Los ojos de Lucas se movían de izquierda a derecha, buscando a algún receptor a quién mandarle el pase. Sus defensas hacían un excelente trabajo, pues le estaban dando mucho tiempo para encontrar una jugada. Vio, por el rabillo del ojo izquierdo, la robusta figura de un cuerpo con el uniforme de los Halcones. Se movió con agilidad hacia la derecha, escapando por apenas unos segundos. Comenzó a correr mientras sus jugadores lo protegían, quitando del camino a todos los contrarios que querían derribarlo. Corría tan fuerte como sus piernas se lo permitían, pero no llegaría a la zona de anotación, se encontraba al menos cuarenta yardas antes. Sus ojos seguían buscando a alguien libre; estaba tan concentrado en eso que no notó el momento en que el último de sus defensas tropezó y cayó detrás de él. Logró ver una silueta a su lado y después escuchó un golpe fuerte, como si chocara contra la pared, entonces, vio el cielo y luego el pasto y de nuevo el cielo y el pasto otra vez. Cuando logró entender las cosas, ya estaba en el suelo, mirando los zapatos de sus jugadores.
Lo habían golpeado.
Lo que era peor, lo habían derribado con tanta fuerza que salió disparado hacia un costado del campo, rodando hasta que se encontró casi con las gradas.
Los gritos de los fanáticos se escuchaban muy lejanos al igual que la voz de Jason. Escuchó un leve grito de dolor, pronto entendió que era él cuando el entrenador había intentado girarlo. Poco a poco fue más consciente del intenso dolor en su hombro izquierdo. Los sonidos se volvieron más fuertes y claros hasta que lo trajeron por completo de nuevo a la realidad.
— ¡Lucas, háblame! —insistía Jason.
—Es mi hombro—dijo entre quejidos—maldita sea, no puedo moverlo, Jason.
—Espera—sintió su palma por encima del uniforme— ¡El equipo médico, j***r! —gritó hacia atrás—vas a estar bien, ya vienen. Chicos muévanse, déjenlo respirar. ¡Maldición, que se quiten!
Cuando el equipo médico logró girar a Navarro, con sumo cuidado, el chico castaño apretó los labios para que ningún sonido de dolor escapara por ellos. Le quitaron el casco al subirlo a la camilla. Lucas se concentró en mirar el cielo, ignorando los rostros de los fanáticos que seguían gritando cosas sin parar.
Adentro, en la enfermería, le quitaron el uniforme con la mayor delicadeza que pudieron para poder revisarlo.
—Está dislocado—dijo el doctor—esto va a doler un poco. ¿Listo? —Navarro asintió.
— ¡Puta madre! —gritó cuando el médico acomodó de nuevo el hombro en su lugar.
—Tranquilo, ya pasó—le roció un poco de anestesia sobre la piel—Ahora, gira la cabeza hacia la derecha—el castaño lo intentó, pero no avanzó mucho antes de mostrar una mueca de dolor—No necesitarás collarín, pero debes reposar y evitar los movimientos bruscos, también. Y tu mano, bueno— la mirada del pelinegro se colocó en su muñeca inflamada y en sus dedos que parecían salchichas— Lo siento, Jason, vas a tener que meter a alguien más, Lucas estará afuera durante unas semanas.
— ¿Qué? —preguntó Navarro.
—No puedes regresar a jugar así, no vas a poder mover el brazo. Quédate quieto mientras lo inmovilizo.
—Está bien, Lucas. De cualquier modo, vamos ganando y sólo resta un cuarto, Kevin puede arreglárselas solo.
Navarro no respondió, quizá era orgulloso, pero no arriesgaría su salud. Si la herida empeoraba, no volvería a jugar y su carrera terminaría ahí, en el futbol colegial. Él aspiraba a mucho más. Se mantuvo tranquilo mientras el doctor le colocaba el brazo dentro de un cabestrillo. Como pudo se colocó una sudadera, tomó su mochila y salió por la puerta trasera, no quería estar ahí, no se quedaría para el festejo si es que había uno.
—Lucas, ¿A dónde vas? —Jason lo alcanzó trotando antes de que llegara al estacionamiento.
—Me voy a casa, estoy cansado y esto duele como el infierno.
—No puedes conducir así, déjame avisar y yo te llevaré.
—No lo necesito, Jason.
—No seas un niño. Espera aquí.
El entrenador no esperó para correr de vuelta al estadio. Lucas se recargó en el capó de su auto. Los rayos del sol sólo lo hacían sentir más cansado y adolorido. La espera le pareció eterna, lo que aumentaba su irritabilidad. Cuando Jason regresó, Navarro se limitó a ignorar su plática, arrojó la maleta al asiento trasero y se acomodó en el copiloto.
— ¿Por qué no te quedaste al final?
—Ya te lo dije, estoy cansado—respondió molesto— ¿Podrías ir más lento? Disfruto mucho de sufrir con esto—dijo sarcástico, lleno de fastidio. Jason no respondió, sólo pisó el acelerador un poco más—lo siento—Lucas suspiró—lo siento. No es tu culpa.
—Está bien.
—Fue ese maldito imbécil ¿Verdad? El 46.
