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1695 Words
El maldito 46 mejor conocido como Tyler Rivera, novato del equipo de futbol americano llamado Los Halcones, se levantó muy tarde ese sábado. El día anterior habían perdido la final contra los Lobos Azules, pero a él no parecía importarle demasiado. Se había inscrito en el equipo para que su padre le diera un respiro y dejara de llamarlo parásito. El señor Rivera no era una mala persona, era un hombre que trabajaba horas extras todos los días, así que Tyler sólo lo veía una o dos veces a la semana, por lo que no platicaban mucho. Su padre era un gran fanático de los deportes de cualquier tipo y sus hijos tenían que practicar alguno para que él se sintiera orgulloso de todos. El defensivo tenía dos hermanos pequeños, un niño de diez años llamado Ángel y una linda niña de siete, llamada Allison, ambos, estrellas. Ángel del equipo de atletismo y Allison del de gimnasia. El chico pelinegro era el único m*****o de la familia que se había rehusado a formar parte de algún deporte hasta que los sermones de su padre colmaron su paciencia y se inscribió a los Halcones. Tyler no era un chico conflictivo, pero sabía protegerse, por lo que ser un defensivo no le desagradó por completo y se preparó durante algunas semanas para las pruebas de selección. De todos modos, le sorprendió encontrar su nombre en las listas de los nuevos miembros del equipo. Esa noche, esperó a su padre hasta que llegó para darle la nueva noticia, y el señor Rivera no dejó de felicitarlo durante un mes completo. Al principio, los entrenamientos combinados con las clases y las tareas eran demasiado para el chico y había pensado en renunciar, pero eso sería incluso peor a que no se hubiera inscrito a nada desde un principio. Nadie en la familia Rivera renunciaba. Con el tiempo se dio cuenta de que era realmente bueno para ese deporte, le encantaba poder golpear a los demás jugadores, de alguna manera, lo hacía sentir invencible. Y el haber tacleado a ese chico, a esa dulzura, mandándolo a la banca dos veces, había sido de lo mejor. Sabía que Lucas Navarro era el mejor mariscal de campo en el futbol colegial y ahora él pasaría a la historia como el defensivo que lo sacó del partido más importante de la temporada. Sonreía orgulloso con sólo pensarlo. Cuando dieron las diez, se descubrió la cara, cerrando los ojos ante la intensa luz que entraba por la ventana. Pudo percibir casi de inmediato, el olor a hotcakes que se escapaba desde la cocina, eso significaba que su mamá estaba de buen humor, lo que ocurría con mucha frecuencia. La amable señora Rivera trabajaba como maestra en un pequeño kínder que atendía niños de tiempo completo, por lo que ella también llegaba en las noches, casi siempre antes de que sus hijos se durmieran. Era una mujer joven, tan joven que a menudo la confundían con la hermana mayor de Tyler o incluso, había tenido un par de mal entendidos cuando un chico del equipo había dicho que ojalá él tuviera una novia tan nalgona como la de Tyler, cosa que el pelinegro no le perdonó hasta que su nariz estaba sangrando y sus ojos eran dos bolas rojizas y moradas. Tyler giró sobre su costado, murmurando un 'cinco minutos más', pero reconoció las suaves pisadas que se abrieron paso por la puerta, hasta que Allison brincó en su cama obligándolo a mirarla. "Tyty" El chico cerró uno de sus ojos, había mucha luz, pero necesitaba verla. "Tyty, despierta, mamá hizo panecillos aplanados como te gustan." El chico contuvo la risa y puso su mejor cara de enojo mientras se sentaba frente a ella. "No me llames así" "¿Por qué no, Tyty?" "Porque no" La pequeña bajó de la cama en un salto. "Tyty, Tyty, Tyty, Tyty" Repitió dando vueltas alrededor. "¡Espera a que te ponga las manos encima, pequeña oruga!" Allison emitió un grito emocionado y corrió escaleras abajo cuando Tyler emergió de la cama con un movimiento. Salió detrás de ella, pero se detuvo en el baño, primero iban sus necesidades, luego podría molestar a su hermana. Se lavó los dientes mientras se miraba en el espejo, su cabello era una revoltura plasmada hacia arriba, como si le hubiera explotado algo en la cara; ni siquiera le importó. Bajó las escaleras con calma, su mamá estaba sentada a la cabeza de la mesa, con Allison a la izquierda, jugando con el tenedor, esparciendo mermelada hasta en el mantel. Ángel , quien estaba a la derecha, se entretenía mirando las caricaturas en la televisión, era un episodio de DinoTren. —Buenos días—saludó Tyler con voz ronca. —Buenos días—respondió su madre con una sonrisa—siéntate antes de que se enfríe—Rivera se sentó frente a ella, mirando la mitad de la televisión pues la figura de su mamá estaba en el trayecto— ¿Cómo estuvo tu partido de ayer? —preguntó