Savannah El silencio dentro del coche era absoluto, pero lejos de ser incómodo, se sentía extrañamente tranquilo, casi balsámico. Después de la tormenta, de la embestida salvaje y de la intensidad volcánica que siempre definía cada encuentro entre Benedict y yo, el sosiego post-sexo se extendía por el habitáculo como una neblina relajante. Podía sentir cómo mis pulsaciones, que minutos antes golpeaban mis oídos con un ritmo desenfrenado, comenzaban a estabilizarse. Él conducía con una mano sobre el volante y la otra, por momentos, rozaba mi rodilla, un recordatorio silencioso de que, a pesar de la calma, el fuego seguía ahí, latente. Con Benedict, las medias tintas no existen; todo es demasiado intenso, un torrente de emociones que me deja exhausta pero extrañamente conectada a él. Rom

