordo que me erizaba la piel, pero cuando Mari entró en la sala, su expresión me dijo que algo no andaba bien, un velo de preocupación que tensaba sus facciones lindas y hacía