mientras movía sus manos, era una costumbre que tenían todos en la familia cuando Allison estaba en la habitación para incluirla en la conversación. —Perdieron—dijo Ángel sin despegar la vista del televisor—pero Tyler golpeó a un chico tan fuerte que lo llevaron al hospital. — ¿Qué? ¿Es en serio? —preguntó preocupada pero contenta. El pelinegro se encogió de hombros. —No fue nada especial, ese chico era muy delgado. —Tu padre estará feliz de escuchar eso—Tyler volvió a elevar los hombros mientras se metía un pedazo de hotcake a la boca y luego dio un sorbo a su chocolate. "¿Quieres mermelada, Tyty?" Allison bajó de la silla deslizándose por la orilla, sus pies aún no tenían el tamaño suficiente para alcanzar el suelo si ella estaba sentada. Jaló el gran jarrón de mermelada y lo llevó hasta que tocó la mano del chico. Él le agradeció y acarició su cabello castaño antes de que ella regresara a su lugar, trepando en la silla de nuevo. Tyler no podía creer lo rápido que estaban creciendo. Eso lo hacía sentir mal, como si él fuera el único que se mantenía en el mismo lugar, aunque eso no podía ser porque si ellos crecían, él envejecía, y podía incluso imaginarse a Allison, hermosa y delicada, con veintisiete años, entrando por la puerta, con esa sonrisa coqueta mientras le decía: 'Hola Tyty ¿Quieres conocer a tu sobrino?' Cuando terminaron de desayunar, Tyler regresó a su habitación, dispuesto a hacer sus deberes y a pasar todo el día en su cuarto usando el mismo pijama. Hizo un intento de tender su cama, lo que para él significaba arrojar todas las cobijas al mismo lado y se quedó ahí para leer durante dos horas. Después, se recostó en el buró largo que él había convertido en un sofá junto a la ventana. Le gustaba sentarse ahí para mirar hacia la calle, podía hacerlo por horas, aunque cuando todo se ponía muy ruidoso, escapaba a la azotea. Era pequeña, pero tenía lo que había sido antes la casa de un perro, hecha de cemento, que le permitía sentarse y mirar hacia lo lejos, donde sus pensamientos se dispersaban y viajaban sin rumbo, sin ataduras. Aunque también era su ruta de escape cuando las cosas se ponían difíciles, cuando su padre llegaba más tarde y su madre comenzaba a gritar. Ángel siempre se escabullía a la habitación de Allison y ambos se escondían en su fortaleza que era en realidad, sólo cobijas amarradas de la cama al ropero. Y Tyler escapaba. Subía a la azotea y bajaba a la terraza de la casa conjunta, podía llegar ahí de un salto, luego usaba la vieja escalera de madera que llevaba a un lote vacío. Entonces, subía a su moto, su única evidencia de rebeldía, y conducía durante un rato regresando cuando todo estaba tranquilo de nuevo. A las cuatro bajó a comer y regresó decidido a hacer sus deberes, aunque se quedó sentado frente al escritorio cantando y fingiendo que sus libretas eran una batería y sus lapiceros, las baquetas. — ¡Ese es mi hijo! Fue lo que exclamó el señor Rivera tan pronto los chicos le contaron lo que había sucedido en el partido del día anterior. Ángel tomó un cojín de la sala con forma de balón de futbol americano (Que su padre compró tan pronto Tyler anunció que formaría parte del equipo) y se mantuvo en medio de los sillones, imitando los movimientos de Lucas. El 46 fingió empujarlo usando su hombro, como lo había hecho durante el partido. El pequeño se dejó caer en el sofá y Allison se ocupó de evaluar al herido. Después todos se sentaron para tener una cena amena, con los niños diciendo chistes sin sentido, sobre lo que había pasado en el último episodio de DinoTren. Tyler les seguía la corriente, pero en el fondo sabía, por las miradas de sus padres, que esa noche las cosas estarían turbulentas. Y así fue, tan pronto todos estuvieron dentro de sus habitaciones, comenzaron los gritos en la planta baja. Rivera se removió en la cama, de alguna manera esperaba que las cosas acabaran rápido, pero no fue de esa forma. Cuando pasaron quince minutos, decidió que no podía quedarse ahí más tiempo, así que se sentó en la orilla de la cama, buscando sus zapatos. Entonces Allison se asomó por la puerta seguida de Ángel, ambos con sus ojos llorosos y las mejillas empapadas. — ¿Podemos dormir aquí? —preguntó el pequeño con voz temblorosa. El defensivo sólo asintió un par de veces. Ángel avanzó a gatas en el colchón del lado de la pared, junto a él se recostó Allison y en la orilla, el pelinegro. Tyler tatareó una canción mientras acariciaba el cabello de la pequeña. Ella no podía escuchar la melodía, pero quizá el que lo mirara cantarle podría tranquilizarla. En menos de veinte minutos, ambos ya descansaban plácidamente, pero Tyler no. El chico se recostó junto a la ventana y se durmió horas después.
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