La noche que compartieron Alice y Jimin quedó marcada en sus mentes como un momento de intensa conexión, una chispa que encendió una pasión inesperada pero genuina. El aire del cuarto aún conservaba el calor de sus cuerpos cuando Alice se giró para evitar la luz del sol que comenzaba a colarse a través de las cortinas. Sintió el abrazo de Jimin, quien, al notar que ella se daba vuelta, la rodeó con sus brazos, acariciando su piel desnuda.
—¿Crees que fue la bebida de la fiesta lo que nos hizo terminar así? —preguntó Alice en un susurro, sin abrir los ojos, sintiendo el cuerpo de Jimin tan cerca del suyo.
Él dejó escapar una risa baja y ronca, su voz grave resonando en el silencio matutino.
—¿Te arrepientes? —respondió Jimin, su tono juguetón pero con una pizca de genuina curiosidad.
Alice sonrió suavemente, dándose la vuelta para mirarlo a los ojos.
—No... —Dijo ella con sinceridad—. Aunque todo pasó tan rápido, no me arrepiento de nada.
La sonrisa de Jimin se ensanchó, y sus ojos brillaron con una mezcla de alivio y felicidad. Por primera vez en mucho tiempo, sentía que había encontrado una conexión real con alguien. No era solo el deseo físico lo que los había llevado a esa noche; era algo más profundo, una sincronía que no había experimentado con nadie más.
—Me alegra escuchar eso —murmuró, inclinándose hacia ella para besarla suavemente en los labios.
Ambos se quedaron un momento más en la cama, disfrutando de la calma antes de levantarse. La ducha matutina les despejó la mente y relajó sus cuerpos tras la larga noche, y luego de vestirse, decidieron salir a desayunar.
Mientras estaban sentados en la mesa, disfrutando de un desayuno tranquilo, un m*****o de la manada se acercó a Jimin. El hombre, con gesto serio y formal, se inclinó ligeramente antes de hablar.
—Jimin, Darian y Liliana estarán ausentes por dos semanas en su luna de miel. El alfa ha dejado instrucciones para que te hagas cargo de sus deberes hasta su regreso.
La expresión de Jimin se tensó de inmediato. Era una enorme responsabilidad tomar el lugar de Darian, y sabía que eso implicaba interactuar con varios miembros de la manada que no siempre lo aceptaban o respetaban. Jimin asintió en silencio, despidiendo al mensajero con un gesto.
Alice, quien había notado la incomodidad en el rostro de Jimin, tomó su mano con suavidad, brindándole un toque de apoyo.
—No te preocupes tanto —le dijo, su voz suave y reconfortante—. Estoy segura de que puedes con esto. Además, si lo deseas, puedo acompañarte. Quizás sea una oportunidad para cambiar la forma en que te ven, para empezar de nuevo con una actitud diferente.
Jimin la miró en silencio por un momento, su expresión suavizándose bajo el toque tranquilizador de Alice. Suspiró profundamente antes de responder.
—Quizás tengas razón… Pero no puedo negar que me pone un poco tenso. Algunos de ellos me ven como alguien que no debería estar aquí.
—Yo siempre estaré a tu lado, Jimin. En las buenas y en las malas —dijo Alice, sus palabras cargadas de una promesa que Jimin sintió profundamente.
Una pequeña sonrisa apareció en los labios de Jimin, y con un gesto rápido, se inclinó hacia ella para dejar un suave beso en sus labios.
—Gracias. Después del desayuno, nos ocuparemos de todo esto juntos —respondió, su tono más relajado, como si la presencia de Alice lo hubiera ayudado a despejar un poco de la presión que sentía.
El día transcurrió rápidamente. Las responsabilidades que recaían sobre Jimin eran numerosas, y ambos se mantuvieron ocupados hasta que el sol comenzó a ponerse. Jimin trabajaba en su oficina, revisando los documentos y asegurándose de que las finanzas de la manada estuvieran en orden. Aunque era meticuloso, Alice notaba la tensión que aún cargaba sobre sus hombros.
Mientras tanto, Alice decidió salir al jardín para tomar un poco de aire fresco. El ambiente tranquilo del lugar la ayudaba a despejar su mente, pero algo interrumpió su calma. Un sonido extraño la alertó, un crujido entre los arbustos cercanos. Pensando que quizás Jimin la había seguido para sorprenderla, se acercó, con una sonrisa juguetona asomando en sus labios.
—¿Jimin? —llamó con voz suave, esperando ver su rostro aparecer entre las flores.
Sin embargo, lo que encontró la dejó completamente helada. De detrás de los arbustos emergió un hombre que no esperaba ver. Gerard.
—Alice —dijo él con una sonrisa que no alcanzaba a sus ojos.
Alice retrocedió un paso, su cuerpo tensándose al instante. Gerard no se había acercado desde aquel encuentro en el bosque, y verlo ahora, en medio del jardín de la casa de Darian, despertaba todas las alarmas en su mente.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, su voz firme pero con un ligero temblor que no pudo ocultar.
Gerard la miró con esa misma sonrisa forzada, y en sus ojos brillaba algo que Alice no podía identificar con certeza. No era solo hostilidad, pero tampoco era simpatía. Había algo oscuro y peligroso en su presencia.
—Solo vine a felicitar a los novios —respondió Gerard, aunque su tono no transmitía ninguna intención festiva—. Y a verte, claro.
Alice no pudo evitar sentir un escalofrío recorrerle la espalda. La manera en que Gerard la miraba hacía que su piel se erizara.
—No tienes nada que hacer aquí, Gerard —dijo ella, tratando de mantener la compostura—. Si Darian te encuentra, no lo tomará a bien.
Gerard soltó una risa baja, un sonido que a Alice le resultó inquietante.
—Darian no está aquí, ¿verdad? —replicó, dando un paso más hacia ella.
El corazón de Alice comenzó a latir más rápido. Podía sentir la tensión en el aire, la amenaza implícita en cada movimiento de Gerard. Ella retrocedió otro paso, buscando una salida, pero Gerard fue más rápido. Extendió una mano y la tomó del brazo, su agarre firme pero no lo suficientemente fuerte como para lastimarla.
—Gerard, suéltame —exigió Alice, su voz más aguda ahora.
—Alice, no deberías temerme. Sabes que no te haría daño… —dijo él, inclinándose ligeramente hacia ella—. Pero hay cosas que debes saber, cosas que podrían cambiar la forma en que ves a todos aquí, incluso a Jimin.
Alice frunció el ceño, confundida y desconcertada.
—¿De qué estás hablando?
Gerard la soltó lentamente, pero su mirada seguía clavada en ella con una intensidad perturbadora.
—Pronto lo sabrás —dijo, dando un paso hacia atrás—. Y cuando lo sepas, entenderás que no todo es lo que parece en esta manada.
Antes de que Alice pudiera responder, Gerard se giró y desapareció entre los árboles, dejándola sola en el jardín, con una mezcla de miedo y desconcierto recorriendo su cuerpo.
Alice permaneció allí unos segundos, tratando de procesar lo que acababa de suceder. ¿Qué había querido decir Gerard con esas palabras? ¿Qué secreto estaba ocultando? Y, lo más importante, ¿qué tenía que ver con Jimin?
Con el corazón todavía latiendo con fuerza, Alice decidió regresar a la casa, donde Jimin seguía concentrado en sus tareas. Tenía que contarle lo que había sucedido, aunque algo en su interior le decía que las palabras de Gerard iban a dejar una sombra sobre todo lo que había construido junto a Jimin.