Savannah El trayecto hacia el edificio de la corporación Cavendish se sentía como un viaje hacia un destino que no terminaba de comprender. Dentro del coche, el silencio no era incómodo era un manto de expectación, una burbuja donde solo existíamos mi padre y yo. Mi padre conducía con una calma imponente, pero pude notar cómo sus dedos tamborileaban suavemente sobre el volante, un gesto inusual en él que me puso en alerta. Estaba a punto de bajarse en el estacionamiento privado cuando él bloqueó las puertas del vehículo, manteniéndonos aislados del resto del mundo. —Savannah —dijo, su voz despojada de cualquier rigidez corporativa. Se giró hacia mí, y su expresión, aunque firme, contenía una calidez que me desarmó—. Quería que estuviéramos solos. Sin tu madre, sin tus hermanos, sin na

