La mañana siguiente llegó más rápido de lo que Alice había anticipado. Apenas había logrado conciliar el sueño, con su mente agitada por los pensamientos y las preguntas que surgieron tras la conversación con Jimin. El claro del manantial. No podía dejar de preguntarse por qué Jimin había sugerido precisamente ese lugar, y qué conexión podía tener él con el lobo blanco que se había encontrado hace dos años atrás.
Se levantó temprano, como Jimin le había sugerido, y se vistió con ropa cómoda para el día en el bosque. Mientras se ataba los cordones de sus botas, sentía un nudo en el estómago. No sabía si era por la expectativa de lo que encontraría en el claro o por la cercanía que había comenzado a desarrollar con Jimin. Aún le costaba procesar cómo alguien que apenas unos días antes le resultaba irritante, ahora lograba confundirla con su extraña mezcla de arrogancia y una vulnerabilidad que dejaba entrever a ratos.
Al bajar las escaleras, se encontró con Jimin esperándola en la puerta. Llevaba una chaqueta ligera y parecía relajado, aunque sus ojos mostraban una emoción contenida.
—Listo, entonces —dijo con una sonrisa que, aunque juguetona, escondía algo más profundo—. ¿Preparada para un día en el bosque?
Alice asintió, intentando mantener la calma. No quería que Jimin notara la intriga que la dominaba por dentro. Salieron juntos hacia el bosque, el sol apenas despuntando en el horizonte, proyectando sombras alargadas entre los árboles.
El trayecto hacia el claro no fue largo, pero cada paso que daban hacía que el silencio entre ambos se sintiera más denso. Jimin parecía cómodo, como si conociera perfectamente el camino, lo que solo aumentaba las preguntas de Alice. Finalmente, rompió el silencio cuando llegaron a una parte más abierta del bosque, donde los árboles se abrían y permitían que el sol bañara el suelo cubierto de hojas caídas.
—Este lugar es especial —dijo Jimin, deteniéndose de repente. Se giró para mirarla, con una expresión que mezclaba seriedad y un extraño afecto—. Me gusta venir aquí para despejarme, aunque creo que tú ya lo conoces.
Alice se quedó quieta, su respiración ligeramente acelerada. ¿Lo había notado? ¿Sabía algo sobre el lobo blanco? Decidió que no podía seguir ignorando las coincidencias.
—Sí, he estado aquí antes —admitió, su voz casi un susurro—. Fue hace dos años. Vi… a un lobo. Fue una gran amistad durante ese corto tiempo.
Jimin la observó en silencio por un momento, su expresión tornándose más seria. Sus ojos azules, usualmente brillantes con travesura, ahora mostraban una intensidad que la hizo dudar.
—El lobo blanco —dijo finalmente, como si lo supiera desde siempre.
Alice sintió que su corazón se detenía por un instante. No esperaba que él lo mencionara tan directamente.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó, sus ojos escudriñando los de Jimin, buscando respuestas que hasta ese momento no había tenido.
Jimin apartó la mirada, como si decidiera si debía revelar más de lo que Alice esperaba. Se cruzó de brazos y respiró hondo antes de hablar.
—Porque ese lobo... soy yo.
Alice se quedó inmóvil, sintiendo que el mundo a su alrededor se desmoronaba. La revelación la golpeó como una bofetada, y de repente todo encajó. La forma en que Jimin la había mirado desde el principio, su extraña confianza en el bosque, su conocimiento sobre ella que nunca había cuestionado. Pero, a la vez, todo parecía imposible.
—¿Qué? —fue lo único que pudo decir, su mente aun luchando por procesar la información.
—Soy el lobo blanco, Alice —repitió Jimin con una calma que la dejó aún más aturdida—. Hace dos años, cuando te encontré en este mismo claro, no tenía intención de acercarme. Pero cuando vi que estabas en peligro con Gerard, no pude quedarme de brazos cruzados.
Alice sintió un torbellino de emociones. Por un lado, la ira burbujeaba en su interior por el hecho de que Jimin le hubiera ocultado esto todo el tiempo, por no haberle dicho la verdad antes. Pero, al mismo tiempo, una oleada de gratitud se mezclaba con la confusión. Él había estado a su lado una y otra vez. Pero ¿por qué?
—¿Por qué no me lo dijiste antes? —preguntó, su tono cargado de reproche.
Jimin se acercó lentamente, su mirada sincera.
—No era el momento. Sabía que, tarde o temprano, tendría que decírtelo, pero quería que lo supieras cuando estuvieras lista. Y para ser honesto, ni siquiera sabía cómo ibas a reaccionar.
Alice lo miró, tratando de ver algo más allá de la confusión que sentía. Jimin, el chico arrogante y misterioso, era el lobo que había sentido esa conexión inexplicable con ella. Todo comenzaba a tener sentido, pero eso no hacía que fuera más fácil de aceptar.
—¿Por qué de Gerard? ¿Quién es el?—preguntó, finalmente encontrando las palabras adecuadas.
Jimin la miró fijamente, sus ojos brillando con una sinceridad que no había visto antes.
— Él es otro tema muy distinto a nosotros, que alguien te hablare. Pero no podía dejar que te pasara nada, el… es alguien que no debes confiar —respondió, dando un paso hacia ella—. Desde el momento en que te vi, supe que había algo diferente en ti. No es algo que pueda explicar con palabras, pero sentí la necesidad de protegerte solo por un momento.
Alice retrocedió un paso, confundida por la intensidad de sus palabras. Las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar, pero el panorama que pintaban era abrumador. La conexión que había sentido con el lobo blanco no era producto de su imaginación. Era real. Jimin había estado a su lado, de una manera u otra, todo ese tiempo.
—Esto es... demasiado —murmuró, llevándose una mano a la frente.
—Lo sé —dijo Jimin suavemente, respetando su espacio—. No tienes que procesarlo todo ahora. Pero si observas bien… siempre lo he estado ahí para ti, incluso cuando nos vimos en tu casa nuevamente esa noche.
Alice no pudo evitar sentir una mezcla de alivio y miedo ante esa afirmación. Durante todo ese tiempo, había estado buscando respuestas sobre lo que había sucedido en el bosque, sin saber que la clave estaba justo frente a ella. Pero lo que eso significaba para su relación con Jimin, para todo lo que venía después, aún era un enigma.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó finalmente, mirándolo con seriedad. La pregunta que había estado evitando todo ese tiempo.
Jimin la miró, sus ojos suavizando la intensidad.
—No quiero nada que no estés dispuesta a dar —respondió con sinceridad—. Solo quiero que entiendas que no estoy aquí para hacerte daño, ni para complicarte más la vida. Lo que suceda entre nosotros depende de ti.
Alice sintió un peso en su pecho. Las palabras de Jimin, aunque tranquilizadoras, también abrían una puerta a algo que no estaba segura de querer enfrentar.
El viento sopló suavemente, moviendo las hojas caídas a su alrededor. El claro, que antes le había parecido un lugar pacífico y seguro, ahora estaba impregnado de un nuevo significado. Alice miró a Jimin una última vez, y aunque su mente seguía llena de preguntas, una cosa estaba clara: su vida nunca volvería a ser la misma después de esa revelación.
—Supongo que tendremos que ver qué pasa —dijo finalmente, su voz temblando levemente, pero decidida.
Jimin asintió, y en su sonrisa había una mezcla de alivio y algo más profundo. Sabía que había mucho por delante, pero al menos, había dado el primer paso.