Savannah Montgomery El campus de la universidad, ese lugar que durante cinco años fue mi campo de batalla, mi refugio y mi mayor fuente de estrés, lucía hoy distinto bajo la luz del atardecer. Al bajar del auto, el bullicio era embriagador. Mis compañeros se movían por todas partes algunas chicas llevaban vestidos de gala espectaculares, otras habían optado por enterizos que les daban un aire profesional y fresco. En cuanto me vieron, el grupo de amigos con los que compartí innumerables noches en vela trabajando sobre planos y maquetas se abalanzó sobre mí. —¡Savannah! —gritaron, y pronto me vi envuelta en una marea de abrazos, risas y felicitaciones. Saludé a cada uno, sintiendo una calidez genuina que por momentos lograba disipar la tensión que traía desde la mansión. Sin embargo,