—Sí...te persiguió un buen tramo y creo que eso le dio impulso. Te tacleó con fuerza, pensé que ni siquiera estarías consciente.
—Bastardo—murmuró—es un verdadero dolor de cabeza.
—No debes de preocuparte por él, lo más probable es que no llegue a la próxima temporada, como todos en ese equipo.
—Si lo vuelvo a ver en un partido, te juro que le patearé las pelotas. No me importa si me castigan toda la temporada, me conformo con ver su rostro lleno de dolor.
Jason soltó una risotada. No conversaron en lo que restó del camino, Lucas se sentía tan adolorido y molesto con esa bestia que lo había lesionado. Jason lo dejó en la puerta de su casa junto con el automóvil. El castaño se despidió con un ademán cansado antes de entrar, azotando la puerta a sus espaldas. Subió las escaleras con pereza, arrastrando la mochila. Se recostó con cuidado en la cama, mirando hacia el techo. Se recostaría treinta minutos y luego llamaría a su mamá para anunciarle lo ocurrido en el partido. Ya podía escuchar sus regaños. Te dije que ese deporte era de salvajes, era la frase con la que su madre iniciaba un nuevo regaño cada vez que veían en las noticias deportivas, canal que Lucas miraba todo el tiempo, sobre algún chico herido debido a la brusquedad o al descuido de los jugadores.
Navarro sabía que saldría herido en algún momento, no podía pasar toda su carrera sin lesiones y quizá incluso se sentía orgulloso de tener una, eso significaba que había hecho bien su trabajo, que había tomado una decisión inteligente en el momento más tenso. Lo único que provocaba que su sangre hirviera, era saber que ese maldito animal ahora se regodeaba en su éxito. ¿Quién se creía que era para llamarlo dulzura? Igual que si fuera una chica. Pero Jason tenía razón, ese chico no duraría mucho, nunca lo hacían en ese equipo. Eran sus mayores rivales, el equipo que tenía más victorias, después de ellos, claro; sin embargo, cada año había integrantes nuevos en casi todo el equipo pues el ambiente en ese colegio era de los peores. En una ocasión, se esparció la noticia de que unos vándalos habían entrado para incendiar las aulas y asaltar a los alumnos. Obviamente, eso nunca se probó según las autoridades, pero existía el internet y todos habían visto los videos. Así que no debía de preocuparse por nada, ese sujeto, ese maldito 46 no regresaría en la siguiente temporada.
Se quedó dormido durante quince minutos y despertó cuando el dolor se hizo más insistente. Torpemente tomó la receta que el doctor había escrito junto con algo de dinero y salió rumbo a la farmacia. Su casa se encontraba dentro de una zona privada, donde las calles eran de color rojo y todas las viviendas eran exactamente iguales. Había quizá cinco o seis casas por cada calle, y las demás estaban abandonadas o eran lotes vacíos. Al ser un lugar tan poco habitado, casi todos conocían a todos, o al menos su madre lo hacía porque a él no le importaba en lo más mínimo, siempre decía que tan pronto consiguiera entrar a un buen equipo, se iría de ese deprimente lugar.
Le tomó veinte minutos ir a la farmacia y regresar a su casa. Tan pronto llegó a la cocina se tomó las pastillas para el dolor, esperando a que no se tardaran demasiado en surtir efecto. Volvió a recostarse en su cama y se quedó dormido hasta que su madre lo despertó con voz elevada y chillona.
— ¡Dios mío! —Lucas se incorporó con torpeza, lo que lo hizo parecer más herido.
—Mamá...
— ¡¿Qué fue lo que pasó?! —se sentó a su lado— ¡Fue ese maldito futbol, ¿Verdad?!
—Mamá, estoy bien.
— ¡Claro que no! ¿Fuiste al doctor? ¿Es una fractura? ¡Ay, Lucas, te lo dije! ¡Te dije que ese deporte era de salvajes!
—Mamá, por favor—Navarro se levantó con cierto fastidio. No contra su madre, a pesar de su locura y sus instintos de sobreprotección, él la amaba. Era su hombro lo que le daba esa sensación de cansancio—no es nada grave. Estaré bien en un par de semanas. Y no, no dejaré el futbol y no me importa lo que diga el doctor López sobre eso. Puedes sermonearme en otro momento, ahora ¿Podemos cenar algo para que pueda darme un baño antes de dormir?
Su madre lo miró con ojos llenos de dolor, pero asintió. Podían tener esa plática en otro momento, Lucas necesitaba un descanso, su semblante lo pedía a gritos.
—Está bien—se levantó— ¿Qué hiciste de cenar?
— ¿Eh?
—Hoy era tú turno de preparar la cena.
—Oh, lo olvidé—soltó una risa traviesa. Su madre sonrió y suspiró, rodando los ojos— ¿Vamos a cenar afuera? Yo te invito—dijo levantando las cejas, con una mirada persuasiva. Ella se rió antes de despeinarlo.
—Espero que tengas mucho dinero, porque planeo comer bastante.
— ¿No se supone que las señoritas comen poco?
—Eso es un mito—su madre le regaló una sonrisa y bajó por las escaleras— ¡Date prisa!
Lucas resopló y salió hacia su encuentro.