Justo en ese momento, un escalofrío recorrió la habitación, y Mercedes sintió una extraña presencia. Una brisa ligera acarició su rostro, y un susurro apenas audible llegó a sus oídos. —No la bebas, Mercedes —pareció decir una voz dulce de mujer. Mercedes se detuvo, sus labios estaban a milímetros del borde de la copa. Miró a su alrededor, tratando de encontrar el origen de la voz. Sus ojos se encontraron con los de Esther, que la miraba con curiosidad. —¿Mamá? ¿Estás bien? —preguntó Esther, notando la expresión extraña en el rostro de Mercedes. Mercedes asintió lentamente, bajando la copa. La voz, ese susurro, le había dado una sensación de seguridad y advertencia al mismo tiempo. De alguna manera, sabía que debía confiar en ese sentimiento. —Sí, hija. Solo... un momento. Me sentí

